EL MOTORISTA FANTASMA EN MADRID (Halloween 2014)

 

Fiesta de Halloween: line dance & baile country

Fiesta de Halloween: line dance & baile country

Me gustan diversas manifestaciones artísticas, lo que incluye desde las artes aplicadas y oficios artísticos, tales como la tipografía, hasta las bellas artes. Entre estas, mis favoritas son la arquitectura, la música y la danza.

Desde el punto de vista pedagógico, existen dos tipos de educación artística: la que enseña a apreciar el arte y la que enseña a practicarlo. En lo referente a la arquitectura, me limito a apreciarla; profeso la música y practico la danza como amateur.

He ensayado diversos estilos de danza: (gym-) jazz, baile de salón, danza española en todas sus formas (un poquito de folclore y bolera, mucha estilización y flamenco) y danza en línea & baile country. En cuanto a la gym-jazz, me resultó poco motivadora: mucha gym y poca jazz dance. El baile de salón me convence a medias: bailar con mi amiga Mar López es satisfactorio porque nos compenetramos, pero en cuanto cambias de pareja, empiezan los problemas. La danza española me encanta, y he tomado clase muchos años, pero dejé la actividad hace tiempo por dos razones: una, porque mi rodilla derecha está siniestrada y el constante zapateo me pasa factura; y dos, porque como tengo muy poca base clásica, mi progreso está estancado (bailar mejor danza española requeriría danza académica de base, y no estoy por la labor de agarrarme a una barra a estas alturas del partido). Desde hace unos años le zurro a la danza en línea y el baile country. En cuanto a la danza en línea, tiene todas las ventajas del baile de salón y ninguno de sus inconvenientes (no tienes que concertarte con ninguna pareja). Por lo que toca al baile country, lo encuentro bastante entretenido, dado que me gusta esa música y la técnica de baile es asequible.

En su forma actual, el baile country es una fusión del folclore estadounidense con baile de salón y estilos comerciales (rock & roll, twist…). A diferencia de la música y el baile folclóricos españoles, que —incluso estilizados— se mantienen bastante puros, conservando su valor estético y antropológico tradicional, lo country ha perdido este valor. Como vaticina la ley de Gresham, se ha vuelto bastante pachanguero de resultas del negocio que se ha montado a su alrededor (los estadounidenses hacen negocio con todo). Explotando económicamente el mito del cowboy, en torno a la cultura vaquera se ha generado una industria literaria (novelas y cómics de vaqueros, tipo El llanero solitario), cinematográfica (westerns o películas de indios y vaqueros: Tom Mix, John Wayne, Steve McQueen, Clint Eastwood…), publicitaria (por ejemplo, la marca de tabaco Marlboro), musical (los cowboys cantantes de música country: desde Gene Autry y Roy Rogers hasta los actuales), de moda (overdecorated shirts, overdecorated belt buckles, overdecorated boots, mucho fleco, mucho bolo tie, mucho sombrero Stetson… y mucha vestimenta un tanto extravagante para ofrecer una imagen espectacular del cowboy.  Pondré de relieve que los cowboys de verdad no vestían así ni mucho menos; iban de faena) y de baile (el baile country, con sus danzas en línea [line dance], en cuadrado [square dance], &cétera, como No rompas más de Coyote Dax). Todo es como muy yanqui o, mejor dicho, muy «confederado», porque Nashville está en el estado de Tennessee, un estado cuyo lema es «Agricultura y Comercio». El lema ya lo dice todo: country & bussiness. Aun consciente de todas estas limitaciones, y junto con la danza en línea, el baile country me entretiene, me sirve para desenchufar mentalmente, para hacer un poco de ejercicio, para socializar, &cétera, por lo que soy asiduo practicante del estilo. Y, aunque para mí el énfasis está en el baile, puedo adoptar sin demasiada dificultad la «estética pop» que lo envuelve (con límites, porque la línea entre lo aceptable y la horterada es bastante fina).

En suma: el baile country es una norteamericanada, al igual que la fiesta de Halloween. Pero norteamericanadas con las que uno puede solazarse. Coincidiendo con el fin de semana de Halloween, se organizaron fiestas, conciertos y bailes, lo que fue una de las motivaciones para disfrazarse (hubo más)…

Disfraz para Halloween

En el capítulo «La felicidad en las amebas, los reptiles y los mamíferos no humanos» del libro de Eduardo Punset El viaje a la felicidad. Las nuevas claves científicas (Barcelona: Destino, 2005, 25-48, pp. 32 y ss.), el autor afirma que un rasgo que compartimos con otros mamíferos es que «la felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad». Aplicando la proposición al caso, lo que quiere decirse es que se disfruta más preparando el disfraz y con el montaje del tinglado que con el mismo acontecimiento en sí. No estoy totalmente de acuerdo: en lo que a mí concierne, he disfrutado del proceso, del resultado y del recuerdo (recuerdo externalizado en esta entrada de mi blog), conque he conseguido triplicar el goce halloweeniano en sus diversas fases (incluyendo el pre y el post, o sea, el post de mi ciberbitácora). Dicho lo cual, he de reconocer que, provenientes de mis maliciosas amistades, llevo una semana preparatoria de comentarios en Whatsapp que no tienen desperdicio. Transcribiré algunos de ellos en esta crónica.

Como el disfraz estaba conectado con una fiesta de line dance & baile country, exploré las posibilidades del icono que aparece en el volante propagandístico. Para mover el esqueleto en una fiesta de baile country en Halloween, la alusión al Jinete Fantasma (= cowboy esquelético) parecía de rigueur. Comencé con esta prueba:

Jinete Fantasma

Mis amigos Javier Watson Martín y Paco González captaron enseguida la referencia al Jinete Fantasma (Ghost Rider). Javi escribió por Whatsapp: «Espero que pienses ir en tu moto. Lo de las llamas te lo puedes ahorrar».

En un principio, yo no tenía pensado ir por la calle de Motorista Fantasma, sino asistir al baile caracterizado de ‘cowboy sin caballo’ (y sin moto, porque el sombrero vaquero no cabe en la mochila; si quiero ponerme el sombrero, hay que ir al centro en metro). En otras palabras: acudir a la fiesta como siempre, vestido de country —como vamos prácticamente todos—, encajarme allí la máscara como detalle halloweeniano y prou; algo sencillo y socialmente no demasiado desviante. Ni que decir tiene que, a mi modo de ver, deambular por Madrid con botas de cowboy, camisas de cuadros, hebillas y cinturones llamativos, &cétera, de hecho es ir (por lo menos, semi-) disfrazado. O, como mínimo, foráneamente costumbrista. Si supiera montar a caballo, viviera en Tejas o Coahuila (Méjico) y tuviera un rancho como el de los tíos de mi amiga Mar Gutiérrez —mi proveedora de gadgets vaqueros mejicanos auténticos—, el atuendo podría estar más justificado; pero, vaya: en relación con la actividad a la que me dedico, como no me endomingue con el uniforme de conservatorio y la medalla profesoral… (el 21 de Noviembre tenemos el acto de celebración de Santa Cecilia en el cónser).

Javi —fue él quien me adjudicó el mote el Catedrático de Country, qué falta de respeto más grande, su insolencia no conoce límites— adoptó una actitud guasona-retadora: «No tiene mérito si no sales ya completamente disfrazado de casa y vas así por la calle». Yo alegué que para montar en moto (= «caballo de metal») cual Jinete Fantasma por vías urbanas había que ponerse el casco porque, si no, la poli te multa (hay «sutiles» diferencias entre la ficción y la realidad). En opinión de Javier, lo del casco eran menudencias logísticas. En el momento de máximo desbarre, Javi examinó la alternativa de poner el sombrero de cowboy encima del casco para obtener la mixtura country-jinete-motorista-fantasma, ja, ja, ja. (Todos mis amigos presentan la característica de gran desarrollo del pensamiento divergente para el mal y la vulneración de las más encomiables y tradicionales instituciones sociales. No hay que hacerles caso nunca).

No obstante, Javier, que tiene una excelente teoría de mi mente (algo que es recíproco), pulsó el interruptor cerebral adecuado (el malévolo y poderoso Javi tira de mis hilos por Whatsapp, controlándome mentalmente a distancia desde Valencia y reduciéndome a una mera marioneta conductista desprovista de libre albedrío; es dramático). O sea, y explicitando los subtítulos de la conversación: ‘¿A que no hay huevos?’.

Je. Desafíos de cachondeo a mí… Abandoné la moderada idea inicial de «country ghost cowboy» sustituyéndola —ya sí— por la de «motorcycle ghost rider», mucho más oscura y demoníaca. (He de recalcar que, de toda mi pandilla, el único que camina hacia el Bien soy yo. Los demás [Javi, Paco, Sergio, Álvaro… ] transpiran malignidad por todos sus poros. No sé ni qué hago relacionándome con esta gentuza; me tienen hecho una víctima, angelical que es uno. Pero, bueno: aunque son medio sociopatines, son mis sociopatines).

Pruebas documentales: Javi Watson y Alina. The Rocky Horror Picture Couple (Halloween 2014). Simplemente viéndoles, se les nota a la legua el rollo sociopático…

Por lo que atañe a lo oscuro y lo demoníaco serio, dadas ciertas condiciones, tienen valor estético positivo; se sigue que, si se cumplen dichos requisitos, proporcionan experiencias estéticas deseables. Pienso que hay no poca mojigatería con este asunto. Opino que, sin excepción, y por efecto de {sus sensibles supersistemas límbico-hipotalámicos + su formación humana y cultural}, todos mis amigos son esteticistas perdidos. Esta peculiaridad no solo es propia de los artistas profesionales (Myriam, Álvaro, Mar…) —cualidad esperable o, al menos, deseable en ellos—, sino que se extiende a toda la peña: a ellos y a ellas. Paco, «duro entre los duros», esteticista perdido. Javier, que está en forma con el taekuondo ese que practica, esteticista perdido. Sergio, «implacable ejecutivo agresivo» que se pasa todo el día de negociaciones con grandes empresas, esteticista perdido (mi avatar es de su propio puño). Y así, uno tras otro. La consecuencia de esta manera de ser es que, con diferencias individuales de contenido —ciascuno a suo modo—, cuanto más mafiosa, malignamente paranormal, psicopática, rollo Darth Vader, terrorífica… sea la peli, más nos gusta.

La descripción del hecho es conocida, si se estudian los libros de Estética adecuados. Como decía Edmund Burke  («Una investigación filosófica sobre el origen de nuestras ideas de lo sublime y lo bello» (1756), en José María Valverde: Breve historia y antología de la estética. Barcelona: Ariel, 1990, 137-139, pp. 137-138):

Todo lo que es capaz de excitar las ideas de dolor y peligro, es decir, todo lo que es de algún modo terrible, o se refiere a objetos terribles, o actúa de un modo análogo al terror, es una fuente de lo sublime: esto es, produce la más fuerte emoción que la mente es capaz de sentir. Digo la más fuerte emoción, porque estoy convencido de que las ideas de dolor son mucho más poderosas que las que entran en la parte de placer….

Cuando el peligro y el dolor acosan demasiado de cerca, son incapaces de dar ningún deleite, y son simplemente terribles; pero a ciertas distancias y con ciertas modificaciones pueden ser y son deleitables, como experimentamos a diario.

La distancia a la que se refiere el autor es la distancia estético-psicológica que se crea entre la representación artística y el espectador, entre la ficción y la realidad, entre el como si y el hecho verdadero. Asimismo, el concepto guarda relación con la cuarta pared teatral y su ruptura. Resulta obvio que ser víctima real de un psicópata o perturbado (Psycho de Alfred Hitchcock), ser realmente estrangulado a manos de un Darth Vader, morir petrificado y con extremado dolor emocional como consecuencia de la «mirada de penitencia o de castigo» (penance stare) del Motorista Fantasma, si esto fuera realmente posible (una variante contemporánea y estadounidense de  los petos de ánimas gallegos; apréciese la pertinencia de la analogía), no tiene ni puñetera gracia y, como sostiene Burke, estos actos son simplemente terribles y terminantemente indeseables («cuando el peligro y el dolor acosan demasiado de cerca, son incapaces de dar ningún deleite […]»).

Pero con la distancia psicológica que ofrece la experiencia artístico-estética y con las modificaciones derivadas de 1) no causar realmente ningún daño físico-corporal ni psicológico (ni dañar ningún bien social, económico, jurídico, ecológico… vivimos en un mundo axiológicamente plural)… es una mera fantasía y 2) realizarse en un contexto seguro (el teatro, el cine, las fiestas de Carnaval, la noche de Halloween en pleno centro de Madrid… o lo que es lo mismo, en un contexto que reafirma la naturaleza ficticia de la acción), excitar las ideas de dolor, peligro y terror es deleitable. Razón por la que la Marcha Zombi de Madrid alcanzó en 2012 su sexta edición. Razón por la que las personas que acuden al cine a ver una película de terror seria (no sé… en plan «en ocasiones veo muertos» de El sexto sentido) se lo pasan mal-bien (emociones mezcladas de miedo y atracción). Razón por la que el show del Pasaje del Terror lleva produciéndose desde 1988 y cuenta con más de catorce millones de visitas. A las personas (al menos, a los buscadores de sensaciones) nos gusta pasar miedo según y cómo. Será por la descarga de adrenalina y la liberación de dopamina. La ley de Yerkes-Dodson también tiene algo que ver, así como la teoría de la personalidad de Eysenck y la teoría del rasgo ‘búsqueda de sensaciones’ de Zuckerman (en este enlace se relacionan ambas teorías).

Aunque no le hago ascos a los zombis, al contrario (Resident Evil, 28 semanas después, Guerra Mundial Z, The Walking Dead…), mis películas favoritas pertenecientes al género son las de temática paranormal-espiritista-posesiones demoníacas-&cétera tipo Poltergeist, Actividad paranormal, The ring, Los otros, El exorcista… A veces pienso que mi gusto por ese tipo de films trae origen de mi cientificismo: como no me creo nada de nada de nada (cero absoluto) con relación a ningún fenómeno paranormal, espiritista, demoníaco y análogos, y como el pensamiento racional-empirista científico es muy exigente y riguroso desde el punto de vista epistémico, esas películas que se basan en el libre juego de la imaginación, que violan todas las leyes de la física, la química, la biología… conocidas y cuya temática de fondo es lo hórrido y espeluznante me proporcionan gozosas experiencias estéticas. Cuanto más poseído esté el protagonista y/o la la casa, mejor.

Bien que de una manera bastante tópica (es cine comercial lleno de clichés, no hay que pedirle peras al olmo), el Motorista Fantasma encarna mucho de esto. Es un ser que, jugando con las fuerzas de lo oculto y vendiendo su alma al Diablo —atención: por una buena causa, a semejanza de lo que les pasa a los chicos de la serie Supernatural—, está parcialmente poseído por el espíritu del demonio Zarathos, el cual obliga al protagonista a convertirse en el Motorista Fantasma por las noches (algo vagamente similar a lo que sucede en El Lago de los Cisnes de Petipa-Chaikovski). En otra palabras: contiene dentro de sí un ente satánico con poderes sobrenaturales que le controla. Se establece una lucha entre el bien y el mal, gran tensión por el dominio del espíritu posesor, &cétera y, al final, el Motorista Fantasma deviene en vengador justiciero que castiga a los malvados y demás. Un tema supertrillado, vaya. Pero para pasar un rato de entretenimiento, vale (al cine no voy a filosofar; al revés).

Por otro lado, no hay que perder de vista la parodia del terror (El día de la bestia, Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro…). En este caso, los valores estéticos cambian.  Lo terrible cede ante lo cómico, lo risible y el pitorreo, que fue la orientación halloweeniana que adopté para mi disfraz. No obstante, mi amiga del alma Beatriz me ha dicho que en algunas fotografías, como en la que poso junto a los títulos, doy «realmente» miedo. ¡Magnífico: «realmente» miedo, pero de coña! Burke me aprobaría la asignatura de Estética Aplicada a la Halloween.

Además, enmascararme conllevó otros efectos colaterales positivos. Evité ser dañado por un espíritu perverso al adoptar su apariencia y ahuyentarlo, de acuerdo con la tradición céltica que he leído en la Wikipedia. Quiero decir: emulé el comportamiento de Niehls Bohr, premio Nobel de Física, quien tenía una herradura colgada encima de la puerta de su casa —o tal vez en la pared de su despacho; hay discrepancias entre varias versiones de la anécdota, probablemente apócrifa— como talismán para atraer la buena suerte. Aun cuando el científico no creía en estas supersticiones, había oído decir que era muy eficaz de todos modos. Pues yo, igual:  ¡eu non creo nas meigas, mais habelas, hainas!

Pero, sobre todo, rompí la monotonía vital, dando un poco de variedad a mi existencia. Me autoanimé, que últimamente anda de capa caída la cosa por varios motivos que ahora no hacen al caso (la depresión subclínica no es deseable). Desde la poco científica pero sugerente perspectiva del análisis transaccional, aflojé las riendas del N-l (niño libre o natural) permitiéndome durante unas horas un estado del yo más infantil, más orientado hacia la diversión y el juego, adecuado a la situación de fiesta halloweeniana (un indicador objetivo de que mis funciones mentales están bastante sanas, pese a que Beatriz me llama loco y Paco dice que estoy muy loco —pero bien que luego él hace lo mismo—. Esto lo dicen por decir, porque no cumplo los criterios establecidos por D. J. Stein & al. para que se me diagnostique un trastorno mental o psiquiátrico [«What is a mental/psychiatric disorder? From DSM-IV to DSM-V»]. No podéis conmigo. Asumidlo).

 

Motorista Fantasma Madrileño

Tengo la película Ghost Rider. El Motorista Fantasma en DVD. Se impuso tomar buena nota del modelo:

Ghost Rider. El Motorista Fantasma

El resultado:

El Motorista Fantasma Madrileño

Creo que el resultado no quedó demasiado alejado de esto: Ghost Rider.

Tanto Javier como Paco me aconsejaron poner esa foto como perfil de Whatsapp: ¿será posible?  Por su parte, Álvaro comentó con sutil ironía que seguramente mis alumnos del conservatorio pensarían que mi estado habitual es así y que me pongo la careta de ser humano vivo para impartir las clases. También me indicó que fuera al Teatro Real con esa pinta (tenía entradas para la función del día siguiente en la que actuaba el propio Álvaro). Lo dicho: no hay que confiar nunca en las recomendaciones de estos sujetos; no son otra cosa que cargas de profundidad destinadas a hundir mi buen nombre (con escaso éxito: pese a vuestros reiterados [y fallidos] intentos, no podéis conmigo. Asumidlo. Además, para suicidarme socialmente, me basto y me sobro solo. Ejemplo: mi blog).

Traje y botas.— Como todo motorista que se precie, en mi armario hay un par de trajes de cuero y botas de moto. De manera que, aun con el cambio de enfoque, seguía teniendo resuelto el grueso del indumento. Mi primera opción fue el traje de cuero BMW Atlantis. Aunque la piel no es exactamente napa, sino nobuk, el conjunto es enteramente negro, sin aditamentos (el logotipo de la marca está grabado en relieve en la piel y nada más). La diferencia napa/nobuk no resulta tan relevante —mucho menos de noche y a cierta distancia— y, de los dos piezas que poseo, el Atlantis guarda evidente parecido con el del Motorista Fantasma (bien que la chaqueta BMW tiene una línea más cafe racer europea que tipo Perfecto estadounidense).

Idealmente, los pantalones hubieran debido ser los que hacen juego con la cazadora BMW Atlantis, que asimismo son enteramente negros de arriba abajo. Desafortunadamente, me vienen muy estrechos porque en los últimos años he engordado. Como consecuencia de la expansión de mi panículo adiposo abdominal, me vestí con los pantalones del otro traje, el BKS, cuya talla responde al statu quo actual. Los pantalones BKS llevan el logotipo de la marca en una pernera, mecachis; esta circunstancia me distanciaba del modelo. Pero era eso o vaqueros, porque los otros pantalones de cuero me apretaban mucho y no estaba cómodo. En la parte positiva, los BKS son de napa negra y el distintivo de la marca y las costuras son de color oro ligeramente anaranjados, lo que cae dentro de la gama de colores ígneos (cada uno se consuela con lo que puede).

Con el ánimo de mermar mi autoestima, el malintencionado Paco me ha comunicado que me estoy poniendo «pancetorro». Una opinión aventurada: pancetorro es un término vago e impreciso que, por esta misma razón, contraviene la racionalidad semántica. La verdad es que, aunque cerca del extremo superior, mi índice de masa corporal todavía se halla en los límites de la normalidad (IMC < 25), por lo que, desde un punto de vista científico, no se me puede atribuir sobrepeso con propiedad. Paco: tu maledicencia ha quedado deconstruida y desactivada. Has vulnerado dos racionalidades: la semántica y la epistemológica. No puedes conmigo. Asúmelo.

Las botas son unas botas altas de motorista que no tienen mayor misterio.

Casco y calavera.— En la actualidad protejo mi cabeza con un casco integral HJC; el casco anterior estaba retirado de servicio (tanto da que no haya recibido ningún golpe: conviene no prolongar demasiado la vida útil de los cascos. Se van degradando con los años). Sin embargo, lo recuperé para la ocasión. Al tratarse de un casco BMW System Evolution, incorpora ciertos accesorios que posibilitan su conversión a casco jet, el cual, dejando la cara al descubierto, permitía mostrar la máscara-calavera en todo su esplendor (ese era el efecto que andaba buscando precisamente).

Esta fue la primera prueba del [proyecto de] disfraz, con calavera negra. El parecer de Álvaro y Paco fue que el casco le da su aquel (= interés o atractivo indefinible) al disfraz.

Motorista Fantasma Madrileño con calavera negra

Con el casco calado, la calavera negra me sugería la imagen de un soldado imperial Blackhole o shadow stormtrooper de La Guerra de las Galaxias. Para el rollo Motorista Fantasma (madrileño), me resultó menos convincente que la calavera blanca.  Álvaro compartía mi punto de vista relativo a que la expresión de la calavera blanca era más terrible; daba más miedo y se veía más. Ahora bien, la negra le parecía más de motero, por la forma de los ojos, que le recordaban a unas gafas de protección para motociclistas. Tras la deliberación, Álvaro, Javier y yo coincidimos en que la calavera blanca era más apropiada y, finalmente, opté por esta. En la siguiente imagen llevo gafas de sol oscuras; para la noche de Brujas, me puse gafas de conducción nocturna con cristales anaranjados que, amén de prácticas, hasta resultaron más pertinentes considerando que se veían las órbitas del cráneo de un color encendido.

Con la calavera blanca el aspecto empeora, es decir, mejora… yo ya me entiendo

A continuación, empecé a abordar las cuestiones de detalle, a saber: cadena, cinturón y pinchos.

Cadena.—A modo de látigo o arma extensible, la cadena de hierro del Motorista Fantasma («cadena mística») constituye una propiedad esencial del personaje, por cuanto supervienen sobre ella poderes sobrenaturales que traen origen de la (sobre-) naturaleza del tipo. Como el materialismo emergentista —filosofía a la que me adhiero— niega la existencia de cualquier ente o poder sobrenatural, me tuve que conformar con una nada mística cadena comprada en la ferretería de la esquina. Por cierto: cuando se la pedí al dependiente, este me preguntó si era para algún disfraz de Halloween. Le respondí que sí, y aseguró que llevaba toda la semana cortando metros y metros de cadena. Sucede que las cadenas son a los fantasmas o espíritus errantes lo que la vuelta de Fernando VII a los absolutistas españoles; cae por su propio peso (2,1 kilos exactamente) que la etiqueta motociclístico-espectral exigía la cadena cruzada en bandolera sobre el pecho.

Aunque el protocolo establece que se coloque terciada desde el hombro derecho al costado izquierdo, en las imágenes de cómic, películas, videojuegos… la dirección de la diagonal vacila. A ojo (no he hecho el estudio estadístico, muy mal), me ha dado la impresión de que predomina la disposición hombro izquierdo-costado derecho; fue la que decidí al final. También hay fluctuaciones en cuanto al número de vueltas de la cadena: una vuelta con una cadena muy voluminosa, dos, tres… Para lograr la apariencia deseada, valoré como suficiente 4,25 euros y 2,1 kilos de cadena relativamente gruesa enrollada con dos vueltas.

Cinturón.— El ostensible cinturón del Motorista Fantasma se dibuja en varios versiones: ora con hebilla de hebijón simple, ora con hebilla de hebijón doble, ora con chapa lisa, ora con chapa grabada con el emblema de la calavera, ora con la cadena arrollada alrededor de la cintura, ora con cinturón de pinchos

La variante más denotativa (con sentido autorreferente) es, sin duda, la de la chapa grabada con el emblema de la calavera. La siguiente fotografía muestra mi interpretación del cinturón fantasma-motociclístico:

Mi versión del cinturón fantasma-motociclístico, con chapa y emblema de la calavera

Progresaba adecuadamente. Poco a poco, la caracterización iba tomando forma y comenzaba a asomar el espíritu mefistofélico que me posee…

Mi demonic possession va tomando forma…

Pinchos.— El Motorista Fantasma parece un cactus semoviente o un fanático del heavy metal, a juzgar por la cantidad de pinchos que exhibe, tanto en los hombros de la cazadora (a manera de punzantes charreteras) como en los guantes, las muñequeras y una de sus botas. El número de puntas varía según representaciones, pero del análisis de muchas ilustraciones se desprende que —junto con la cadena— los pinchos parecen constituir un rasgo capital del Motorista Fantasma.

Motorista Fantasma. Guante y muñequera con pinchos (detalle)

Ello podría dar pie a una interesante investigación ontológica (¿los pinchos constituyen una propiedad esencial o accidental del Motorista? ¿Sin ellos, el Motorista Fantasma deja de ser lo que es? ¿Los pinchos constituyen una propiedad derivada de estar poseído por el espíritu de Zarathos?, &cétera), pero ahora no toca. Además, puede que la cuestión metafísica esté cerca de resolverse: en la película Ghost Rider. El Motorista Fantasma, la gente de Marvel Comics deja claras cuáles son las señas de identidad del Motorista Fantasma añadiéndolas al logotipo de la editorial (N. B.: en el momento de captar la imagen, el fuego ya se ha extinguido):

Señas de identidad del Motorista Fantasma: calavera, cadena y pinchos

Respecto a los hombros, ni me planteé perforar la membrana de Gore-Tex de la cazadora, estropeando la prenda (no queremos más goteras de la cuenta). En consecuencia, los pinchos en las hombreras quedaron automáticamente descartados. Al fin y al cabo, mi chaqueta de motorista monta reflectantes justamente en los hombros, quedando estos realzados: en vez de con pinchos, con destellos (porque yo soy un ser de luz, no como otros. A decir verdad, el lema de mi profesión es perfundet omnia luce).

Los pinchos de los guantes y las muñequeras no fueron muy difíciles. Aunque ahora lo negarán todos sus miembros incluso sometidos a tortura, el hecho es que hacia los diecisiete años la pandilla del instituto estaba abonada al Hard Rock Cafe de San Antonio (Ibiza). Por ende, los pinchos no nos eran del todo desconocidos, ni los pantalones vaqueros pitillo, ni las uñas pintadas de negro —ellas—, &cétera. Revolviendo el trastero, algo apareció en el fondo del baúl de los recuerdos;  atavíos completados con una rápida visita a la tienda Marihuana en El Rastro que, para hacer las cosas bien, ha conllevado cierta desviación presupuestaria. Empero, y como se ha demostrado, un Motorista Fantasma sin pinchos es como un jardín sin flores. Y, después de todo, invierto en mi propia diversión (un par de masajes me salen más caros):

El Motorista Fantasma lleva mucho pincho…

A propósito: aprovechando que anduve abriendo cajas y desordenándolo todo, busqué de paso el cómic número 1 del Motorista Fantasma que estoy segurísimo que atesoraba (pues anda que no era una preciada pieza de mi colección de cómics ni nada). Pero no apareció, maldición. Con tanto cambio de residencia por motivos académicos y laborales (Ibiza → Barcelona → Ibiza → San Antonio → Formentera → Madrid → Alicante → Madrid), a saber dónde ha ido a parar…

Actualización del 16 de abril de 2016.—

Un año, cuatro meses y quince días después de redactar este post… ¡ha aparecido el cómic de marras! Estaba rebuscando en unas carpetas antiguas… y ahí estaba, tan bien guardado que ni me acordaba de dónde lo había puesto.

Cómics Forum: Motorista Fantasma, núm. 11 (febrero de 1992). Barcelona: Planeta de Agostini, 1992

Es un hecho que la memoria no es perfecta, y «rellena» lo que no recuerda bien, inventándoselo. Según he podido comprobar, ese cómic no era el número 1, sino el número 11. Bueno, ni tan mal, había borrado muy pragmáticamente un uno del once en mi cabeza. Por otro lado, ese olvido tiene sentido, porque fue el primer número que adquirí de la colección. El tebeo data de febrero de 1992; a la sazón costaba 150 pesetas (historieta de 24 páginas/un episodio completo). Qué tiempos: en aquel entonces tenía veintitrés años recién cumplidos y montaba una Yamaha XT 600 trail (mi primera doble propósito mediana) desde los veinte. Después de haberme agenciado tanto el Vespino GL de mi padre como la R. O. A. (Rafael Onieva Ariza) de mi abuelo (anda que no flipaba yo ni nada con esa motocicleta clásica), me había convertido en un motorista convencido que recorría Europa autobirota ascensus. Resulta evidente que el cómic del Motorista Fantasma me afectó psicológicamente para siempre…

Fin de la actualización.

 
El Motorista Fantasma Madrileño posando junto a diversos títulos académicos y profesionales… muy propio:

El Motorista Fantasma Madrileño. A la derecha, diversos títulos académicos y profesionales. De esta, me echan del venerable cuerpo profesoral… Esta es la foto que Beatriz dice que da «realmente» miedo… pues yo me veo… no sé, cálido y tierno a la par que entrañable. Como soy

Por alguna enigmática razón que desconozco, el Motorista Fantasma lleva una correa de pinchos en su bota derecha. Realmente, en los dibujos he observado tres alternativas: sin correa de pinchos, con una correa en la bota derecha y con sendas correas en ambas botas. Ciertamente, la segunda es la opción más frecuente. La dependienta de la tienda Marihuana me dijo que para rodear los gemelos, la correa tendría que ser mucho más larga que las picudas correas muñequeras de que disponía. Como el plan era resolverlo todo de una tacada, me acerqué a una tienda de animales en el mismo Rastro y compré un collar de perro de longitud apropiada (da el pego, más o menos. Anda que no estoy bonico yo con el collar de perro este colocado en la pierna ni nada… cuidando los detalles):

Cuidando los detalles… con imaginación y un collar de perro. Da el pego, más o menos

Con relación a los detalles, por último, mi toque personal: un guiño a la Neuropedagogía, con los gusanos saliendo del cerebro-calavera. Totalmente posmoderno, je, je (ese anillo apareció en el baúl de los recuerdos, proviene del final de mi adolescencia-principio de mi juventud).

Cuidando los detalles con finura

Aunque Javi me dijo que podía prescindir de las llamas, tanteé varias soluciones al problema del fuego infernal del Motorista Fantasma (en este punto, las carcajadas debidas a la comicidad de la parodia alcanzaban cotas de gran intensidad —singularmente con Álvaro, quien, debido a su profesión, está acostumbrado a la caracterización, vestuario y atrezo teatral—).

Solución del fuego infernal (prueba 1). Versión más llevable. Sencilla a la par que discreta:

El Motorista Fantasma Madrileño. Solución del fuego infernal 1

Solución del fuego infernal (prueba 2). Versión de profunda raigambre religiosa:

El Motorista Fantasma Madrileño. Solución del fuego infernal 2

Solución final del fuego infernal, de terrorífico y horripilante efecto. No hay que provocar al Motorista Fantasma Madrileño si no queréis enfrentaros a su mirada de penitencia —la mejor arma del Motorista— y que vuestra alma sea pasto de las llamas:

El Motorista Fantasma Madrileño en llamas: mírame a los ojos. Lo que más me gusta es el diabólico suavizante para la ropa a la izquierda y la regadera infernal detrás

El temerario Álvaro ha expresado que si se abre la puerta y me ve aparecer así… se tira al suelo de risa. El destructivo Javi me ha escrito señalando que parezco un cruce entre el Motorista Fantasma y una tarta de cumpleaños. Pero esto, claro está, lo dicen motivados por su malsana envidia hacia mi persona, amén de negarse a reconocer el incuestionable fuste y la notoria seriedad de mi planteamiento infernal.

Javier me ha conminado a comparecer en las tutorías académicas de esta guisa. Indudablemente, el Motorista Fantasma Madrileño ha de hacer algo con la Lomce (el Ministro Wert se ha medio cargado la asignatura de Música).

Ciertos aspectos de la Lomce, como haberse medio cargado la asignatura de Música, deben ser conjurados por el Motorista Fantasma

Actualización del 26 de enero de 2014.—

Como ya he mencionado en esta y otras entradas de mi blog, una de las propiedades que caracterizan a mis amistades es su compromiso personal con el mal, singularmente, el dirigido hacia mí. En vez de tratarme con el miramiento, deferencia, consideración y acatamiento que cabría esperar, en cuanto interaccionamos, the clobbering time starts (la dialéctica erística es lo que tiene).

Resultan conmovedores los reiterados fracasos en sus infructuosos esfuerzos para meterse conmigo, machacarme, vapulearme, &cétera. Pobres infelices. Reciprocando, mi estrategia ofensiva no presenta gran complicación: la venganza es un plato que se sirve frío. Sencillamente, hay que guardar la calma, mantenerse al acecho, esperar a que bajen la guardia y cometan un error —siempre incurren en alguno— y, entonces, aprovechando ese momento de debilidad, atacar con toda la artillería disponible.

Mi amigo Paco no me felicitó mi reciente cumpleaños, o sea (¡qué fuerte!, ¿puede haber algo peor? [Ya he dicho que, más pronto o más tarde, siempre caen en una falta. Advertencia: no os daré cuartel. Ricardo = 5694380527 puntos, Paco = 0. El blog bonifica con puntuación extra]).

Paco intentaba en vano excusarse y arreglarlo mientras su tanteo se mantenía a 0 y yo veía mi marcador creciendo a velocidades de vértigo. Entre mis últimas voluntades, le encargué que se ocupara de grabar en mi lápida funeraria: «Murió sin ser felicitado por su 46.º cumpleaños». (Paco me preguntó si había cumplido 58 años. Duda que contesté comparando la resistencia de nuestros respectivos sistemas inmunitarios: el suyo es tan endeble…). He de recalcar que el avieso Paco me tiene preparadas unas exequias que, entre otras lindezas, incluyen la «música» de David Bisbal, ¿será posible? Qué falta de respeto más grande.

Por otro lado, paralelamente, mi adversario había llevado a cabo operaciones secretas con el objetivo de dominar mis procesos mentales manipulando mi sistema límbico cerebral. Ha de hacerse notar que el poderoso Paco manifiesta patentes rasgos de sobredotación emocional, intuición empática y avanzada teoría de mi mente (y yo de la suya, es algo mutuo). Emprendiendo su desesperada contraofensiva con el propósito de neutralizar mi embate, me informó de que acababa de recoger un detalle que tenía encargado y que ya disponía de otro, los cuales no me había entregado porque habían tardado más de lo esperado. Me los dio este lunes 26 de enero de 2015.

Se hizo traer los regalos desde el extranjero. Uno es el disco compacto O melhor da guitarra portuguesa, proveniente —evidentemente— de Portugal. La guitarra portuguesa es a Portugal lo que la guitarra española a España; si esta acompaña el canto popular y el cante flamenco, aquella es, junto con la viola, el instrumento acompañante por antonomasia del fado portugués, habiéndose convertido en el instrumento nacional. Pese a denominarse guitarra portuguesa, el instrumento de cuerda pertenece más bien a la familia de los laúdes populares europeos: es un descendiente de los cistros/sistros renacentistas con la particularidad de que ha sobrevivido al paso del tiempo en el país vecino. Ni que decir tiene que la raigambre tradicional y el carácter triste y fatalista del fado (expresión de la saudade) me encaja a la perfección,  si bien en esta ocasión se trata de música puramente instrumental que se extiende más allá del género fadista. En la selección del disco ha participado la madre de Paco, M.ª Ángeles, que está vinculada al mundo artístico (área técnica del Teatro de la Zarzuela).

El otro regalo, importado desde ¡Bélgica! es… ¡the Ghost Rider!, ja, ja, ja, ja, ja. ¡Qué cara de malo y enfadado tiene el pobre diablo!

Funko Pop! Marvel: Ghost Rider

Como es sabido, los servicios de inteligencia tratan de adivinar los movimientos del enemigo y adelantarse a ellos. Conversando por Whatsapp, le pregunté si el regalo no consistía tal vez en un muñeco de Spock (el vulcaniano de sangre verde y orejas puntiagudas amante de la lógica que aparece en Star Trek). Yo también tengo buena teoría de la mente de Paco: ¡casi acierto! Atiné con lo del muñeco (no lo sabía, era sorpresa), pero fallé en el personaje. Pensé que, en cuanto ser de luz que me soy (el lado luminoso de la Fuerza), igual me regalaba el muñeco del personaje más admirable por encima de todos de la saga Star Trek (yo soy trekkie profeso y fanático de Spock). Pero Paco no ha querido reforzar mis habilidades con las diversas formas de racionalidad, sino que, muy por el contrario, pretende espolear los aspectos más sombríos de mi personalidad (= mi Sombra junguiana). En otras palabras: atraerme hacia el mal («únete a mí en el lado oscuro de la Fuerza»).  Tenga uno amigos para esto…

Compruebo empíricamente que los creadores de la figurilla también han bregado con algunas dificultades para representar las llamas que salen de la calavera. Más bien parece que le hayan puesto una cabellera rubia de niño pequeño al maligno Motorista Fantasma… El resto prácticamente responde a los análisis realizados en esta entrada de mi blog (mucho pincho), con la salvedad de que la cadena en bandolera cruza de derecha a izquierda (dirección más protocolaria). El látigo de armas que el Motorista empuña en la mano derecha finaliza en un cilindro metálico con pinchos a modo de cabeza de maza que parece bastante mortífero… (¡esta es la manera que tiene mi antagonista de promocionar la cultura de la paz y la no violencia, y la resolución pacífica y dialogada de los conflictos: con antimodelos!, ja, ja, ja. [Eres de lo que no hay]). Paco me advirtió de que me sacaría una sonrisa y me iba a gustar, y fue bastante más que una sonrisa. (Me encanta. Tuvo un carro de gracia. Gracias. Te daré… mmm… 4 puntitos en tu marcador ).

Funko Pop! Marvel Universe Ghost Rider licensed

El producto tiene licencia Marvel Universe: cómo se nota que Paco es un connaisseur… No me gustan las falsificaciones, prefiero la marca reputada. 

Fin de la actualización.

 

Por la calle (noche de Halloween)

Y la noche cayó sobre la ciudad… Como estaba previsto —ese era el reto. Javi: he ganado— me monté en la moto y, hala, a circular por Madrid. No tuve elección: durante el día fui normal, pero de noche, en presencia del mal, no pude hacer otra cosa que convertirme en el Motorista Fantasma (es que hay mucho corrupto y mucho indeseable y leo todo el mal que hacen en la prensa semana sí y semana también). Cuando me rodea la maldad, gente mala, espíritus malignos… me convierto en el horrible monstruo. También tienen mucha culpa mis amigos: si para vosotros ser malvados no fuera tan natural como respirar, yo podría evitar convertirme en el Motorista Fantasma. Pero como no me dais tregua…

La verdad es que los desplazamientos fueron divertidísimos. Subrayaré que no me corté un pelo (con la que había organizado, «performancero» que es uno, como para no disfrutar de la farsa… es una vez al año o, quizá, una vez en la vida): rodé por Conde de Peñalver, Príncipe de Vergara, Alcalá, Cibeles, Gran Vía, Plaza de España, Atocha… de ida y de vuelta, ja, ja, ja (de hecho, entre destinos, atravesé los caminos más largos y concurridos posibles del centro de Madrid). Dado lo anómalo de la situación, conduje con mucho cuidado, cortesía y exquisito respeto a las normas de circulación (a ver si por la chorrada vamos a tener o, aun peor, semiprovocar un accidente).

Hubo de todo, con coches y con peatones que cruzaban por los pasos de cebra o andaban por las aceras.

Los progenitores de diversas familias con niños (todos ellos disfrazados) saludaban y señalaban con el dedo, advirtiendo a sus hijos de la presencia del Motorista Fantasma Madrileño: tenía a los críos fascinados. Habiendo previsto que esto podía ocurrir, consideré llevar caramelos para los pequeños (invirtiendo la práctica del «dulce o travesura»; es decir, dándoles los caramelos yo a ellos, siendo el caso que «el espíritu más oscuro» era yo). Pero, entre que la movida esta de la Halloween es un préstamo cultural estadounidense importado a través de las películas y no demasiado arraigado en España, y tal y como estamos por estos lares en cuanto a niveles de confianza en el conciudadano, me calculé que difícilmente un padre iba a mirar con buenos ojos que un perfecto desconocido, con la cara oculta tras una calavera y con una pinta de macarrurcio motorizado que echaba de espaldas (ojo; macarrurcio motorizado, pero con estilo: moto BMW, casco BMW, chaqueta BMW, gafas BMW, pantalones BKS, guantes Dainese… levemente marquista), le diera caramelos a sus hijos, lo que entra totalmente en contradicción con la elemental norma de prudencia consistente en no aceptar caramelos de desconocidos, norma que cualquier padre consciente transmite a sus vástagos. Que en este país hay gente muy muy zumbada (estoy pensando en los acontecimientos de Ciudad Lineal).  Por consiguiente, desistí de la idea.

Otra cosa que sucedió —contaba con ello— es la verificación empírica del test del gorila invisible, relativo a la atención selectiva. En el siguiente enlace está el experimento psicoperceptivo original  y aquí otra versión más dancística. Pasó lo que la ciencia ha predicho que tenía que pasar, especialmente en los cruces que tienen línea de detención adelantada para motociclistas (‘Avanza moto’). Como yo me acercaba despacito y con total normalidad al paso de peatones, manteniendo la vista al frente y sin hacer ninguna gesticulación ni ninguna cosa rara (natural, como siempre. Incluso frenando con más suavidad y más quieto), los peatones ni se percataban de que el Motorista Fantasma Madrileño estaba detenido junto a ellos… hasta que algunos, por percepción subconsciente, porque les entraba información visual por el rabillo del ojo o vaya usted a saber, caían repentina e inopinadamente en la cuenta de que se hallaban junto a un espíritu maléfico, experimentando un gran sobresalto acompañado de manifestación físico-corporal (= se llevaban un buen susto, a juzgar por el respingo que pegaban. Es lo suyo, era la víspera de Todos los Santos). Conste que, durante el proceso, yo no hacía nada de nada: me quedaba muy tranquilo parado esperando el semáforo en verde. En otras palabras, «no llamaba para nada la atención», dejando que los acontecimientos siguieran su curso. Todos los peatones que se sobresaltaron celebraron la eventualidad con muchas risas, sin dejar de mirarme y lanzándome gestos de aprobación (puño cerrado con el pulgar en alto). Aunque no se apreciaba bajo la careta, yo también me reía, y respondía a los transeúntes con el mismo gesto.

Como anuncia de antemano la teoría psicoperceptiva, otros peatones —en particular, aquellos que miraban a su semáforo o que estaban a su rollo—, ni siquiera se coscaron de mi presencia.

La mecánica con los coches fue algo distinta (sin sustos; mejor, es preferible), pero también muy graciosa y festiva. Hay que tener presente que, de noche, desde el retrovisor de un coche lo que más se detecta es la luz del faro de la motocicleta; el resto queda bastante difuminado. Usualmente, nadie presta atención a la pinta del piloto de una motocicleta, sino a los movimientos de su máquina. De suerte que, desde atrás, (conjeturo que) no identificaban nada extraño. Típicamente, yo adelantaba a los conductores de coches (como siempre, vaya). La moto es más alta que un coche; el manillar pasa por encima de los retrovisores y mi cabeza queda a la altura del techo de una berlina. En síntesis: me ponía delante de ellos en los semáforos en rojo y, en principio, pese a haberles sobrepasado, los conductores de los coches no habían visto la calavera (la cual, por la parte trasera, quedaba oculta bajo el casco). Me imagino que el detonante del proceso era contemplar la cadena cruzada por la espalda; de ahí, se fijarían en las muñequeras y en el resto de perifollos… el desarrollo de la situación era que los coches que estaban en primera fila avanzaban lentamente hasta ponerse a mi altura, momento en que yo dejaba de dirigir la vista al frente y giraba con un golpe súbito la cara (la careta, más bien), mirándoles fijamente («la mirada de penitencia», ja, ja, ja). Los conductores y pasajeros de esos automóviles se desternillaban, bajaban la ventanilla y con alborozo comentaban lo conseguido del disfraz, me saludaban y me daban la mano, bromeaban… (mucho OK, mucho gesto de conformidad o asentimiento, muchas risas por ambas partes). Este desenlace se repitió varias veces: en Atocha, en Arturo Soria, por cerca de Cuatro Caminos, en Mártires de Paracuellos…

Unos pocos motoristas que se detenían junto a mí o yo junto a ellos en los semáforos, también hicieron algún comentario guasón: «Te dejaré salir a ti antes por si las moscas» y cosas por el estilo.

Con mucho gracejo y y no poca hilaridad, unos cuantos peatones, pasajeros de taxi y conductores de automóviles tomaron fotos del Motorista Fantasma Madrileño en los cruces, con el semáforo en rojo. En plena Cibeles, por ejemplo. Fue una suerte ir enmascarado: no me vi obligado a poner cara de foto. Lo malo es que hubiera estado chulo tener algunas fotos de recuerdo en el contexto. Las que expongo aquí son instantáneas realizadas a medida que iba construyendo el disfraz (base de las deliberaciones con mis amistades y estímulo para sus comentarios) y de visita en casas de amigos. Pero imágenes montando en moto, entre el tráfico, no tengo ninguna. Conduciendo y controlando, no estaba para mucho selfie.

Se dieron asimismo algunas reacciones un tanto inesperadas. A la vuelta, sobre las dos y pico de la madrugada y con muy poco tráfico por la zona, un par de coches (un Mercedes Benz en Príncipe de Vergara y una señora que conducía un monovolumen por Alberto Alcocer) a los que acababa de adelantar y que se acercaban por detrás con el semáforo en rojo se mantuvieron alejados de mí a una más que prudencial distancia (a varios metros de la línea de detención; estábamos solos). Eso pudo deberse a varias causas, pero sospecho que una de ellas es que se tomaron pelín demasiado en serio la pinta (no era esa la intención). Algún viandante también me miraba de reojo, haciendo como que me ignoraba, y volviendo a mirar, titubeando. Pues te ríes y ya está, hay que tomárselo a chunga, no hay cámara oculta. Es Halloween en Madrid y conduzco una BMW (citando a Javi, soy un Motorista Fantasma [madrileño] de Todos los Santos, aunando diversas tradiciones culturales); no soy un outlaw motorcycle Hell Angel estadounidense perteneciente al crimen organizado montando una Harley-Davidson. Al hilo de esto, destacaré que en todos los desplazamientos me crucé con patrullas de la Policía Nacional y la Policía Municipal, tanto en mi mismo sentido de circulación como en sentido contrario. Me vieron perfectamente y no me dijeron nada, bien por ellos (que yo sepa, en este país no hay leyes relativas al vestido —que las ha habido en el Antiguo Régimen: recordemos el Motín de Esquilache— vigentes. Y, aplicando el muy kelseniano principio de permisión orientado por el valor de libertad que inspira la Constitución española, resumido en la máxima permissum videtur in omne, quod non prohibitum, todo lo que no está expresamente prohibido, está permitido). Tampoco me pararon para hacerse una foto conmigo; Paco ya sabe por qué lo digo…

Pienso que el disfraz no me quedó mal. Fácil y con cierto gancho. Javi utilizó los términos «brutal» y «espectacular». Podemos dar por bueno que transmite una imagen intensa y que tiene mucha parafernalia (un aparato exagerado), mas el quid está en el contexto situacional. En efecto, el artificio radica en la esquelética máscara y en los herrajes; todo lo demás, incluyendo la motocicleta, es real y, para mí, corriente y cotidiano. Voy a trabajar en moto a diario, siempre llevo casco, chaqueta, guantes, botas de moto… mis compañeros o alumnos han visto cientos de veces el casco encima de la mesa o del piano; otro tanto puede predicarse de familia y amigos. Es una imagen que tienen tan asociada a mí desde siempre (me subí al Vespino de mi padre un día y nunca más me bajé de las dos ruedas; la cosa pronto irá para 33 años) que, si transcurre mucho tiempo sin vernos, enseguida surge la pregunta: «¿Sigues con la moto?». Conforme a lo dicho, no es en modo alguno chocante ver a un motorista vestido de motorista yendo en moto por la calzada (todo suena rigurosamente coherente; más chirriante sería ver a un motorista vestido de astronauta impulsando un monopatín por la acera). Tampoco es tan excéntrico que la noche de Halloween uno se «engalane» más siniestro de lo normal. Lo pintoresco creo que emerge de combinarlo todo: ir con esa facha en moto por vías urbanas la noche de Brujas, dando a la mojiganga más «realismo» para unos pocos o más fuerza y comicidad (vis cómica) para los más. Desde luego, la situación tenía mucho más «realismo» o comicidad que una pura fiesta de disfraces en un local. Además, para bailar, como uno empieza a pasar calor y a sudar, hay que quitárselo todo. Ese disfraz solo funciona rodando en exteriores.

Sea como fuere, yo me lo pasé muy bien, y hubo mucha risa compartida, complicidad y chanza con bastantes personas (en su mayoría, jóvenes, que deben de ser los que saben de qué va el asunto del Motorista Fantasma, bien por los cómics, bien por las películas). Puesto que la comicidad es un valor estético con polaridad positiva y todo el mundo salió psicoafectivamente beneficiado (los efectos beneficiosos de la risa: me encanta reírme), puedo calificar mi actuación de inteligente (Cipolla dixit).

El sábado, más fiesta. A las 13 horas tengo Teatro Real; baila mi amigo Álvaro Madrid Morillo. Como ya he mencionado anteriormente, Álvaro me ha sugerido que vaya de Motorista Fantasma al teatro; me parece que no voy a seguir sus indicaciones. Por la noche, fiesta con Cañones y Mantequilla en directo (el Motorista Fantasma Madrileño tiene más baile y concierto).

Visto el espectáculo de Álvaro, me parece que su interpretación requiere comentario aparte, así que abro una sección independiente.

 

Álvaro Madrid Morillo

El fin de semana está siendo bastante intenso. El sábado 1.º de noviembre de 2014, Rogelio Madrid (padre de Álvaro), mi amigo José Manuel González y yo hemos presenciado la memorable actuación de Álvaro Madrid Morillo en el Teatro Real de Madrid.

Teatro Real de Madrid

La ocasión era especial: hace no mucho, Álvaro se estrenó en el Teatro de la Zarzuela y esta temporada le ha tocado el turno al Teatro de la Ópera. Allí también saludé a Pepe Vento, quien asimismo formaba parte del elenco. Bien que pertenecientes a promociones distintas, impartí clase de Pedagogía a ambos en el Conservatorio Superior de Danza María de Ávila de Madrid varios años. Pepe tiene una escuela de danza que le funciona muy bien, según me ha dicho, y va combinando su actividad pedagógica con la artística. En el último año, Álvaro ha desplegado una intensa carrera artística de primer orden.

Exalumnos y, sin embargo, amigos: Álvaro Madrid y Pepe Vento

A sus 26 años, Álvaro ya ha bailado en importantes escenarios del mundo. Se pasa el año de gira con los ballets: un día te manda una foto desde la Gran Muralla China, a los dos o tres días me llega otra foto desde Suiza, un mes después te cuenta que se ha averiado una rodilla en Chile y dos semanas más tarde aparece ante la estatua de Cristo Redentor o el Cristo de Corcovado (Río de Janeiro). Como sabe que, en relación conmigo, sin pruebas documentales y/o empíricas en apoyo de sus afirmaciones no está autorizado a hacer ninguna descripción-explicación de hechos —aparte de un artistazo como la copa de un pino, Álvaro es un racional-empirista casi tan duro como yo—, las fotos, documentos, &cétera van y vienen en los dos sentidos, acompañadas de los correspondientes comentarios-pies de foto o vídeo, no necesariamente pacíficos (es el precio que hay que pagar por hacer efectivo el animus iocandi).

De su última gira por Brasil, Álvaro me trajo un birimbao de recuerdo. ¿Es estupendo o no, el chico?

Álvaro es otra de las personas que me tiene totalmente cogido el tranquillo —y yo a él: se le tiene que querer—. Para mí es como una especie de «amhijo» —neologista contracción gramatical de amigo + hijo (intelectual)—. Porque yo, para la cosa artística o pedagógica de mis exalumnos más cercanos, puedo llegar a ser algo así como un fan o hincha furibundo, o la versión masculina de doña Ana, la madre de la Pantoja (con la salvedad de que a mis amhijos no los meten en la cárcel, por el momento).

Movimientos 2: Danzar al aire español. Teatro Real. Sábado, 1.º de noviembre de 2014. Álvaro Madrid: solista en los Canarios, en el folclore charro…

La personalidad de un individuo tiene componentes biopsicológicos (genética: constitución física, temperamento, propensiones, tendencias, inclinaciones, fragilidades…), ambientales (estimulación educativa, ambiente cultural rico) y volitivos (elecciones personales). Por la parte que le toca, he felicitado a Rogelio por haber estado inspirado en el momento de «encargar» a Álvaro. En relación con la danza, su padre me ha confesado que fue engendrado coincidiendo con la Feria de Abril de Sevilla. «Predestinado» desde el momento de la concepción…

Entre artistas. A la izquierda, Rogelio Madrid, padre de Álvaro. A la derecha, Álvaro Madrid

Una obra de arte puede analizarse estéticamente adoptando una perspectiva aislacionista o contextualista. La óptica aislacionista es más esencialista. Ello implica que Álvaro baila como baila (y baila muy bonito, con depurada técnica y su toque «gadeño», como dice él, cuando habría que decir gadesista… sabe perfectamente cuál es el término correcto, pero no lo cambia para chincharme) tanto si lo hace por sevillanas en el ámbito informal de una fiesta en el tablao Almonte como si acciona dancísticamente en el Teatro Real: eso ni quita ni pone a los valores formales y expresivos de su movimiento.

Pero, si adoptamos un punto de vista contextualista, posición estética según la cual la representación artística debe considerarse en su contexto o marco total, hemos de reconocer que actuar como solista en el Teatro Real no produce la misma impresión que verle en clase, en casa o en la playa, pongamos por caso (en mi cabeza están almacenadas todas esas imágenes).

Ítem más: sociolaboralmente y para este proyecto de Movimientos 2: Danzar al Aire Español, una parte de la Compañía Antonio Gades ha constituido un Pequeño Ballet Español (cuatro parejas) ampliado con una actriz y músicos en escena actuando en el Teatro Real. Los dos teatros más prestigiosos de España son el Teatro de la Ópera de Madrid o Teatro Real y el Gran Teatro del Liceo de Barcelona: con razón le hacía ilusión al chico que fuéramos a verle bailar en ese escenario. Al primero que le hacía ilusión era a mí…

A ver cómo hago para explicarme. La imagen que yo tengo construida en mi cabeza de varias de mis amistades proviene de mi trato personal con ellas. De ahí que mi visión de estas personas sea muy cercana y familiar, «en zapatillas», por así decir. Esa imagen contrasta mucho con la que proyectan en el ejercicio de sus respectivas profesiones y la influencia del marco situacional. Centrándome en Álvaro, como espectador, uno se sumerge en la «magia» del teatro, con sus luces, decorados, atrezo, vestuario, fantasía, belleza… En ese entorno, y desde el punto de vista lógico, Álvaro es y no es Álvaro. Sí lo es con respecto a sí mismo, no lo es con respecto al papel que está representando en dicho contexto artístico: se ha convertido en un miembro de la corte barroca española, o en un torero, o en… Viéndole en escena, mi percepción va y viene entre las diversas perspectivas: es muy emocionante, por cuanto al valor psicoafectivo proveniente de la relación personal se añade el valor de la experiencia estética que me proporciona, amplificada por bailar en el extraordinario ámbito formal del Teatro Real.

Para empezar, ha sido muy touchy verle aplicar cosas trabajadas en clase sobre las tablas del Teatro de la Ópera. Así, en sus Canarios (Danza Española Antigua) destacaba la concertación de su zapateado con el tañido del clavicémbalo (instrumentos en escena). Ha buscado efectos de eco en conexión con los cambios de registro o de teclado del instrumento, ha matizado el zapateado… Hay que destacar que la música no era una grabación, sino interpretación en vivo: por tanto, el ajuste rítmico se vuelve difícil, tanto más cuanto se observaba una conexión sistémica muy íntima entre la rítmica de la música y el contenido del zapateado (lo contrario de la irracionalidad rítmica posmoderna, haciendo cada uno lo que le da la gana, y si «pega», bien, y si no, también). Álvaro era de matrícula de honor en Música (es que, además, le encanta la Música Aplicada a la Danza). En fuerza de lo antecedente, la musicalidad de su movimiento está fuera de duda. Lo que se ha visto y oído ha sido un dúo de cámara.

Otra cosa muy conmovedora es que he podido apreciar la calidad de su borneo en la interpretación del folclore charro (eso proviene de la clase de Folclore de la Maestra Arancha Carmona [Danza Española] y un servidor [Música Aplicada a la Danza Española]). Yo he visto a Álvaro estudiando el folclore salmantino en las aulas del conservatorio; es gozoso comprobar que los contenidos transmitidos en el ámbito docente acaban plasmados en su quehacer artístico profesional. Que lo que uno enseña llega a alguna parte, vaya (aunque el mérito principal, sin duda, es suyo y de sus maestros de danza. Yo solo fui su profe de Música Aplicada a la Danza y Pedagogía).

Ha habido otros momentos sensacionales. Así, los escorzos de la Danza Española: qué épaulements y quiebros me hacía en las posiciones de torero, mon Dieu; preciosas colocaciones per tot arreu, como el noble apresto postural en las danzas históricas, con gran contención de movimiento; un Álvaro bravo y sin recovecos en los zapateados flamencos; ciertas posiciones de manos llenas de plástica belleza, sin aspavientos; unos giros precisos y clavados, sin desviaciones ni titubeos; y una expresión justa, sin manierismos ni ampulosidades.

Álvaro Madrid Morillo, bailarín y pedagogo de Danza Española

En su conjunto, Movimientos 2: Danzar al aire español es un repaso histórico y sistemático de (casi) todas las escuelas de Danza Española: la Danza Española Histórica, la Escuela Bolera, el Folclore, la Danza Estilizada y el Flamenco. Aunque los guiris y no pocos conterráneos creen que la Danza Española son «sevillanas y rumbas» o Flamenco, la Danza Española es muchísimo más que eso. Se confunde la parte con el todo, o unos pocos elementos de la Danza Española (precisamente, los que más se han comercializado) con el conjunto-sistema de la Danza Española teatral de alta cultura.

Se verifica que, en los últimos tiempos, a las cuatro escuelas más comunes (folclore, bolera, estilización y flamenco) se le está agregando la danza histórica, en un proceso de recuperación y reconstrucción de nuestro patrimonio cultural intangible de carácter histórico similar al acontecido en el caso de la música (música antigua española: Jordi Savall & compañía). Son buenas noticias, hay mucho que indagar por ahí. Resumiendo, al valor estético del espectáculo se le sumaron los valores cognitivos y culturales sobrevenidos por 1) la presentación pública de los diversos estilos, lo que permite conocer diacrónicamente la evolución de la Danza Española y comparar la forma y el contenido de movimiento (pasos, modos de hacer, referencias) de las diversas escuelas y 2) garantizar la viabilidad del patrimonio cultural inmaterial español, al preservar, promocionar, fomentar la valoración, revitalizar y difundir este patrimonio dancístico en sus distintos estilos. Dicho en otros términos, mucha esencia dancística (es cierto que Álvaro, Myriam… son bailarines muy vocacionales, muy esteticistas, culturalistas… muy verdaderamente artistas en un sentido teleonómico, bastante poco instrumentalista, del término).

En la parte negativa, constaté que algún dato que se comunicó públicamente no es correcto (pero quedó ligeramente justificado como licencia artística de cara a la representación escénica) y eché de menos algo de Danza Española Contemporánea para redondear el espectáculo y tener una visión más completa de la evolución de la Danza Española hasta nuestros días.

Volviendo a lo personal —esto me pasa con algunos de mis exalumnos, y sin embargo, amigos—, nos profesamos una mutua admiración. He tenido cierto predicamento como profesor sobre algunos de ellos y, en cuanto gran aficionado a la danza, yo saboreo con profundo agrado sus dotes y cualidades artísticas como bailarines. Ellos son profesionales de la danza de alta cultura y yo amateur y practicante de baile social; el guaseo que se traen con mi danza en línea & baile country es de traca. Pero ya me he llevado a algunos de ellos a alguna fiesta mía… ¡son la caña! Es divertidísimo, porque es como invitar a comer a casa a Ferran Adrià, Arguiñano y Elena Arzak preparando uno la comida para ellos. Su tolerancia estética para con los pobres mortales que movemos el esqueleto es digna de alabanza.

Dentro de dos semanas, Álvaro vuelve a bailar. Tiene contratado un bolo con Myriam Manso, María Jiménez, Beatriz Morcillo y otros bailarines. Se trata de un recital de danzas. Álvaro me ha comentado que cinco sextos de los miembros del ballet han sido alumnos míos; sospecho que voy a disfrutar volviéndoles a ver a todos juntos como hace algunos años en el conservatorio.

 

Cañones y Mantequilla

Como he mencionado, el fin de semana está siendo intenso, combinando amistad y experiencias con diversos géneros musicales y de artes escénicas. Es como una montaña rusa: una teatrera y paródica performance espectralmente motorística, música y danza española de arte, música y baile social perteneciente a la cultura popular estadounidense… muy completito.

Cañones y Mantequilla es un grupo de música country afincado en Madrid. Judy Clericuzio y Jack Jamison constituyen el alma del grupo. Judy es de Washington y Jack nació en Albuquerque (Nuevo Méjico). Llevan más de cuarenta años en España, pero siguen hablando con un perfectamente reconocible acento yanqui mezclado con expresiones castizas. Te partes de risa oyendo a Judy utilizar frases hechas como el truco del almendruco («ɛl trʌkaʊ dɛl ɑlməndrʌkaʊ») o cantar el villancico de Navidad La Marimorena («ændə, ændə, ændə, lɑ Mɛrimɔrinə», o algo así) con el acentazo estadounidense.

Fiesta Line Dance & Baile Country con Cañones y Mantequilla en directo

Judy hizo los coros en la canción de Micky Enséñame a cantar, que representó a España en el Festival de Eurovisión de 1977. Es la que va de azul. Está ella en su salsa…

Nos juntamos su grupo y mi grupo de bailongos de line dance & baile country, y le dimos un repaso al repertorio dancístico, en este momento constituido por 1850 coreografías diferentes (tengo mi corteza sensoriomotriz, cerebelo y ganglios basales echando humo para recordar las secuencias de pasos, y no creo que me sepa más de cien). Menos mal que nos ponemos de acuerdo antes con lo que se va a bailar en la fiesta, y entre los bailes que se sabe ella y los que me sé yo, vamos sacando el dancing adelante, porque si no…

 

Este artículo ha sido leído

17198

veces. Gracias por el interés

2 comentarios

Comenta ad líbitum
  1. Lo que me he llegado a reir con el Motorista fantasma tarta de cumpleaños. Es que sin leer lo que te había dicho tu amigo lo he pensado, parece un pastel de cumpleaños.

    Anda que ya te vale, conociendo tu inestimable flirteo con la Benemérita y el CNP, salir así por las calles de Madrid. Aunque reconozco que te lo debes haber pasado pipa.

    Me alegro un montón. Realmente muy conseguido.

    Ah, y ya te digo yo, que como madre de dos hijos, les llegas a dar caramelos a los míos con esas pintas y van directos a la basura. O sea que, muy buena observación la tuya.

    Besos.

  2. Anda, que estoy bueno… borrando spam, he borrado mi anterior respuesta a tu comentario. Malditos comentarios basura.

    Te decía que me complacía que te hubieras reído mucho, dado que esa era mi intención. Sí, he tenido históricamente ciertas «tensiones» con los cuerpos policiales, pero en esta ocasión no me dijeron nada (teniendo en cuenta qué noche era…). Y, sí, me lo pasé bomba. Fue realmente muy divertido. Gracias por tus palabras.

    Respecto a los niños, me refuerza que compartas mi perspectiva. Pero, en el fondo, es una lástima. Recuerdo que mi madrina Maribel me regalaba de niño el rosari de Tots Sants. Que el Motorista Fantasma Madrileño te regale un caramelo la Halloween es algo que el crío no va a olvidar… Piensa en lo emocionados que estaban tus hijos con el mini-paseo que les di con la moto…

    Abrazo. Se te quiere, Ricardo.

Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

CAPTCHA *