MI PADRE (enero de 2013)

El pasado 7 de enero de 2013 cumplí 44 años. Es una edad extraordinariamente significativa para mí. Mi Padre nació el 10 de octubre de 1938 (nació bajo el signo de Libra, horóscopo muy apropiado para un jurista) y murió la madrugada del 28 de diciembre de 1982 (menuda inocentada). He calculado que vivió 44 años, 2 meses y algunos días. No soy ni puedo ser exacto porque sus últimos días no cuentan como ‘vida’: estaba profundamente sedado para hacer más llevaderos los dolores que le provocaba un tumor cerebral inoperable que le había invadido, asimismo, otros tejidos corporales vecinos.

Fue un cáncer fulminante: aunque venía quejándose de continuos dolores de cabeza desde el verano del 82 —inicialmente esos dolores fueron atribuidos a una mala circulación sanguínea—, le diagnosticaron el cáncer de cerebro a principios de noviembre. Pese a los esfuerzos y penalidades médicas (le trepanaron el cráneo y todo), nada se puede hacer. Apenas duró dos meses. Qué putada.

Cuando mi Padre murió yo tenía 13 años y cursaba 8.º de EGB. Eso me convirtió propiamente en huérfano. Omitiré hablar de las Navidades de 1982 y de otras cuestiones que están fuera de lugar.

Suponiendo que yo no muera antes —algo que en principio no tengo previsto—, a finales de marzo de este año 2013 voy a superar la edad de mi propio Padre. (Digo suponiendo que yo no muera antes porque estuve a punto de palmarla con 33 años y 9 meses, en octubre de 2002. Gajes del motociclismo: traumatismo craneoencefálico moderado, plexopatía braquial, policontusión, fisuras, 5.5 meses de baja, &cétera). Ya se sabe: los enlatados. (A propósito 1: lo de la moto es una «disposición genética» heredada de mi abuelo Juan, quien en sus tiempos jóvenes pilotaba una ROA. Yo llegué a darme rulos en esa motocicleta clásica. A propósito 2: la que refiero no es la única vez que he estado a punto de estirar la pata. Es más bien… la última. De hecho, estuve en una ocasión anterior prácticamente desahuciado por los médicos. La fragilidad de la vida. Pero mira, sobreviví).

Esto de que un hijo rebase la edad de su propio padre me parece bastante antinatural. Gracias a la capacidad retentiva, tengo grabadas en mi cerebro las imágenes de mi Padre con 44 años en el hospital y en su ataúd (menudo apaño hizo la funeraria. Estaba horrible, con media cabeza tapada). Estos recuerdos nunca me han abandonado: es lo que tiene la memoria autobiográfica. Pero, claro: esas representaciones están congeladas; son estáticas. Mi Padre no vivió más, así que no nos hemos desarrollado en paralelo, como es lo usual. En el día de su funeral y posterior sepultura acaba la remembranza (madre mía, mi abuelo estaba destrozado. Que un padre sobreviva y tenga que meter en el nicho del cementerio a su hijo también es antinatural). Mi Padre se quedó en los 44 años, y yo me he ido acercando paulatinamente a su edad. Por fin, estoy a punto de alcanzarle e, incluso, de superarle. Encuentro subjetivamente rarísimo que yo acabe siendo mayor que mi Padre, pero es lo que objetivamente va a pasar.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, me prometí que cuando fuera la ocasión adecuada le haría un homenaje, por la razón que expondré a continuación. Han pasado décadas. Ha llegado el momento.

He dudado si esperarme a finales de marzo, pero el asunto me ronda la cabeza desde el pasado 28 de diciembre de 2012, fecha en que se cumplió el 30.º aniversario de su muerte (30 años ya, vaya tela). De modo que me ha parecido que hoy es un buen momento para comenzar mi homenaje. Estoy seguro de que prolongaré esta entrada de mi bitácora a lo largo de varias semanas, así que tampoco tiene demasiada importancia que comience ligeramente antes de tiempo. No deseo esperar más (llevo años pensando en ello).

Mi Padre con 22 años, flamante licenciado en Derecho

Yo con 22 años. Un aire sí nos damos, ¿no? Aclaro que la camisa era lo que se llevaba en Ibiza a principios de los noventa

Era una preocupación personal de mi Padre que sus hijos le recordaran. Un objetivo que tenía en la vida era, según sus propias palabras, que sus hijos no le olvidáramos. Joder, no paran de caérseme las lágrimas. Maldito supersistema límbico-hipotalámico. No te preocupes, Padre: no te he olvidado. Aquí está mi post para dejar constancia de que tu paso por la vida no ha sido baldío. Te he mantenido en el recuerdo todos estos años, y procuraré que persista hasta el fin de mis días. Ahora va a ser más fácil gracias a las tecnologías: estoy externalizando el recuerdo en Internet. Mi Padre no existirá física, corporalmente, pero tendrá una existencia virtual en la Red.

A mi juicio mi Padre era, de un modo bastante incomprendido por su entorno, un profundo humanista cristiano (a principios de los años setenta del siglo XX era el presidente de la Hermandad o Cofradía del Santo Cristo Yacente, de la Catedral de Ibiza). Durante la meiosis, mi procreador me donó gentilmente la mitad de su herencia cromosómica. Por consiguiente —bromeo—, me podría haber «transmitido» o el humanismo o el cristianismo (una de las dos mitades de su Weltanschauung).

Yo he salido humanista laico o secular. Esto creo que, lógicamente, sólo le haría gracia a medias (siento no haber podido satisfacer totalmente tus expectativas. Con todo, tú también tuviste tus buenos disentimientos con el abuelo). Pero quiero pensar que, de todos modos, nos respetaríamos mutuamente. Al fin y al cabo, la propia Constitución Española es muy clara al respecto: respeto para quien tenga creencias religiosas y respeto para quien no las tenga. Estoy convencido de que, en cuanto conspicuo jurista, mi Padre conocía y acataría esta norma. Discúlpame, Padre: la creencia en Dios es incompatible con una cosmovisión científica.

Así pues, soy plenamente consciente de que el pobre no se va a enterar de nada, pues no creo que alma inmortal alguna sobreviva separada del cuerpo (no soy ni religioso ni dualista). Pero Él sí lo creía, y el homenajeado es Él. Por consiguiente, con gusto contemporizaré. Me agradaría que pudiera leer este post, pero me temo que mi deseo no va a materializarse.

Hay, además, otra consideración de más peso, en la que sin duda Él y yo estaríamos de acuerdo. Me refiero a los bienes y valores post mortem. Junto con Javier Echeverría, del CSIC (Ciencia del bien y el mal, pp. 204 y ss.), puedo reconocer que objetivamente (ontológicamente) mi Padre dejó de existir en 1982; pero no así la influencia de su recuerdo que —a la vista está— aún persiste, y es susceptible de valoración en la actualidad. En atención a lo cual, honraré y reivindicaré la memoria de mi Padre. Como dice Echeverría, «[…] las Humanidades tienen como objeto principal los bienes y males post mortem». Y yo soy de artes y letras, ergo…

La última vez que vi a mi Padre consciente fue en Barcelona, poco antes de la operación postrera. No sabía si saldría del quirófano con vida, y quiso despedirse de su familia. Repartió algunos objetos personales que portaba consigo entre sus hijos. A mí me dio una pequeña calculadora de bolsillo Sharp, una estilográfica Parker y un cortapuros de plata. También me dejó bienes económicos en herencia, los cuales me permitieron tirar adelante holgadamente hasta que empecé a trabajar y ganar mi propio dinero, cosa que sucedió muy pronto: poco más de cuatro años después de su muerte me automantenía plenamente y enseguida me emancipé. (Creo que ciertos huérfanos tienen una maduración acelerada. Así lo he constatado en otros casos que conozco: Peter Mamero, José Antonio Sala… Lo opuesto a los ni-nis).

Como acabo de apuntar, en su testamento me legó bienes económicos. Igualmente me proporcionó, durante cierto tiempo, bienes relacional-sociales: era es fill d’en Joan de s’Advocat (i es net de don Joan des Sereno, es mestre), y otros. Pero, más importante, dejó un testamento ideológico-moral, tanto en su acción y en el ejemplo de su vida como intelectualizado en forma de prescripciones. Al fin y al cabo era un profesional de las normas jurídicas, y muy bueno, por cierto (así lo reconocía —y lo sigue reconociendo— toda la profesión, al menos, en el ámbito de las Islas Baleares).

 

Carta a los hijos

Anteriormente he dicho que mi Padre era un profundo humanista. Existe una tradición literaria de preceptos paterno-filiales o de cartas filio-parentales. En sentido top-down puedo mencionar los consejos de Polonio a su hijo Laertes que aparecen en la escena tercera, acto primero de Hamlet de W. Shakespeare: «Acércate; mi bendición sea contigo, y conserva estos pocos preceptos en tu memoria. […]» o, entre nosotros, el monólogo de Pedro Crespo a su hijo Juan («Adiós, hijo: que me enternezco en hablarte») de El alcalde de Zalamea (jornada segunda) de Pedro Calderón de la Barca. Me he leído esos discursos un millón de veces. En dirección ascendente (bottom-up), conozco la recriminatoria Carta al padre (Brief an den Vater) de Franz Kafka; pero prefiero, sobre todo, las impresionantemente hiperbellísimas Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir. […]». Cuando Manrique describe a su padre, uno se estremece:

Amigo de sus amigos,
¡qué señor para criados
e parientes!
¡Qué enemigo d’enemigos!
¡Qué maestro d’esforçados
e valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Qué benino a los sujetos!
¡A los bravos e dañosos,
qué león!

A propósito, mi Padre gustaba especialmente de la lectura de Miguel Hernández y también escribía poemas líricos. Recogeré alguno en esta entrada de mi blog.

Acabo de referirme a la tradición literaria de consejos de padres a hijos. En mi caso, no necesito remitirme a dichas narraciones, porque obra en mi poder una copia de una carta dirigida directamente a mis hermanos y a mí. Cuando yo tenía unos cuatro años y medio —hace casi cuarenta años—, mi Padre escribió una emotiva epístola a sus hijos. De manera parecida a lo acontecido con Kafka, mi progenitor se la confió a mi madre para que ésta, cuando nuestro Padre faltara, nos entregara las dos hojas manuscritas en Madrid casi diez años antes de su fallecimiento (mi Padre estaba convencido de que partiría antes, cosa que de hecho sucedió).

Ésta es la carta que, ab imo pectore, mi Padre dirigió a sus hijos en 1973, con 34 años y medio:

A los hijos para su futuro

No olvidéis vuestra formación. Vuestra educación ha sido dirigida únicamente a que el timón de vuestro barco podáis llevarlo vosotros, y no seáis juguetes de los avatares del destino o de otros seres humanos que solo explotan a sus hermanos para conseguir gloria y poder.

No olvidéis la idea de Dios, que se os enseñó. Él será el que os alimentará vuestra espiritualidad, el que os acrecentará el amor, la hermosura de vuestra alma, el que os hará sentir y pensar, el que alimentará igualmente vuestra psiquis. Pensad que sin ella no seréis más que un animal cualquiera, hecho de carne, con funciones fisiológicas puras y simples, que os impedirían vivir vuestra vida.

No explotéis y no seréis explotados. No os vendáis y no podréis ser comprados. Mantened vuestras decisiones y tomadlas con libertad de cuerpo y espíritu. Pensad que es mucho más difícil mandar que obedecer.

Amad, con amor que os ensalce y que no os destruya ni os rebaje. No tengáis miedo a la sexualidad; es connatural con vosotros. Se nos ha dado para usarla formando un todo indivisible con la facultad de amar, y así limpia y ensalza nuestro cuerpo haciéndonos semejantes al Hacedor, fuente y principio de todo Amor.

Trabajad. Educaos ocupando vuestro tiempo que una vez pasado no volverá, de acuerdo con vuestras aptitudes y apetencias. No olvidéis que el recuerdo de un tiempo perdido podría ser una losa que os enterraría, al haceros perder más y más tiempo.

Buscad el dejar huella para el futuro, pero no busquéis ni gloria ni fama. La mejor huella que podéis dejar es la de los próximos que os rodean, haciéndoles la vida agradable con vuestro ejemplo. No perdáis de vista que la Gloria y Fama que se dejan [ilegible] perece[n] con mayor facilidad, y en cambio vosotros permaneceréis a través de los que hayáis enseñado.

No perdáis la facultad del Pensar y Meditar. No os convirtáis tampoco en máquinas de trabajo, el mayor peligro que os acecha en en esta época de tecnocracia y consumo. Disponed de tiempo para vuestra Psiquis; es y siempre será superior a vuestro Cuerpo, puesto que a vuestro cuerpo lo podrán esclavizar y a vuestra Psiquis no.

No os aflijáis tampoco demasiado por vuestras culpas y fracasos. Como seres imperfectos los tendréis también, pero tenéis suficiente capacidad para vencerlos y enmendarlos.

No busquéis el dinero como finalidad. Utilizadlo como medio. Que ni la usura, ni la avaricia, estén jamás con vosotros. Son tan perniciosos ambos defectos como la prodigalidad.

Disimulad y aceptad las faltas y errores de los demás. Son hermanos vuestros y como tales, imperfectos también.

Que la ira no ciegue vuestra vista y vuestro pensamiento, ya que es causa de males irreparables. Si os enfadáis, idos solos y volved cuando hayáis pasado media hora de soledad.
Ayudad a vuestro prójimo, pura y simplemente porque algún día podéis necesitar también su ayuda.

No os ensalcéis y dejad que lo hagan los demás. La humildad es la primera de las reglas de esta vida, dado la fragilidad de la misma.

No creáis que por todo lo que os digo aquí vuestro padre haya sido perfecto, o mejor o peor que los demás. Ha sido pura y simplemente UN HOMBRE, con todo lo que ello supone: defectos, pecados, imperfecciones.

Los consejos que os doy, los he sacado de la experiencia de la vida que he podido conseguir a través del ejercicio de una profesión especialmente humana: La Abogacía.

Si he conseguido que durante vuestra vida no me olvidéis, habré conseguido mi objetivo en la misma, DEJAR HUELLA, y en este caso mi paso por ella no habrá sido baldío.

Caso contrario, temo que el de MÁS ARRIBA deberá pedirme cuentas por ello.

Con todo el amor de vuestro padre.

Madrid, XII-V-MCMLXXIII

 

Comentario

Como fin educativo aparece en primer lugar la educación para la autonomía, una idea que también hallamos en los modelos pedagógicos de Montessori, Dewey, Piaget, Kohlberg y otros autores. Como se ve, mi Padre participaba de la concepción kantiana del ser humano como fin en sí mismo y no como un medio para ser usado por otros individuos. También sugiere la actitud de mantenerse firme ante el desarrollo de los acontecimientos y las presiones del entorno, consecuencia del libre albedrío y la autonomía de la voluntad.

En el segundo párrafo introduce la idea de Dios. Un Dios que está en el origen de todo y es condición necesaria de nuestra humanidad. Todo el parágrafo parece incorporar, de forma subyacente, argumentos cosmológicos, vías de causas eficientes y otras influencias tomistas.

La antropología de mi Padre es claramente dualista: tomando como punto de partida el dualismo antropológico cuerpo-alma de Platón, habla todo el tiempo de una res cogitans o alma y de una res extensa o cuerpo físico. Asume el análisis cartesiano del alma y el pensamiento como específicos del ser humano: «Pensad que sin vuestra psiquis no seréis más que un animal cualquiera, hecho de carne, con funciones fisiológicas puras y simples, que os impedirían vivir vuestra vida». Una vida verdaderamente humana, se entiende. Además, el dualismo cuerpo-alma forma parte de la religión cristiana que profesaba.

Hallamos a continuación una referencia a la igualdad entre los seres humanos, que se expresa en la regla de no explotar al prójimo; y de nuevo la noción kantiana de que el hombre no es una cosa que pueda ser comprada y vendida y a la que se le pueda poner un precio. También menciona la dificultad que supone el ejercicio de la autoridad.

Pasa al tema de la sexualidad y el amor, que une y prácticamente identifica en el orden trascendental. Su concepción de la sexualidad y el amor hay que ubicarla en el contexto del cristianismo católico y del amor romántico.

No quiere ni-nis. Establece que se trabaje y que se estudie, pero orientándose de acuerdo con las propias disposiciones e intereses (no sufrí imposición de una determinada carrera por parte ni de mi padre, ni de mi abuelo. Se nos exigió cursar estudios superiores, pero a nuestra elección). En el párrafo se entremezclan estos preceptos con alusiones al tópico del tempus fugit.

Expresa su preocupación por hacer alguna aportación al mundo y vivir una vida con sentido, causando una impresión duradera en el prójimo, con enseñanza y ejemplo. Rechaza la búsqueda de la fama y la popularidad per se (qué lejos está su planteamiento de la frase con la que empezaban los capítulos de la serie Fama: «Tenéis muchos sueños… buscáis la fama…»).

Promueve una vida reflexiva, y advierte sobre el peligro de convertirse en un medio para la economía. Estatuye la superioridad de la psique o alma sobre la del cuerpo.

Sugiere no prestar demasiado atención a los propios errores y fracasos, sino sobreponerse a estos y corregir los fallos.

En coherencia con la anterior prescripción de no instaurar la fama o la popularidad como metas, también determina que el dinero sea un mero medio y no un fin. En suma, mi Padre nos dice: no confundáis lo esencial con lo instrumental, y buscad la esencia de las cosas y lo importante. Todo el discurso es compatible con las pedagogías de la esencia de orientación cristiana. En lo que concierne al dinero, adopta como virtud el término medio aristotélico entre la avaricia o usura y la prodigalidad.

Recomienda ser tolerante y comprensivo con las faltas de los demás. Hace sugerencias de inteligencia emocional relativas a poner medios para autotranquilizarse y controlar los enfados.

Prescribe la ayuda al prójimo con carácter general, así como la humildad en relación con uno mismo.

Hacia el final del texto reconoce sus propios defectos y limitaciones en cuanto ser humano, y señala que sus consejos son producto de su experiencia vital y profesional en el ejercicio de la Abogacía.

Reaparece su preocupación por causar una impresión profunda y duradera en sus hijos, siendo Él mismo un ejemplo para ellos. Traslada al Altísimo el juicio último de su vida.

Finaliza su carta expresando el mucho amor que nos profesaba.

 

Discusión crítica

Dado que el McClellandiano motivo de afiliación significa algo para mí (obvio), me hubiera gustado compartir más sus puntos de vista, pero me temo que en muchas cuestiones de principio estamos bastante lejos (una manera suave de decir que nuestros respectivos planteamientos filosóficos son incompatibles). Para empezar, mi Padre era dualista y yo soy monista emergentista. Por consiguiente, no conceptúo la Psiquis a la que él alude como una entidad inmortal separable del cuerpo mortal, sino que constituye la suma o agregado mereológico emergente de las biofunciones o procesos cerebrales: percepción + lenguaje + cognición + memoria + aprendizaje + imaginación + emoción + n = psique o mente. Muerto el cerebro, se acabó la psique.

Con respecto a la educación y a la acción personal, hay que tener en consideración la formidable presión que llega a ejercer el entorno social a través de incentivos, costes de respuesta, castigos y otras técnicas psicológicas de condicionamiento conductual. Y si bien coincido con mi Padre en que hay que desarrollar una voluntad fuerte y llevar a cabo una pedagogía resiliente para que uno no se venga abajo a la mínima dificultad o se convierta en una especie de marioneta conductista cuyos hilos tiran fuerzas sociales y económicas, Él parece plantear, llegado el caso, una especie de resistencia heroica en el ejercicio continuado de una libertad que no tiene en cuenta los condicionantes psico-socio-económicos y otros. Bien que yo no soy determinista, sí soy más contextualista que mi Padre. Uno hace lo que puede, dadas ciertas circunstancias, condicionantes y limitaciones.

Conozco profundamente —es cierto que se nos enseñó, y a mí más que a ninguno de los hijos— la idea de Dios. Pero desde mi adolescencia media ningún dios alimenta mi espiritualidad ni hace todo eso que mi Padre dice. Precisamente porque se me enseñó muy bien.
Sostiene mi Padre: «Sin psique no seréis más que un animal cualquiera, hecho de carne, con funciones fisiológica puras y simples, que os impedirían vivir vuestra vida [vida humana, se entiende]». Yo voy un poco más allá. Estar sin psique equivale al cese completo de la actividad cerebral o encefálica o, lo que es lo mismo, se identifica con la muerte cerebral. Más breve: estar sin psique de forma irreversible es estar muerto.

No acabo de ver la conexión causa-efecto entre no explotar (uno es agente) y no ser explotado (uno es paciente). Alguien puede ser explotado sin explotar, y a la inversa. Me quedo con el precepto de no explotar (no ser un abusador o un aprovechado) y oponerse a ser explotado (= no ser codependiente, no ser masoquista moral). Vender y comprar sí son acciones recíprocas, complementarias. En general, como guías de acción en la vida, comparto sus consejos.
El mantenimiento de las propias decisiones enlaza con el asunto de la voluntad tratado al principio (no ser un veleta). Matizaría que existe lo que en sociología se ha denominado la falacia del inversionista y otros problemas de la voluntad: terquedad, obcecación, &cétera. Una interpretación caritativa del texto podría ser ésta: «Manteneos firmes en vuestras decisiones meditadas y tomadas en libertad (no seáis impulsivos, no seáis veletas, no funcionéis por rutinas, automatismos o adicciones) pero no os volváis tercos ni tozudos, no os obcequéis ni persistáis en el error».

La parte del amor y la sexualidad me parece científica y filosóficamente problemática. El sexo puede asociarse prácticamente con cualquier cosa, y no solamente con el amor. Puede asociarse con el poder (affaire Clinton-Lewinsky, relaciones de dominación y sumisión); puede asociarse con cualquier objeto (fetichismo); puede asociarse con la humillación y/o el dolor (sadomasoquismo); puede asociarse con el desprecio (hate fucking); puede asociarse con el dinero (prostitución); puede llevarse a cabo sin relación, a solas (masturbación), &cétera. De forma indiscutible la actividad sexual heterosexual resulta biológicamente adaptativa (perpetuación de la especie); y tanto la actividad sexual homosexual como heterosexual pueden resultar intrínsecamente placenteras, con o sin amor. Por las pruebas y razones que acaban de aducirse, aunque parecen adoptar esa forma, los enunciados de mi Padre no son realmente descriptivos, sino prescriptivos, normativos (incurre en la falacia idealista). De lo que Él habla es del ideal romántico del amor. Mi tía Alicia me contó que, a diferencia de mis tíos, que en su adolescencia y juventud fueron más palanquers (los ibicencos ya me entienden), mi Padre siempre fue un romántico. ¡Por favor, si le escribía líricos poemas de amor a su mujer!

Dile tú, pájaro cantor,
que no se duerma mañana,
que venga pronto, que se le extraña,
que aquí le espera su amor.

Por lo que respecta al trabajo, a la orientación académica y profesional y al tempus fugit, sin objeción.

Creo que cumplo en alto grado los imperativos del párrafo «buscad el dejar huella…», pero de un modo algo distinto a como mi Padre lo plantea. Soy profesor, y de acuerdo con la vygotskyiana ley de la doble formación de las funciones psicológicas superiores, llevo lustros «prestando» mis herramientas intelectuales a mis alumnos, tanto en situaciones de interactuación directa en clase, tutorías y demás como externalizadas en soportes culturales (apuntes, artículos en mi bitácora, mensajes de correo electrónico, &cétera). Luego, ellos ya hacen con estos instrumentos intelectuales lo que les da la gana: unos los usan bien, otros no tan bien y otros incluso rechazan (o peor aún, odian) el préstamo realizado. Pero más de un discípulo me ha reconocido que ha acabado un poco (o bastante) ricardizado. Está bien: yo he acabado socratizado, platonizado, aristotelizado, bungizado, marinizado, quintanizado, zamacoisado, turizado, capitanizado, carrizado… Se llama cultura a este fenómeno, algo que contribuye a nuestra humanización.

Con relación a la facultad de pensar y meditar… me parece que no la he perdido. Trabajo mucho y duro, pero no por consumismo (gran parte de mi trabajo es no remunerado). Tiene que ver más con la motivación intrínseca a la tarea y la actividad autotélica. O, a veces, con el cariño y el afecto, como esta entrada de mi blog (amor con amor se paga. ¡Ojo!, en sentido recto, no irónico).
No comparto mucho de lo que dice con respecto a la superioridad de la psique sobre el cuerpo (= la superioridad del espíritu sobre la materia). Establecido que la psique no es una cosa, sino el agregado de funciones de un órgano corporal biológico (el cerebro), los enunciados se quedan sin parte de sus referentes. Por último: al cuerpo se le puede esclavizar… y, por ende, a la psique, también: técnicas de sugestión, persuasión o control mental, lavado de cerebro, marketing y publicidad, conductismo duro o radical, tortura psicológica, &cétera. Interpretación caritativa: «Sed reflexivos, daos tiempo para pensar y meditar las cosas y los aspectos de vuestra vida en libertad».

En lo que atañe a la condición humana, mi Padre adopta una antropología realista. El hombre es imperfecto, pero puede progresar y mejorarse. Con buen criterio, sugiere no darle demasiadas vueltas a los errores y fracasos propios, sino orientarse hacia el futuro, hacia el progreso y la mejora personal. Un poco más adelante retoma la idea, introduciendo elementos nuevos como la tolerancia y la comprensión frente a las faltas y los errores de los demás. Aunque no cuestiono el fondo de su planteamiento, añadiría la expresión con límites, id est: «Sed tolerantes con los demás, con límites. Hay una diferencia entre la tolerancia y el tolerantismo. Hay cosas que no se deben tolerar».

Lo poco que me he enriquecido con los años (he conseguido mantener mi patrimonio, nunca mejor dicho, y poco más), la cantidad de actividad que he hecho por amor al arte, las acciones que he llevado a cabo altruistamente en plan ONG, &cétera, ponen de manifiesto que el dinero como fin no ha sido una de mis prioridades.
Soy bastante austero para conmigo —quizá demasiado, he sido criticado por eso— pero pienso que hay una enorme cantidad de chorradas que no necesito, así que soy poco consumista. De todos modos, no tengo el poderío económico que da, por ejemplo, el ejercicio de ciertas profesiones liberales o de algunos ambitos laborales (yo cobro una nómina de la Consejería de Educación y ya), así que tampoco me podría permitir un consumismo exacerbado. En el pasado fui más generoso, altruista incluso, pero a fuerza de ingratitud y decepción ahorcan: ahora funciono más por planteamientos de reciprocidad estricta. Me cansé.
Enlazando con lo anterior, creo haber ayudado a mucha gente de muchos modos (es mi natural prosocial). Pero, como digo, a la fuerza ahorcan. De un tiempo a esta parte he adoptado, por principio, versiones duras de reciprocidad. Es lo que me parece más apropiado en esta época de decadencia en la que me ha tocado vivir.

No tiendo a enfadarme con facilidad, antes al contrario. El problema es que solo me enfado de verdad una vez. La definitiva. (Ahí hay aportaciones de Robert Axelrod y Albert O. Hirschman).

Me gusta y hasta divierte elogiar a mis amigos y otras personas queridas. Mi bitácora está llena de estos homenajes: disfruto con su redacción. Y mi entorno dice que soy poco dado al autobombo. Que «me vendo» fatal, vaya. (¿No habíamos quedado en que no había que venderse? Pues eso).
No obstante, tampoco creo que haya que ser humilde. Todo esto del ensalzamiento y la humildad suena muy cristiano, a evangelio de Lucas y a Magnificat: «[…] et exaltavit humiles […]». En mi opinión, lo que hay que tener es una imagen ajustada de uno mismo. Esta imagen se construye en una negociación o arrangement entre la autopercepción y la autoconsciencia (cómo uno se ve) y las aportaciones de los demás (como le ven a uno «desde fuera»). También hay que desarrollar la autoestima y el autoconcepto, pero claro está, basados en logros y hechos reales y no por la superficial vía de la sugestión y de la mentira útil (como proponen ciertas corrientes pragmáticas de psicología y psicopedagogía). Así que ni ensalzarse ni humillarse ni nada de todo esto. Algo más normal y realista: ser consciente de los puntos fuertes y las virtualidades de la propia manera de ser, así como de los puntos débiles de la personalidad (para mejorarlos en la medida en que esto resulte posible). Motivarse con los logros propios y regocijarse con los de los demás (envidia y desprecio por la excelencia ajena no, gracias), &cétera.

No creo que mi Padre haya sido perfecto. Aparte de porque la perfección es un constructo mental no alcanzable en la vida práctica real (no imaginativa), porque fui su hijo y porque tengo buena memoria autobiográfica (he comprobado que poco constructivo-inventiva), de modo que soy consciente de lo que hizo y lo que no hizo, de lo que dijo y lo que no dijo (por tratar de ser objetivo). Un poco lo afirma Él: era un ser humano con imperfecciones que, de acuerdo con un modelo aristotélico-cristiano no demasiado explícito, se afanaba en perfeccionarse. Visto retrospectivamente, diría que era un muy buen ser humano; sobre todo, alguien auténtico, pero muy incomprendido; una persona sensible y afectuosa sometida a presiones terribles por todos los lados y que hizo lo que pudo, dadas las circunstancias que le tocó vivir: la posición que ocupaba entre sus hermanos (era el mayor de los varones), el contexto socio-económico (nació en plena guerra Civil Española, se desarrolló en una sociedad como la ibicenca de los años cuarenta y cincuenta, rural y muy tradicional), &cétera.

Juan José Tur Serra de niño. Me lo tenían hecho un adultito con poco más de ocho años…

Fue un relevante y destacado profesional de lo suyo, la Abogacía. De su experiencia vital y profesional declara extraer los consejos que nos da.

 

Reflexiones finales

Me sabe mal no haber podido imprimir la mayoría de sus preceptos y razones ni en mi intelecto ni en mi corazón (con mayor propiedad: me sabe mal no haber podido generar las redes neuronales estables correspondientes a estos constructos en la corteza prefrontal y en el sistema límbico de mi cerebro). Como he asentado más arriba, por motivos afiliativos me hubiera gustado que vivieran en mí de una manera más sólida. Pero no ha podido ser, en parte, gracias a Él mismo y a otros miembros de mi familia, como mi abuelo o mi madre (las cuestiones relativas a la educación ocuparon un lugar prioritario en mi familia). De forma nada sorprendente, he acabado encargándome de una cátedra superior de Pedagogía.

En defensa de mi Padre, alegaré que yo analizo críticamente su carta desde mis 44 años cuando Él la escribió con 34 (tengo yo diez años más: soy relativamente más maduro); Él era un profesional del Derecho, y yo lo soy de la Educación. (En esto me parezco más a mi abuelo Juan, a quien dedicaré un post en su día).

De momento, y mientras un mal de Alzheimer o equivalente no deteriore mi memoria, mi Padre (lágrimas incontenibles otra vez, vaya por Dios) ha conseguido su objetivo vital primordial: no le he olvidado durante mi vida. En una ontología sistémica, yo soy un componente de un haz de relaciones. Y aunque su vida no fue larga y tuvimos poca relación, sus acciones dejaron rastro. Mencionaré, a modo de simpática ilustración anecdótica, las trifulcas que teníamos cuando de niño yo no quería ir con Él en el llaüt porque me mareaba (Él siempre aducía la falta de costumbre, que se adquiría navegando). Mi Padre era, con seguridad, Patrón de Embarcaciones de Recreo y algo más: Patrón o Capitán de Yate; una de estas dos cosas, no me acuerdo bien. Veo los títulos colgados tras la mesa de su despacho pero no alcanzo a leer la palabra específica. Quizá en su gusto por la mar está la base de que yo terminara, con el tiempo, convirtiéndome en un semiprofesional del buceo (ejercí como divemaster varios años. Tito, el hermano de mi madrina, también influyó). Con el tema del mar nos hubiéramos entendido. He ensoñado (fantaseado) incontables veces sobre irme a bucear con mi padre patroneando su llaüt, sin que nos pase lo que le pasó al dentista Fernández con su hijo. Si hubiera vivido, lo habríamos hecho, no porque yo se lo hubiera propuesto, sino porque se lo habría exigido (lágrimas).

Mi padre patroneando su llaüt ibicenco Cap Blanch. Yo no salgo en la foto (tendría por entonces tres años y ocho o nueve meses)

También nos hubiéramos entendido con otras cosas, como con la música. Aparte de que Él estudió un poco de música, le gustaba cantar y siempre fue sensible y aficionado a la buena música (tenía una importante colección de discos y cintas), poseía grabaciones mías tocando el piano de niño, grabaciones que mostraba con indisimulado orgullo a cantidad de clientes suyos en el despacho.

Hablando del despacho: mis deseos de estar cerca de Él eran tan fuertes que hubo un tiempo, durante mi segunda infancia, que motu proprio me pasaba horas en su bufete profesional (los clientes debían de alucinar viendo al niño circulando por ahí). Era un auxiliar administrativo de nueve o diez años (Carmen, la secretaria, lo podría confirmar) y me tenían que dar escritos para pasar a máquina: si no, me sentía totalmente contrariado y frustrado. ¡Explotación infantil!, ja, ja, ja, ja (pobre mi Padre: debía de ponerle en un brete). Mi Padre me decía que me fuera a jugar, y yo insistía en que de jugar, nada: ¡a fichar en el despacho! ja, ja, ja, ja, ja. ¡Buenísimo! Me tiraba horas y horas allí. Mi máquina de escribir favorita era la del abuelo. Están grabados en mi cerebro el olor del aceite de máquina, el mobiliario de oficina (el viejo y el que adquirió tras las obras de renovación), los lápices marcadores bicolores azul-rojo, las gomas de borrar la escritura a máquina redondas con un corazón metálico sujetas con un cordón, o la otra versión, semejantes a lápices, los papeles-carbón, las cintas bicolores de máquina (con los colores rojo y negro), los papeles correctores Tipp-Ex, las carpetas de expedientes y las fundas de plástico Uñero, la librería Verdera, el restaurante Can Noguera, cuando Juanito iba a recoger a Carmen con su Ford Fiesta, mi Padre saliendo y entrando de su dependencia para hacer pasar a los clientes, todo. Yo abría la puerta del estudio, en plan botones. Podemos imaginar lo que suponía que un cliente acudiera al despacho de un importante abogado y se encontrara con la puerta abierta por un mico de unos nueve o diez años que le preguntaba: «¿Qué desea? ¿Tenía cita?» (me parto de risa). Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. ¡Ay, por favor! ¡Un poco más y le hundo el negocio! Ja, ja, ja, ja, ja, ja…

Juan José Tur Serra, Abogado

Analizaré estos recuerdos en otra ocasión. Porque, para seguir un orden lógico, lo que quería recalcar ahora es que, ni en conexión con sus creencias ni en relación con las mías, nadie va a pedirle cuentas. En conexión con sus creencias, El de MÁS ARRIBA (Dios) no le va a pedir ninguna cuenta de nada, porque su paso por la Tierra no fue baldío (¿acaso no estoy demostrando lo contrario?). Y en cuanto a otra preocupación suya, los cargos que —pensaba— sus hijos indudablemente le harían a su debido tiempo, también se equivocó, por lo menos con el hijo número tres y en el largo plazo. Empezando porque de mortuis nil nisi bonum. Continuando porque un hijo humanista está, entre otras cosas —para qué nos vamos a engañar—, para maquillar la memoria histórica de su padre.

En primer término, mi Padre en plan «fashion victim» con pantalones de campana ajustados, el día de mi primera comunión. Por filas: mi padre Juan, mi madre M.ª Nieves, yo con ocho años y medio, mi abuela Rita, mi hermana Cristina, mi abuelo Juan; segunda fila: mi tío abuelo Pepito, la tía abuela Antonieta, Súper Manolita y su marido Toni; tercera fila: Enrique y mi madrina Maribel (hija de Manolita y Toni). Cristina y Maribel, ¡muy bien! Yo, ¡muy mal! (celebré mi primera comunión medio enfermo y atiborrado de Maxicilina).

Y, por encima de todo, por la razón fundamental siguiente: me consta que mi Padre nos adoraba. Nos quería a rabiar. De pequeños éramos los mosqueteros, y hablaba de sus hijos como de los querubines (en alusión a los ángeles-niños) que Dios les dio a mi madre y a Él. (Yo creo que los hijos se los dieron ellos solos biosexualmente, pero procuraré no destrozar la magia del momento —a lo peor ya me la he cargado, glups—). Luego se le arruinó todo —en dos fases— y fin.

Sin embargo, no parece que lo hiciera todo todo mal. Pues si consigues que, treinta años después de tu muerte, un hijo tuyo realice el comentario de un texto redactado por ti (aunque sea para llevarte bastante la contraria y decirte que hay mucho que discutir sobre lo que aseveras) y escriba un post sobre ti con más de seis mil palabras y treinta y dos mil caracteres, bueno…: estos hechos son indicadores objetivos de que alguna estela de tu paso por el mundo sí perdura, y que tu existencia sí le ha interesado vivamente a alguien.

In memoriam

Ldo. Juan J. Tur Serra (†) 1938-1982

 

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5 comentarios

Comenta ad líbitum
  1. Una entrada preciosa. Tu padre era una gran persona y siempre tengo buenos recuerdos de él.

  2. Ricardo, Me ha gustado leerte y leer la carta del abuelo de mis hijos. […] Un beso coco

  3. Emocionante entrada Ricardo. Muchos recuerdos…, mucho cariño. Y claro que sí, confirmo las veces que repetías, “lo puedo hacer hacer yo, lo puedo hacer yo, Carmen”. Un besazo

  4. ¡Hola, Carmen! Muchísimas gracias por el comentario… y por confirmar que mi memoria no inventa más de la cuenta. Al igual que tú, yo también tengo muchos recuerdos de aquella época, que viví llena de afecto y cariño. Ahora te escribo por privado. Otro besazo para ti.

  5. No creo Ricardo,que a tu padre le hubiera hecho muchas gracia que te cambiaras de orden los apellidos.Es sólo una opinión, no te lo tomes a mal.
    Muy bonito todo lo que dices de él yo también me he emocionado, tengo muy buenos recuerdos.Saludos.

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