ANTROPOLOGÍA, ESPAÑOLES, CONFIANZA Y EDUCACIÓN (julio de 2014)

Antropología

Por motivos profesionales (soy profesor de Pedagogía) y personales (me gusta el tema), conozco diversas teorías antropológicas (tanto filosóficas como científicas) relativas a concepciones rivales de la naturaleza humana. Cada una de estas teorías suele poner el énfasis en uno u otro aspecto. Por ejemplo: para Confucio, todos los seres humanos somos fundamentalmente iguales, y todos tenemos el potencial para actuar benevolentemente, aunque esto no se dé con frecuencia. Para el Cristianismo, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, pero nace con el pecado original (y, según ciertas versiones más próximas al Antiguo Testamento, con una naturaleza llena de maldad). Para Platón, las almas humanas eternas, inmateriales y tripartitas (razón, ánimo y apetito) se reencarnan vía metempsicosis. Para Richard Dawkins, «somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células» (El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta. Barcelona: Salvat, 1993, trasera). En cambio, para Karl Marx, la naturaleza del hombre es esencialmente social. He expuesto someramente una pequeña muestra de estas teorías, hay muchos más modelos de hombre. (Hombre = «ser animado racional, varón o mujer», aclaro).

Deseo en esta entrada de mi blog centrar mi atención en el continuum pesimismo antropológico – realismo antropológico – optimismo antropológico, conectando estas visiones con otros asuntos que me interesan: el problema de la confianza y la cuestión educativa.

 

Pesimismo antropológico

Un pesimista antropológico concibe al ser humano como alguien básicamente necio (ignorante, imprudente, presuntuoso…) o malo, en un sentido principalmente intelectual y moral. Tal vez él mismo no se dé por aludido (en este caso la estupidez o la malicia se imputa a los otros: «L’enfer, c’est les autres», escribió Jean-Paul Sartre en 1944) o tal vez sí; pero, sea lo que fuere, la idea que tiene un pesimista de sus congéneres es negativa: ve al hombre in abstracto como un ser con características ominosas o de propensiones perversas. A este respecto, William Shakespeare (1564-1616) opinaba: «No ser de lo peor que hay es casi estar al nivel del elogio». Francisco de Quevedo (1580-1645) sostuvo: «Todos los que parecen estúpidos, lo son. Y, además, también lo son la mitad de los que no lo parecen». Napoleón Bonaparte (1769-1821) manifestó: «Los hombres son cerdos que se alimentan de oro». Otra frase llamativa de Napoleón fue: «Haríamos un gran negocio comprando al hombre por lo que vale y vendiéndole por lo que él cree que vale». «Así es la raza humana. A veces da pena que Noé no perdiera el barco», se lamentaba Mark Twain (1835-1910). Friedrich Nietzsche (1844-1900) proclamó: «La tierra tiene una piel, y esa piel tiene enfermedades. Una de esas enfermedades se llama hombre». «El hombre: un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo», sentenció Pío Baroja (1872-1956). Konrad Lorenz (1903-1989) aseveró: «Creo haber encontrado el eslabón perdido entre el animal y el Homo sapiens: somos nosotros». Salvador Dalí (1904-1989) dijo: «El hombre no sólo procede del mono, sino que va acercándose a él». El libro del periodista y escritor italiano Pino Aprile (nacido en 1950) titulado Elogio del imbécil. El imparable ascenso de la estupidez  es un cántico a la necedad humana lleno de ironía. Estos son los títulos de algunos capítulos del libro: «[…] Vivir es volverse imbéciles. Por qué el jefe es imbécil. La imbecilidad sólo puede aumentar. La compañía de nuestros semejantes nos vuelve idiotas. El mejor amigo del hombre es un cretino. ¡Pero si es el mono el que desciende del hombre!». No muy lejos de este punto de vista anda el Discurso sobre el hijo-de-puta del poeta portugués Alberto Pimienta (nacido en 1937). La distópica película del director ecuatoriano-estadounidense Mike Judge (nacido en 1962) Idiocracia camina en la misma dirección. Más castizamente, le he oído afirmar a mi amiga Beatriz (1969-) —una lúcida filósofa— que «la naturaleza humana es una mierda». La frase «cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro» ha sido atribuida a varios autores (Diógenes de Sinope, Lord Byron…). El paralelismo (cuando no la identificación) del ser humano con una bestia, un animal (con frecuentes referencias al puerco y a diferentes subórdenes de primates) es típico entre los pesimistas antropológicos. Bien que limitándose a un universo de población más restringido, el profesor de la Universidad de California en Irvine Aaron James investiga teóricamente sobre los tontos del culo en Assholes. A theory.

 

Optimismo antropológico

En el otro polo se sitúa el optimista antropológico, el cual conceptúa al ser humano como bueno por naturaleza. El (declarado hereje) monje britano Pelagio (360-422) insistía en la bondad natural del hombre (negó el dogma del pecado original). Así comienza un pensamiento de Francesco Guicciardini (1483-1540): «Todos los hombres, por naturaleza, se inclinan más hacia el bien que hacia el mal; […]». El intelectual sevillano Alberto Lista (1775-1848) defendía: «La bondad es natural al hombre».  En 1768, el navegante francés Louis-Antoine de Bougainville fondeó en Tahití. Embelesado por la belleza del paradisíaco paraje, contribuyó a la difusión del mito romántico del ‘buen salvaje’: habitantes de un pueblo generoso, hospitalario, inocente y puro que vivían en un estado de naturaleza no corrompida por la civilización. (Pueden rastrearse antecedentes de este mito en Montaigne o en Antonio de Guevara). En nuestros días, el vídeo de la compañía Coca-Cola Razones para creer corresponde a una estrategia comercial basada en esta postura (el optimismo vende). También los anarquistas suelen participar del pensamiento de que el hombre es decididamente bueno.

 

Realismo antropológico

Mediando entre estos dos extremos hallamos el realismo antropológico. Los partidarios de este planteamiento observan que en el hombre coexisten tendencias egoístas y tendencias altruistas, intereses individuales y necesidades sociales, codicia y generosidad, competición y cooperación, &cétera. La mayor o menor inclinación para adoptar una u otra actitud es el resultado de disposiciones biopsicológicas (constitución, temperamento), condiciones materiales de vida, influencias socioculturales (circunstancias sociales, educación del carácter) y decisiones individuales (personalidad elegida). Es evidente que un psicópata, con escasa o nula capacidad para simpatizar con las emociones ajenas y sin sentimientos morales, se conducirá en la vida de modo distinto que una persona sensible. No es lo mismo cursar estudios de enfermería —el énfasis se pone en el cuidado de los demás— que estar asistiendo años a clases de microeconomía neoclásica en las que los postulados de la maximización de la propia utilidad, la búsqueda del propio interés y el egoísmo racional se repiten como mantras (habría que examinar cuántos economistas son miembros del voluntariado de Protección Civil, Cruz Roja o de diversas ONG). De acuerdo con el concepto de ‘pirámide moral flotante’ del investigador holandés Frans de Waal, ayudaremos antes a los nuestros (familia, amigos y miembros de nuestra red social más próxima) que a miembros de grupos sociales percibidos como más lejanos, y esto en función de nuestros recursos y de lo que nos podamos permitir.

En lo que concierne a la Pedagogía, desde la perspectiva del realismo antropológico la educación pretende constituir una ayuda al educando para potenciar los aspectos positivos de la propia manera de ser y pulir o, si es el caso, reprimir (sí, reprimir: «¡Deja de molestar a tu compañero!») los rasgos temperamentales negativos, en un difícil equilibrio entre la preservación de la espontaneidad y la libertad individual, por un lado, y el desarrollo de ciertos hábitos sociales y la adquisición de determinados bienes culturales, por otro.

 

Recapitulando…

A lo largo de la historia ha habido pesimistas antropológicos como Hobbes, Schopenhauer o, entre nosotros, Francisco Cambó; optimistas como Leibniz, Rousseau (el principal exponente de esta corriente) o Carl Rogers; y realistas como Mario Bunge. Para no alargarme, comprimiré la postura pesimista en el lema homo homini lupus («el hombre es un lobo para el hombre») de Thomas Hobbes (1588-1679) y la visión optimista en la fórmula de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) «l’homme est bon naturellement et que c’est par ces institutions seules que les hommes deviennent méchants» (traducida libremente por «el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe»). Resumiré la postura realista tomando un fragmento de los Ensayos sobre educación de Bertrand Russell: «El hecho es que los niños no son, naturalmente, buenos ni malos. Han nacido solamente con algunos instintos y reflejos; aparte de ellos, el ambiente produce los hábitos, que pueden ser sanos o morbosos. […] la naturaleza del niño es al principio extraordinariamente maleable. En la inmensa mayoría de los niños existe la materia prima de buenos ciudadanos, y también la materia prima de criminales» (Bertrand Russell: Sobre educación. Especialmente en los años infantiles. Madrid: Espasa-Calpe, 1998, p. 56. Cursiva en el original). Los mecanismos de la plasticidad cerebral y la consecuente plasticidad de las conductas o el conocimiento de la diferencia entre el sociópata (personalidad antisocial influida por las circunstancias socioculturales y, por ende, reeducable) y el psicópata apoyan la tesis de Russell, con algún matiz en lo relativo al psicópata (fuertemente condicionado por factores neurobiológicos y, por consiguiente, con limitada posibilidad de intervención educativa. Víd. Robert D. Hare, Vicente Garrido o Iñaki Piñuel entre otros autores).

 

Españoles

¿Cuál es la postura antropológica preponderante entre los habitantes de esta España mía, esta España nuestra, ay, ay? Pues, pese a los estereotipos de la luz, la fiesta, el bullicio y el jaleo, la simpatía, la hospitalidad y demás, el hecho social es que, desde luego, no predomina el optimismo antropológico en la piel de toro e islas e islotes adyacentes. El letrado de las Cortes de Aragón José Tudela, secretario general de la Fundación Manuel Giménez Abad de Estudios Parlamentarios y del Estado Autonómico, es de la siguiente opinión:

Forma parte de nuestra maldición histórica trocar los triunfos en derrotas, negar nuestros aciertos, sacarles brillo a nuestros errores y alimentar lecturas negativas sobre nosotros mismos. (José Luis Barbería: «Recrear España». Periódico El País, 7 de noviembre de 2015).

He consultado los datos de varias encuestas nacionales realizadas entre 1981 y 2013. En dichas encuestas se hacían preguntas como las siguientes, relativas a las relaciones con quienes nos rodean:

  • En general, ¿cree que se puede confiar en la gente o que hay que ir con cuidado?
  • Algunos piensan que el ser humano es básicamente bueno y otros creen que en él hay siempre una parte buena y otra mala. ¿Usted qué opina?

Como comenta Amando de Miguel (Los españoles. Sociología de la vida cotidiana. Madrid: Temas de Hoy, 1994, pp. 52-53), «en el fondo, uno de los valores dominantes en la sociedad española es lo que podríamos llamar recelo o desconfianza del prójimo».

Los datos que aporta de Miguel son descorazonadores (y no por ello, menos reales):

En 1981, sólo un 32 % considera que se puede confiar en la gente, proporción que desciende al 25 % en 1987. La noción de que el ser humano es básicamente bueno sólo merece un 26 % de las menciones en 1981 y un 22 % en 1987. Este pesimismo antropológico se destaca todavía más en las personas con pocos estudios y en las que se identifican con posiciones conservadores o se consideran religiosas (por lo general, mujeres).

En 1988, el diario ABC se hacía eco de la noticia:

«Más del 70 por 100 de los españoles, recelosos, no confían en sus semejantes». Diario ABC (Madrid), lunes 3 de octubre de 1988, p. 86.

Según se desprende del texto de la noticia, las personas con estudios superiores tienden a confiar más que las personas sin estudios. Asimismo, la consigna «todo el mundo es bueno» resulta más afín a posiciones políticas de izquierda que a la derecha del espectro ideológico. Este último dato es coherente con la idea progresista ilustrada —de origen rousseauniano— de la bondad natural del hombre (de donde resultan las pedagogías naturalistas), por una parte; y con la concepción cristiana de la naturaleza «caída» del ser humano como un ser pecador (pedagogía cristianas, pedagogías coactivas), por otra parte.

¿Cómo ha evolucionado el asunto a lo largo de los últimos años? En 2002 la cosa sigue igual o incluso empeora ligeramente.

Relaciones de confianza entre españoles (fuente: CIS, estudio núm. 2442, «Actitudes y valores en las relaciones interpersonales II», enero de 2002)

Un escuálido porcentaje del 25 % de los españoles sigue pensando que se puede confiar en la gente, en general e, incluidos en esta, en sus compatriotas. La norma prudencial de «ir con cuidado» aumenta un 1 % más, del 73 % al 74 %. Y eso que no se pregunta si por regla general hay que desconfiar por sistema de nuestros conciudadanos porque son pícaros, bandidos, corruptos, sinvergüenzas o canallas. Nótese que la encuesta solo deja elegir entre la alternativa optimista (confiar en la gente) o la realista (ir con cuidado); ni siquiera plantea la alternativa pesimista (desconfiar de la gente).

Con un 24,7 % de los españoles que creen que el ser humano es básicamente bueno, a la óptica antropológica optimista le va en 2002 ligeramente mejor que en 1987 pero peor que en 1981:

Optimismo y realismo antropológico de los españoles (fuente: CIS, estudio núm. 2442, «Actitudes y valores en las relaciones interpersonales II», enero de 2002)

En lo que atañe a la cuestión de la confianza, en los años 2012 y 2013 se cambia la metodología de estudio, expresándose la pregunta de otro modo. En vez de proponer dos alternativas, los encuestados pueden contestar ubicándose a lo largo de una escala en la que la frase «nunca se es lo bastante prudente» se situaría en el polo del pesimismo antropológico y la afirmación «se puede confiar en la mayoría de la gente» resumiría la postura antropológica optimista. Empiezan a aparecer entonces datos relativos a españoles profundamente pesimistas:

En 2012, un 6,4 % de los españoles es profundamente pesimista (fuente: CIS, estudio núm. 2972, «Distribuciones marginales. Barómetro de diciembre», diciembre de 2012)

En 2013, un 8,1 % de los españoles es profundamente pesimista (fuente: CIS, estudio núm. 3005, «Barómetro de noviembre. Avance de resultados», noviembre de 2013)

De estos datos se infiere que en 2012 un 24,9 % de los españoles cree —situándose en los cuatro escalones más bajos del continuum—  que sus compatriotas no son de fiar; el perseverante 25 % de optimistas que manifiestan una actitud de confianza en el prójimo (niveles 7 al 10 de la escala, ambos inclusive) prosigue año tras año.

En el 2013 la situación empeora. Un 29,1 % se ha vuelto sumamente precavido, frente a un 20,9 % que cree que sus congéneres son dignos de mucha o de toda confianza.

A mí estos datos no me extrañan tanto. Y no me extrañan tanto porque, como acertadamente indica Amando de Miguel, «el pesimismo nacional está embebido en las coplas populares» (op. cit., p. 50). El sociólogo dice que «a través de ellas diríase que la depresión es el estado natural de los españoles» (ibídem); yo pondré de manifiesto el oxímoron que supone que cuando Camarón de la Isla canta por alegrías (?!) a la tierra que le vio nacer, lo que entone tras el obligado tirititrán sea esto (el juguetillo no tiene desperdicio, con tiros y todo):

Que a mi vio de nacer,
Ay, bendita sea la tierra
Que a mi me vio de nacer.
Ay, cien años que yo viviera
Siempre la recordaré.
Ay, cien años que yo viviera
siempre la recordaré.

Yo pegué un tiro al aire,
Cayó en la arena;
Confianza en el hombre
Nunca la tengas.
Nunca la tengas, hermana,
Nunca la tengas.
Yo pegué un tiro al aire,
Cayó en la arena.

 

Eso, cantando por alegrías. Si en vez de ese género festivo fuera una quejumbrosa seguiriya o una sombría petenera, no quiero ni imaginar el contenido de la letra…

 

Confianza

Podemos empezar el análisis de este punto con una «verdad de diccionario» o veritas ex vi terminorum. El diccionario en línea Wordreference da como primera acepción del término confianza «esperanza firme o seguridad que se tiene en que una persona va a actuar o una cosa va a funcionar como se desea» y como cuarto significado «familiaridad en el trato» (alguien de confianza es una persona con quien se tiene trato amistoso, íntimo o familiar, en la que se puede confiar y con cualidades recomendables). La confianza también implica reserva (cuando las cosas se dicen en confianza, se dicen con voluntad de que no se divulguen).

Me gustan mucho las acepciones segunda y cuarta del verbo confiar según el Diccionario de la Real Academia Española: «depositar en alguien, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de él se tiene, la hacienda, el secreto o cualquier otra cosa» y «esperar con firmeza y seguridad». Wordreference añade el matiz de credulidad: «esperar con seguridad y credulidad que algo suceda o que alguien se comporte como se desea».

Pienso que todos estos sentidos de los vocablos confianza y confiar presentan un manifiesto y wittgensteiniano «aire de familia». Cuando confiamos en alguien, le creemos, le damos crédito (y creemos en ese alguien), y tenemos la firme esperanza —sin más seguridad que la buena fe y la opinión que nos hemos formado de esa persona— de que se comportará ‘como es debido’ (desde una perspectiva deontológica), actuará correctamente y se conducirá según el principio de bona fides, vale decir, bondadosa, recta y honestamente, cumpliendo los compromisos contraidos. Aunque, tal y como nos hizo notar W. D. Ross, en el análisis puede establecerse alguna diferencia entre ‘lo correcto’ y ‘lo bueno’, para nuestros propósitos podemos prescindir de estas sutilezas conceptuales.

La confianza conlleva una carga afectiva; con alguien de confianza se tiene un trato muy cercano y libre de tapujos. Uno se «desnuda» (física, psicológicamente) ante la persona de confianza, «anda descalzo o en zapatillas» (como se está en casa) y se muestra sin doblez. Obviamente, sobre todo ello sobrevienen valores psicoafectivos y morales compatibles con una naturaleza benevolente, con ser una buena persona. De ahí que, aunque las podamos distinguir, creo que no podemos separar del todo la confianza y la bondad (la confianza se debilita con los desengaños, las decepciones y las malas experiencias hasta el punto de volatilizarse). Por esta misma razón, opino que es apropiado que en las encuestas del CIS se formule la pregunta de la confianza y la cuestión de la bondad del ser humano diferenciadas pero conjuntamente (es difícil confiar en el «bueno» de Jack el Destripador; análogamente, el «bondadoso» Ángel Cásper Suárez Flórez no me inspira demasiada confianza).

J. A. G. Ardila, de la Universidad de Edimburgo, menciona en su artículo «Confianza y norma social en la cortesía lingüística» la opinión de Hickey y Vázquez Orta («Politeness as Deference: A Pragmatic View»), según la cual, por lo que toca a los españoles, los miembros del mismo clan ven como su deber ayudarse y apoyarse mutuamente, tanto moral como económicamente.

Precisamente, en una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se enuncian, entre otras, estas dos preguntas:

Confianza y apoyo moral (fuente: CIS, estudio núm. 2990, «Distribuciones marginales. Barómetro de junio», junio de 2013)

Confianza y apoyo económico (fuente: CIS, estudio núm. 2990, «Distribuciones marginales. Barómetro de junio», junio de 2013)

Según parece, la inmensa mayoría de los españoles tiene gente con la que sincerarse; al menos, una persona (presumiblemente, su pareja). La moda está en 3-4 personas, es decir, un número de familiares/amigos íntimos que se pueden contar con los dedos de una mano (y aun sobra un dedo), cifra muy alejada de los cientos de «amigos» de Facebook o red sociovirtual equivalente. Llama la atención el 2,6 % de españoles que se deben de sentir verdaderamente solos (no tienen a nadie con quien poder compartir sus emociones y pensamientos más profundos o a quien dar y de quien recibir un poco de ánimo, energía moral o confianza). Aunque puede que en ese porcentaje esté incluido al menos un 1 % de psicópatas.

En cuanto al tema económico, el valor que marca el máximo de la distribución se reduce a 1-2 personas con las que contar. Propongo las siguientes hipótesis tentativas para explicar la drástica reducción del número de individuos en quienes confiar (prestar ayuda económica es otra manera de dar crédito al sujeto): a) en un país de parados y mileuristas, es obvio que no podemos esperar mucha ayuda de alguien que está mal económicamente o que anda muy justito; b) en un país en el que los valores económicos son supremos, cuando llega el momento de rascarse el bolsillo la cosa se pone dura y cuesta arriba (escuchar las quejas y lamentos del otro, sin ahondar ni implicarse demasiado, es casi un deporte nacional que los españoles practican con gusto; pero «la pela és la pela, nen»; c) caridad aparte, el deber de ayudarse económicamente solo se experimenta psicológicamente de forma directa, en principio, con familiares y amigos muy cercanos por los que sentimos gran simpatía o afecto; la cooperación económica más extensa (incluso internacional) está mediada por instituciones sociales u organizaciones estatales (la casilla que uno pone en la declaración de la renta, mutualidades, ONG, &cétera).

Ardila también cita a Hernández Flores, quien describe desde un punto de vista prioritariamente pragmalingüístico la confianza en función de estas cuatro premisas:

1) tener la confianza del interlocutor significa disfrutar de una relación cercana y afectiva con él;
2) valerse de la confianza implica hablar con franqueza y sin reservas;
3) ser una persona de confianza exige ser percibido por el interlocutor como un amigo, casi como un familiar y
4) actuar asistido por la confianza permite expresarse libremente, sin temor a ofender al interlocutor y a sabiendas de que nuestros actos serán interpretados con naturalidad.

En fin, todo lo reseñado constituyen indicadores de gran confianza entre las personas, entre los miembros del propio grupo o red social. Eso que los españoles no parecen disfrutar demasiado.

 

Educación

Antes de abordar la cuestión educativa, me parece interesante proceder a un autoexamen de los puntos investigados en los apartados anteriores. Soy español, me encargo de una cátedra superior de Pedagogía, tengo mi propio temperamento biopsicológico y mi carácter, y también cierto barniz cultural ilustrado… un cóctel difícilmente manejable.

Creo que si me pasaran las encuestas consideradas, mis valoraciones podrían llegar a abarcar todo el espectro de contestaciones. Si no me lo pienso demasiado y respondo emocional y espontáneamente, yo sería de los que juzgarían prima facie que, por lo general, hay que ir con cuidado —con mucho cuidado— con quienes nos rodean y que nunca se es lo bastante prudente en el trato con los demás. En el fondo, siento que el mío es un país profundamente cateto, intrigante y corrupto; en común, me da la impresión de que te puedes fiar tanto de un crecido número de compatriotas como de una serpiente de cascabel sin cascabel (al menos, las serpientes de cascabel avisan y no te apuñalan por la espalda). Es la tierra de la chapuza y la nación del escaqueo; la patria del nepotismo-amiguismo-clientelismo y la cuna de la picaresca: con demasiada frecuencia te la intentan meter doblada. Eso cuando no tratan de hacerte comulgar con ruedas de molino: estamos en el reino de la arbitrariedad y en el territorio apache-posmoderno del «todo vale», una cosa y su opuesta, las dos cosas a la vez. Ilustraré este último punto con un par de ejemplos tomados de la Constitución Española. Ejemplo número 1: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles», constituida por nacionalidades (¿o naciones?, ya me pierdo) separatistas y por españoles que desean dejar de serlo. Ejemplo número 2: «El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla», sin perjuicio de que en ciertas comunidades autónomas te sancionarán por rotular o etiquetar solo en castellano, o no te admitirán instancias dirigidas a determinadas Administraciones si no están escritas en la lengua oficial de la respectiva comunidad autónoma.

En los sentidos expuestos, soy muy español, esto es, un gran pesimista antropológico escarmentado que desconfía hondamente de sus semejantes.

Pero hay que subrayar que todo va mejor cuando dejo de «razonar» emocional y subjetivamente y adopto una postura racioempírica cientificista, más objetiva. Para empezar, conozco (y, por consecuencia, puedo tener bajo control) el sesgo cognitivo de inclinación a la negatividad, un curioso mecanismo psicosocial por el que «es muy común que el aspecto negativo de las cosas sea más atractivo que lo positivo. Malas noticias, por ejemplo, son más conocidas que las buenas, en cualquier nivel de socializacion. […]», Wikipedia dixit. Parece ser un problema en parte cultural (aprendemos a pensar que una mala noticia es, en esencia, más importante o profunda que una buena) y en parte biológico (reminiscencia evolutiva: es importante distinguir lo malo para aumentar las probabilidades de adaptarse y sobrevivir). Por razones históricas y socioculturales, puede argüirse que en nuestro país el sesgo de inclinación a la negatividad está especialmente agudizado.

Por ejemplo: centrándome en la corrupción, lo cierto es que, con los datos de Transparencia Internacional en la mano, España ocupa en 2013 el puesto 40.º de 176 en el ranking global de corrupción. Sacamos un 7,72/10 en no-corrupción; en comparación, somos un país notablemente no-corrupto. Vale que no somos como los países escandinavos, Nueva Zelanda o Suiza, pero tampoco somos Corea del Norte, Afganistán, Irak, Siria, Haití, Guinea Ecuatorial o Venezuela, por enumerar unos pocos de los países más corruptos del mundo. Puede argumentarse en positivo que el hecho de que hayan aflorado en los últimos tiempos tantos casos de corrupción es un signo de que los mecanismos de control funcionan, lo que es una buena noticia.

Otro contraejemplo que debilita mi propia y tan española visión pesimista del país y sus gentes es que todas mis amistades más cercanas o íntimas ostentan pasaporte español. Y, sintiendo como siento mucha o plena confianza en ellos/as (son la clase de personas que, si no hubiera más remedio, desearía tener junto a mí en una guerra —aunque yo, antes de meterme en una guerra optaría por irme a Ibiza o a Bora Bora a tomar daiquiris repanchigado en una hamaca junto al mar—), por pura lógica no pueden sostenerse a la vez las proposiciones a) ‘ningún español es de fiar’ y b) ‘confío en algunos españoles’, porque ambos enunciados son contradictorios y mutuamente excluyentes, aparte de incurrir en la falacia de la generalización apresurada. Y como tengo conocimiento empírico de que la segunda proposición es verdadera, conforme al principio de no contradicción he de concluir necesariamente que la primera es falsa. Como mucho, podré sostener la perogrullada de que algunos compatriotas no son de fiar y otros sí lo son (dos juicios subcontrarios plausiblemente verdaderos ambos). La cosa mejora por momentos: he ingresado en el reino del realismo antropológico gracias al análisis racioempírico.

En el otro extremo, soy pedagogo, y ser pedagogo implica ser un profesional del optimismo. Si no eres optimista, no puedes dedicarte a la educación, porque sin ese optimismo la acción educativa resulta humanamente poco eutópica e inspiradora. Fernando Savater explica perfectamente esta idea, por lo que le citaré ampliamente. Extraigo fragmentos de su libro El valor de educar (Barcelona: Ariel, 2002, pp. 18 y 19):

En el caso de un libro sobre la tarea de educar, empero, el optimismo me parece de rigor: es decir, creo que es la única actitud rigurosa. Veamos: tú misma, amiga maestra, y yo que también soy profesor y cualquier otro docente podemos ser ideológica o metafísicamente profundamente pesimistas. […] Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias, hechos…) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla… y  para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros.

Además de las filosóficas, ¿cuáles son las razones científicas por las que para dedicarse a la educación hay que ser optimista profesional? Ello se debe al menos a dos efectos investigados y documentados en Psicología y en Sociología, respectivamente: el efecto Pigmalión (positivo)* y el teorema de Thomas, así como a sus variantes y derivaciones (etiquetado o labeling y profecía autocumplida).

* Nota bene: hace unos años, al efecto Pigmalión se le añadía un calificativo («positivo» o «negativo») en función del carácter de las expectativas y resultados obtenidos. Últimamente se reserva la expresión efecto Pigmalión para la versión positiva, y efecto Gólem para la negativa.

 

Investigación psicológica

En 1965, Robert Rosenthal y Leonore Jacobson realizaron un experimento en una escuela pública. Dijeron a los maestros que, de acuerdo con los resultados del «Test de Harvard de Adquisición de la Conjugación Verbal», resultaba esperable que ciertos niños (un 20 % de los alumnos de 18 clases) manifestaran un inusual potencial para el aprendizaje. Lo cierto es que dicho test no existe, y los niños señalados como de altas capacidades fueron elegidos al azar. Lo que Rosenthal y Jacobson descubrieron es que los cambios en las expectativas del profesor producían cambios en los resultados académicos de los alumnos: al cabo de ocho meses hubo un aumento significativo de las puntuaciones en los test de inteligencia en los alumnos etiquetados como sobredotados, especialmente entre los más jóvenes. En síntesis, los experimentos en investigación conductual mostraron que las expectativas del profesor, padre… educador, jefe o líder pueden condicionar significativamente la respuesta del sujeto.

En el siguiente vídeo el propio profesor Rosenthal explica el efecto Pigmalión:

 

Destacaré que en el minuto 18:54, Rosenthal pone de relieve:

Las profecías de la realización personal no operan mágicamente. Llevan involucrados procesos psicológicos y sociales definidos. No tienen que ver absolutamente nada con el poder del pensamiento positivo, o sea, que solo tenemos que creer en las cosas para que se realicen; es mucho más complejo que eso.

Estas declaraciones le alejan por completo de errores cognitivos como el pensamiento ilusorio o wishful thinking, falacia cuya muy psicológica (psicoafectiva) pero nada lógica forma es «deseo que P sea verdad. Luego P es verdad»; algo semejante al modo en que Pinocho cobra vida por obra y gracia del deseo de Geppetto. Resulta patente que esta manera de pensar (confundir deseos con realidades), tan extendida en la actualidad («deseo que no haya crisis económica, luego no hay crisis económica». «Deseo que el conjuro que he preparado tenga un poder sobrenatural, luego lo tiene»), es propia de un pensamiento mágico e infantil (correspondiente a niños de menos de ocho años; si no han sido estragados por sus familiares y/o maestros, los niños de ocho años son realistas ingenuos; ingenuos, pero realistas. Para ser exactos, vivir la realidad no como es, sino como uno querría que fuese, es propio de un infante de dos años). Dicho con otros términos, es un modo de pensar incongruente con la ciencia.

Fuera de estas «sugestiones positivas para crédulos», hay cuatro factores que favorecen que el efecto Pigmalión se produzca:

  1. Clima: el clima se compone de mensajes no verbales por parte de padres, jefes, educadores… tales como tono de voz, contacto visual, expresión facial y postura corporal. A través de estos elementos comunicamos expectativas positivas o negativas; equivale lo que en Pedagogía denominaríamos currículo oculto.
  2. Retroalimentación: si se refuerzan expectativas positivas o negativas.
  3. Cantidad de datos o información que se proporciona: si se explicitan errores y aspectos positivos y su porqué, si se aportan caminos o soluciones de problemas…
  4. Expectativas de rendimiento: creencia positiva o negativa en la competencia del sujeto.

(Actualización [7-11-2015].—El vídeo del efecto Pigmalión examinado en la sección anterior ya no está disponible. Es una lástima porque explicaba el efecto el propio profesor Rosenthal. Para sustituirlo, puede valer este, aunque no contiene las declaraciones analizadas. Fin de la actualización):

 

Existen otras variantes del efecto Pigmalión (positivo), todas relacionadas con las consecuencias que tienen las expectativas sobre las creencias y la actuación de las personas. De ahí la importancia de ser optimistas. He de recalcar que en este punto la lógica y la psicología aparecen casi como incompatibles. Estar en la creencia de que porque las personas puedan conducirse inteligente y honestamente se siga que las personas lo hacen o, más estrictamente, colegir que como las personas deberían ser inteligentes y honestas, las personas lo son incurre en la falacia idealista, un juicio erróneo y una distorsión cognitiva. Esto ya lo sabían los escolásticos de la Edad Media: ab esse ad posse valet, ab posse ad esse non valet consequentiam, pero como ahora no hay que estudiar latín… Lo que la fórmula latina señala es que la argumentación de la realidad a la posibilidad es lógicamente válida (si x es real, entonces x es posible); pero de que algo sea posible no es correcto concluir que sea real, del mismo modo que si bien llevo comprando lotería de Navidad desde hace décadas y resulta posible que me toque el gordo, el hecho es que nunca he sido agraciado con el primer premio del sorteo (no he pasado de un par de pedreas). Eso, por lo que se refiere a la relación posibilidad-realidad. Conectando valores y normas con la realidad, ahí tenemos desde los Diez Mandamientos y el Código de Hammurabi (hacia el 1760 a. n. e.) a los vigentes códigos Civil, Penal, &cétera, pasando por la Novísima recopilación de las Leyes de España del siglo XIX, la Nueva recopilación del siglo XVI, las Leyes de Toro o las Partidas de Alfonso X el Sabio (siglo XIII). Y qué: quintales de leyes, reglas y normas inspiradas en determinados principios y valores (lo que debe ser) conculcadas por arrobas (lo que es). En castellano antiguo: en buena parte, papel mojado.

Aunque me parece que no lo tienen conceptualmente demasiado claro en sus cabezas y presentan muchas inconsistencias, entre mis conocidos hay 1) predominantemente «realistas» que «saben de verdad» cómo funciona el mundo (en otras palabras, su actitud vital preponderante consiste en una mixtura de pesimismo antropológico con ciertas dosis de pragmatismo y unas gotas de cinismo, algo parecido a la realpolitik) y 2) predominantemente «idealistas» para los que «todo el mundo es bueno», al menos como punto de partida: eso es así y no hay nada más que discutir. Por supuesto, discuto con unos y con otros: yo sostengo que todos se equivocan. Y todos se equivocan porque si tanto la perspectiva lógica como la psicológica son verdad, lo que es el caso, no podrán contradecirse. El conflicto trae origen de confundir lo que puede ser o lo que debe ser con lo que es, y no tener las tres perspectivas a la vista simultáneamente. De hecho, los que se autodefinen como «realistas» ni siquiera lo son pues, aparte de confundir el realismo político con la cínica realpolitik, se fijan demasiado en los aspectos negativos del ser humano (inclinación a la negatividad sin control) y dejan de lado lo que las personas deben ser o pueden llegar a ser. Ni que decir tiene que los «idealistas» se llevan unas decepciones morrocotudas con la gente —siempre esperando lo mejor de las personas— aunque son psicológicamente más optimistas y de trato muy agradable.

La creencia en el angelismo humano en plan rousseauniano (en expresión de Quintana Cabanas, «el hombre es un ser enteramente positivo que, en su naturaleza, alberga solamente inclinaciones buenas y prosociales» [La educación está enferma. Informe pedagógico sobre la educación actual. Valencia: Nau Llibres, 2004, p. 36]) es un delirio propio de sujetos que 1) desconocen a qué se dedicaba el Homo antecessor en Atapuerca, 2) no saben nada de Historia o ésta les da igual, 3) niegan que los psicópatas existan y 4) no ven las noticias en la televisión y no leen periódicos —o no se quieren enterar, ye ye—. Por consiguiente, sus creencias «habitan fuera de este mundo», por así decir. Una pedagogía basada en tan ingenuo principio antropológico es lógicamente demasiado fértil, porque de premisas falsas se sigue n’importe quoi, una de las razones por las que el ala más radical de la Pedagogía contemporánea es tan «creativa», incluyendo afirmaciones tales como que «el cuerpo físico es un óvalo, el cuerpo etérico percibido por medio de la conciencia meditativa es amarillo, el hombre astral es rojizo y el éter cósmico no actúa como éter, actúa al igual que el tercer hombre», según las bases antroposóficas de la optimista pedagogía Waldorf, o que la realidad objetiva no existe, de acuerdo con los constructivistas posmodernos (para quienes la ilusión, el espejismo, la alucinación, el sueño y el relato son indistinguibles de la realidad).

Por otro lado, las pedagogías más tradicionalistas y todas aquellas que se fundamentan en un juicio desilusionado de la naturaleza humana («la letra con sangre entra», conductismo duro o radical, &cétera) tienden a ignorar procesos intelectuales, emocionales y morales significativos tales como la curiosidad y las ganas de aprender por el hecho mismo de saber, la capacidad de simpatizar con el prójimo o la cooperación y el altruismo de los seres humanos.

Ante este estado de cosas, la vía realista antropológica, que tiene en consideración tanto lo que el ser humano es como lo que puede llegar a ser y lo que debe ser conforme a determinados planteamientos axiológicos es la que se vislumbra como más plausible para fundamentar una pedagogía igualmente realista.

He dicho que el efecto Pigmalión positivo se ha repetido con variantes en la investigación. Una de ellas nos la cuenta Dan Ariely, profesor de Psicología del Consumo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT (Las trampas del deseo. Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error. Barcelona: Ariel, 2008, pp. 230 y ss.).

En el MIT se llevó a cabo un experimento. Para no extenderme, el aspecto relevante de dicho experimento era que si las personas firmaban una declaración asegurando que se iban a comportar honestamente en los exámenes y que no iban a hacer trampas, no las hacían. La conclusión es la siguiente:

Descubrimos, así, que los estudiantes hacen trampas cuando tienen la oportunidad de hacerlas, pero no tanto como podrían. Asimismo, una vez que empiezan a pensar en la honestidad —ya sea recordando los Diez Mandamientos, ya sea firmando una sencilla declaración—, dejan completamente de hacer trampas. En otras palabras: cuando se nos aleja de cualquier pauta de pensamiento ético, tendemos a caer en la deshonestidad. Pero si en el momento de la tentación se nos proporciona un recordatorio moral, resulta mucho más probable que seamos honestos [p. 231].

Estos y otros experimentos vienen a dar pie empírico a métodos e instrumentos educativos que comprenden desde el cognitivismo ético socrático hasta los contratos de trabajo personal del Plan Dalton y de la Education Individually Prescribed, PEI.

 

Investigación sociológica

Desde la Sociología se ha llevado a cabo una indagación semejante, con resultados análogos. Aludiré al teorema de William I. Thomas (1863-1947). No hay que ir muy lejos para descubrirlo: la información de la Wikipedia es correcta. La primera parte del teorema (en rigor, postulado) de Thomas dice así: «If men define situations as real, they are real in their consequences» («si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias»). En interpretación bungiana, «[…] la gente no reacciona a hechos sociales sino a la manera en que los percibe» (Mario Bunge: Filosofía y sociedad. México: Siglo XXI, 2008, p. 61). Bien que el teorema tiene una adenda del sociólogo Robert K. Merton (1910-2003) que lo protege de la acusación de idealismo-constructivismo radical, sí subraya la importancia de las creencias personales y la influencia que las informaciones, valores… del medio social tienen sobre la actuación de las personas.

Pondré unos cuantos ejemplos y se entenderá mejor cómo obra el teorema de Thomas. 1) Supongamos que aparece ante mí una inofensiva culebra. El hecho biológico real es que no supone ninguna amenaza. No obstante, si yo creo (erróneamente, pero estoy en esa creencia) que se trata realmente de una serpiente venenosa, que estoy ante un ofidio ponzoñoso, el efecto subsiguiente es que me alarmaré y probablemente me retire del lugar. Claro está, mi creencia no cambia la naturaleza de la bicha —ésta sigue siendo lo que es, pese a los constructivistas ontológicos—; no obstante, sí afecta a mi reacción ante ella: adecuo mi conducta a mi equivocada suposición. Este primer ejemplo se refiere a un individuo; el teorema de Thomas interviene en el ámbito de colectividades. Vayamos ahora con hechos sociales, empezando por un hecho sociopolítico: 2) El 6 de junio de 1801 se firmó el Tratado de Badajoz entre Portugal y España que ponía fin a la Guerra de las Naranjas. Es decir, desde esa fecha, los dos países habían declarado la paz. Sin embargo, las colonias americanas de Portugal o no se habían enterado —el primer mensaje enviado a través de cable telegráfico intercontinental data de 1858— o, muy pragmáticamente, no se quisieron enterar de que las hostilidades en Europa habían cesado. El caso es que a partir del 15 de junio de 1801 en Brasil la situación se definió como de ruptura entre los dos países (cuando, verdaderamente, en esa fecha la relación entre los reinos de Portugal y España era de amistad). El efecto de la definición de esa situación, de considerar que los dos países estaban realmente en estado de guerra fue la ocupación de las Misiones Orientales del Uruguay por parte de los colonos portugueses. 3) Ahora, un hecho sociocultural y socioeconómico: Un número indeterminado de personas (muchas) creen de veras en el poder mágico de amuletos, conjuros, tarot y resto de rituales e instrumental brujesco. Los efectos de esta creencia, de considerar que realmente eso es así, son la colección de prácticas y actividades taumatúrgicas («contrahechizos para romper amarres», procesos para «tumbar trabajos de brujería», «baños de limpieza para purificar el aura») y el floreciente negocio que se ha generado a) en torno a programas y canales de televisión de astrólogos, tarotistas, videntes y adivinos; b) con la contratación de médium o nigromantes (así, la cantante Miley Cirus ha empleado a una médium para contactar con su fallecido perro Floyd) y c) con la proliferación de tiendas de artículos esotéricos («talismanes para la protección del vehículo por 2,15 €», «polvos mágicos para quemar con el poder de las Siete Potencias esotéricas por 3,25 €», &cétera).

La clave de todo esto es comprender que la percepción y el conocimiento de la realidad que tienen los seres humanos es constructivo: está mediado y limitado por nuestro sistema nervioso sensorial y cerebral (por lo que se refiere al conocimiento fáctico, nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu, nisi ipse intellectus) y condicionado socioculturalmente. Ello admite grados de verdad y de calidad epistémica: desde construcciones intelectuales que dan buena cuenta de los hechos de la realidad (conceptos bien formados, creencias correctas, teorías verdaderas) a percepciones más o menos distorsionadas (incluso delirantes) y explicaciones extravagantes.

La influencia de los prejuicios, creencias y supercherías puede llegar a ser tan fuerte que consigue causar la muerte, como sucede con los individuos que sucumben a consecuencia del maleficio vudú de un hechicero, un ejemplo clarísimo del postulado de Thomas. El psicofisiólogo Walter B. Cannon estudió las condiciones que conducen al fatal desenlace. Los factores principales son 1) que el maldecido tenga conocimiento de que ha sido sometido al hechizo y el resto de la tribu o comunidad también lo sepa y 2) que todos los miembros del grupo social participen de una fe ciega en el poder de la magia vudú. Se producen entonces una serie de procesos psicológicos y sociales de ansiedad, rechazo y aislamiento (el hechizado deviene en un paria despojado de la confianza y el apoyo de la tribu). Otra convicción que tiene el señalado, compartida por su grupo, es que la única manera de ofrecer resistencia a todo tipo de fuerzas misteriosas y malignas es participar en las actividades comunales. Como ahora está solo, no tiene recursos con los que enfrentarse a todas esas fuerzas maléficas. El aojado se encuentra en tal estado de pánico que deja de comer y beber, hasta que entre el miedo y la debilidad, fenece en uno o dos días (Walter B. Cannon: «”Voodoo” death». American Antrhopologist, vol. 44 núm. 2 [abril-junio de 1942], 169-181. El artículo ha sido revisado sesenta años después [Esther M. Sternberg: «Walter B. Cannon and “ ‘Voodoo’ Death”: A Perspective From 60 Years On»] y el grueso de las conclusiones siguen siendo válidas). En resumidas cuentas: el sujeto se muere de miedo, emoción causada por un conocimiento compartido falso desde un punto de vista científico.

Más sobre el teorema de Thomas: creencias compartidas falsas pero dadas por buenas, tomadas como descripción de la realidad objetiva (y no como descripción de procesos cognitivos socioconstructivistas descontrolados) están en la base de los procesos inquisitoriales de hechicería y las europeas quemas de brujas. Pero como oportunamente concluyó el clarividente sacerdote Alonso Salazar y Frías en su informe de 1612 al Inquisidor General: ‘No hubo brujos ni embrujados hasta que se comenzó a hablar y escribir de ellos’. Ya se ve que el textualismo posmoderno («el lenguaje crea la realidad»: crear supuestas «realidades» desde el lenguaje o los textos, cuya referencia externa = Ø; esto es, las palabras no denotan ningún objeto o proceso real fuera del iluso cerebro del hablante) goza de rancio abolengo. Recientemente, un joven de 24 años natural de Malawi ha dejado que una hiena le devore sus genitales porque se puso en contacto con un brujo que le indicó que era el mejor modo de convertirse en millonario. Uno que se inventa lo que le da la gana y el otro que se lo cree. Pobre chico.

Al animista primitivo le aterra el hechizo vudú; a un pedagogo ilustrado (racional-empirista) deberían aterrarle los efectos que resultan de sustituir el conocimiento científico verdadero por todo tipo de fértiles e imaginativas fantasías o ficciones irrestrictas y thomistas creencias sin fundamento. No hará falta decir que si bien el bacilo de Koch afecta a todos, la magia vudú solo tiene consecuencias sobre los creyentes que sostienen sus instituciones. (De manera semejante, solo son abducidos por extraterrestres los sujetos que sustentan la creencia en los platillos volantes, y solo relata experiencias psi paranormales gente que, además de no prestar demasiada atención en las clases de Física y Química del instituto [principio de antecedencia de las causas, principio de conservación de la energía, ley de Lomonósov-Lavoisier…], posee una imaginación desbordante.  Creo que va a pasar mucho tiempo antes de que me inviten a una entrevista en Cuarto Milenio).

On the other hand, si en vez de un compromiso con la búsqueda libre de la verdad lo que se tiene es un compromiso con diversos intereses prácticos (políticos, económicos…) el proceso se invierte. (In-) justamente, se pondrán en circulación hoaxes, bulos, infundios, calumnias, delaciones de herejía ante el Santo Oficio, declaraciones en el Sálvame Deluxe, campañas de imagen o, alternativamente, de desprestigio político o actividades de marketing empresarial (aunque todo sea una patraña) para manipular las creencias de los miembros de la comunidad y obtener así los resultados esperados. Habitualmente, eso se lleva a cabo vulnerando las reglas de la racionalidad semántica y lógica, y sin aportar ni una sola prueba empírica en apoyo de lo manifestado (o, todavía peor, viciando o adulterando las pruebas). Las tergiversaciones o falsificaciones que se hacen de la historia con fines políticos y las manipulaciones psicológicas que entrañan los spots publicitarios van en esta línea. Ejemplos: según parece, dejando de lado que la bandera de los Estados Unidos de América deriva de la señera catalana —aunque se da un ligero desacuerdo sobre este punto entre el norteamericano Senado de los Estados Unidos y el catalán Institut Nova Història—, existe un enigmático «efecto AXE» por el que dicho desodorante es la causa del desenvolvimiento del lado seductor propio y constituye el principal factor de atracción de potenciales parejas sexuales. Todo ello, claro está, para quien se lo crea. Puro pragmatismo de baja estofa.

El postulado de Thomas ramifica en otras teorías psicosociales o vinculadas a las relaciones sociales. Por ejemplo, enlaza con la teoría de la reacción social, del etiquetado, del etiquetamiento o labeling ( cuatro denominaciones, una misma teoría) según la cual la identidad y la manera de comportarse de los individuos puede ser influida o condicionada por las descripciones que se hacen de dichos individuos, usualmente poniéndoles una «etiqueta» (= una palabra, una frase corta). Otra derivación del postulado de Thomas es the self-fulfilling prophecy (profecía autocumplida) acuñada en 1948 por el sociólogo Robert K. Merton, que el autor define así:

The self-fulfilling prophecy is, in the beginning, a false definition of the situation evoking a new behavior which makes the originally false conception come true («la profecía autocumplida es, al principio, una definición [descripción] falsa de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva verdadera». Robert K. Merton: «The Self-Fulfilling Prophecy». The Antioch Review, vol. 8, núm. 2 [verano de 1948], 193-210, p. 195. Cursivas en el original).

Adviértase que, desde una burda lectura de la profecía autocumplida, como la descripción de la situación que se hace hic & nunc es falsa, al aprendiz se le dicen mentiras para sugestionarle y obtener buenos resultados: así, por ejemplo, comunicaríamos a un alumno «tocas muy bien el piano», cuando el hecho artístico es que toca fatal el piano (muchas notas falsas, irregularidades rítmicas, pedal emborronado, &cétera). Por este camino no vamos a desarrollar la capacidad crítica y autocrítica de los estudiantes. Su autoestima y su autoconcepto puede que se inflen cuales globos Montgolfier sin que necesariamente esas construcciones tengan asidero en hechos objetivos reales. La alternativa es, obviamente, atacar la raíz del problema: correcta lectura de notas, fijación de digitación, uso del metrónomo, ejercicios de dominio de pedal… venciendo progresivamente las dificultades con ánimo positivo y confianza en las posibilidades del pianista. Además, hay que tener en consideración la edad de los aprendices (ciertas «mentiras útiles» pueden estar justificadas a los tres años y no a los dieciséis). Así, para el infante que se inicia en la predanza con tres años yo puedo «echar la culpa» de su inestabilidad en la ejecución del plié a las zapatillas para no desmotivar al crío nada más empezar, pero esta «explicación» no va a funcionar con niños en el conservatorio elemental (segunda infancia).

 

Comentarios finales

Aunque provienen de ámbitos de investigación distintos (Psicología, Psicología Social, Sociología) y presentan algunos rasgos diferenciales, 1) el efecto Pigmalión, 2) el postulado de Thomas, 3) el etiquetado o labeling y 4) la profecía autocumplida guardan afinidades (en el documental del efecto Pigmalión, Rosenthal habla indistintamente de este efecto y de la profecía autocumplida sin apenas distinción). Todas estas teorías advierten del efecto real negativo que resulta de transmitir en la relación social (e, incluida en esta, en la comunicación didáctica) informaciones y juicios de valor negativos sobre las personas en general o sobre los alumnos en particular; y acreditan los efectos positivos que se obtienen de considerar y tratar a las personas como seres capaces, inteligentes, sensibles y honestos. Algo mucho más fácil de decir que de hacer; tanto más difícil cuanto más pesimista antropológico sea uno. Con todo, reiteraré la idea de Savater: da igual la concepción antropológica o la cosmovisión de la que se participe; para dedicarse a la enseñanza hay que estar optimista. Algunos ejemplos de los efectos que se derivan de adoptar una u otra actitud:

Etiqueta/información social/profecía Creencia personal Efecto real
Etiqueta negativa: «Eres un inútil» Creencia negativa: ‘«Soy un inútil. Soy así, ¿para qué esforzarme, pues?»’ Apatía, falta de interés por mejorar, autoconcepto devaluado, baja autoestima…
Profecía negativa: «Ni aunque lo intentaras un millón de veces lo conseguirías» Creencia negativa: ‘«Ni aunque lo intente un millón de veces lo conseguiré. ¿Para qué intentarlo, pues? No voy a estar perdiendo el tiempo…»’ No lo hago, ni siquiera lo intento
Información positiva + profecía positiva: «Eres perfectamente capaz de hacerlo y lo vas a hacer de forma competente» Creencia positiva: ‘Puedo hacerlo. Puedo conseguirlo. Mis padres/profesores/… creen en mí’ Se facilita la consecución del objetivo. En su caso, lo hago. Lo consigo
Información negativa: «Eres arrítmico y bailas como un pato mareado» Creencia negativa:’Soy arrítmico de nacimiento e incapaz de aprender a bailar. El bailarín nace, no se hace. Por más que me esfuerce nunca bailaré’ No bailo, ni siquiera intento aprender a bailar en cierto grado
Información optimista: «Todo el mundo puede aprender a bailar siquiera en algún grado» Creencia positiva: ‘Aunque no vaya a convertirme en la reencarnación de Rudolf Jamétovich Nuréyev, puedo aprender a accionar corporalmente con cierta gracia’ Aprendo a bailar, bailo, disfruto con la actividad y me motiva ver que voy consiguiendo mejorar
En clase de microeconomía neoclásica, el siguiente dogma: «Todos los individuos son egoístas racionales maximizadores de su propia función de utilidad» Creencia dogmática: ‘Todo el mundo es egoísta y solo mira por su propio interés. Por ende, yo también voy a serlo/debo serlo: o comes o te comen’ Egoísmo moral, ausencia de altruismo, desconsideración hacia los demás, utilización de las personas en beneficio propio…

De todo lo analizado se pueden inferir algunas conclusiones, psicológicas, sociales y para los procesos pedagógicos. 1) Generar buenas expectativas sobre las personas (compañeros, hijos, alumnos…) produce mejores resultados que lo contrario (efecto Pigmalión positivo). 2) Las creencias positivas surten efectos positivos (postulado de Thomas). 3) Juicios de valor y etiquetados positivos influyen positivamente en las creencias y comportamientos de los individuos (etiquetado o labeling). 4) En el extremo, dar «por hecha», hacer como si fuera real y verdadera una hipotética situación futura mejor fomenta la puesta en marcha de mecanismos para que dicha situación futura positiva se actualice (profecía autocumplida). Todo lo cual es de indudable interés para un educador. Hemos de reconocer que las pedagogías optimistas son parcialmente verdaderas en cuanto a que con el optimismo y las buenas expectativas se consiguen más y mejores resultados educativos que con el pesimismo y las malas expectativas.

(Digresión: no hace falta alucinar más de la cuenta, ni despegar de la realidad. También es muy educativo formarse una imagen ajustada de uno mismo, aprender a aceptar las limitaciones propias, reconocer que nuestras disposiciones, tendencias, inclinaciones y características pueden ser más apropiadas para unas actividades que para otras y hacerse cargo de que hay condiciones y circunstancias materiales, biológicas, psicológicas, sociales, económicas, políticas o culturales que dificultan o impiden la consecución de los propios objetivos o deseos. Por más optimista que uno sea, si tienes una trompa de eustaquio impermeable por causas anatómicas o funcionales no puedes bucear; si está toda la unidad familiar en el paro y no hay ingreso va a ser muy complicado adquirir un buen instrumento musical; si vienes de Erasmus a una clase teórica sin hablar el idioma, lo tienes crudo para superar la asignatura; desarrollar una técnica virtuosística es conditio sine qua non para abordar el repertorio instrumental avanzado con ciertas garantías y ninguna estrategia de «pensamiento positivo», autoayuda o coaching nos va a convertir en un kriptoniano hombre de acero. Salvando lo anterior, mantener la moral alta y estar animado —en vez de adoptar actitudes derrotistas— mientras se despliega mucho trabajo y esfuerzo sin duda ayuda. Macte animo!).

Esto, que opera en un nivel microsocial (la familia, el grupo-clase…), también opera en un nivel macrosocial. Resulta plausible suponer que España en su conjunto mejoraría económicamente, socialmente, culturalmente… si en vez de interiorizar leyendas negras diversas tuviéramos más confianza en nosotros mismos, superáramos ciertos complejos de inferioridad, &cétera. A la luz de las teorías aducidas, puede que seamos nosotros mismos los que nos estemos echando piedras sobre nuestro propio tejado, dando pábulo a creencias falsas, erróneas o desmotivadoras tales como ‘todo lo extranjero es mejor’, ‘inventen, pues, ellos’, ‘España es un país de corruptos’, &cétera. (Ejemplos contra el lema «¡que inventen ellos!»: primer privilegio de invención o patente española, sistema de molienda [1478] de Pedro Azlor; primer submarino propulsado por vapor, Ictíneo II [1864] de Narciso Monturiol; primer submarino propulsado eléctricamente, Peral [1888], de Isaac Peral; el primer automóvil con motor de combustión interna del mundo fue el Motorwagen de Carl Benz [patentado en enero de 1886] y el primer coche español es el Bonet de Francesc Bonet [patentado en enero de 1890, solo cuatro años después]; primer control remoto inalámbrico, Telekino de Leonardo Torres Quevedo [1903]; uno de los primeros padres de la neurología moderna, Santiago Ramón y Cajal [1906]; primera aeronave de ala giratoria, Autogiro de Juan de la Cierva [1923]; primer traje espacial, Emilio Herrera [1935]; proteína DNA polimerasa, Margarita Salas Falgueras [1989]; uno de los trenes más avanzados del mundo, Talgo Avril [2012]; satélite fabricado íntegramente en España, Paz [2014]. Acabaré recordando que hay 420 millones de hispanohablantes nativos en todo el mundo [datos de 2012]; por algo será).

Lanzo este pensamiento como una mera hipótesis; a efectos prácticos, me basta con emplear la marinera (= de José Antonio Marina) técnica del castor: levantar mi presa palito a palito, intervenir día a día en mi pequeña parcela (mis clases, mi entorno inmediato familiar y amistoso, compartir algunos conocimientos con otras personas…). Lo cual no es poco.

Me queda dilucidar un último punto. ¿Cómo conjugar el realismo epistemológico (hablar con verdad, describir los hechos como son realmente) con ese optimismo pedagógico?  Tampoco es tan difícil, si se distingue conceptualmente entre lo que es, lo que puede ser y lo que debería (o no debería) ser. Verbigracia: es un hecho incontestable que, año tras año, los resultados educativos españoles en los informes PISA son bastante desastrosos, lo cual es indicador de que algo no va bien al respecto. Soy realista epistemológico, prefiero no negar los hechos ni presentarlos edulcorados: eso es así, de acuerdo. Pero que de eso sea así no se deduce:

  1. que no pueda ser de otra manera. Claro que puede ser de otra manera, empezando por
    • que a los cerebros de los estudiantes no les pasa nada, no son peores cerebros que los de otros países [= componente biopsicológico]; continuando por
    • que las leyes educativas se cambian cada dos por tres, lo que conlleva que no dé ni tiempo de aprovechar las virtualidades del sistema educativo… y todavía está por verse un pacto de Estado por la Educación [= componente sociopolítico]; siguiendo por
    • una inusitada mercantilización de la educación [= componente socioeconómico], que desincentiva la motivación intrínseca por el aprendizaje y deriva en titulismo… (podría prolongarme en el análisis, pero ahora no toca) y
  2. que no deba ser de otra manera. Debería ser de otra manera: «¿A quién no dará cuidado / si es español verdadero…» …ver que los universitarios españoles tienen un nivel de competencia igual o inferior al de los bachilleres japoneses? Los versos de Lope de Vega no acaban así, pero no pretendo emular al genial poeta.

Para terminar, y a modo de epílogo, sacaré a colación a Winston Churchill, quien nos dejó esta reflexión: «I am an optimist. It does not seem too much use being anything else». Seamos optimistas. No parece demasiado útil ser de otra manera.

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