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MÚSICA TRISTE (Navidades de 2014)

Recientemente se ha difundido la noticia de un estudio de la Universidad Libre de Berlín titulado «The Paradox of Music-Evoked Sadness: An Online Survey», de Liila Taruffi y Stefan Koelsch. Este estudio investiga la experiencia de los oyentes de música cuyo carácter evoca tristeza. El punto de partida es que, si típicamente se asume que la tristeza es indeseable, ¿por qué la gente busca y aprecia la música triste? (ciertamente, mi caso, desde que me acuerdo). Según se desprende del estudio, la música triste es especialmente apreciada por personas con alta empatía y baja estabilidad emocional (colijo que estos rasgos serán propios de personas con sensibles y reactivos sistemas límbicos, con amígdalas cerebrales fácilmente afectables).

Los resultados muestran diferentes recompensas psicológicas de la música que evoca la tristeza: estimula la imaginación, favorece la regulación de las emociones —en especial, la regulación de las emociones negativas—, mejora el estado de ánimo, ofrece consuelo, desarrolla la empatía al compartir las emociones vehiculadas a través del lenguaje musical (por inferencia empática o contagio de las emociones del compositor y, si es el caso, de otros oyentes) y no tiene consecuencias en la vida real (es una evocación, uno no ha de estar necesariamente triste cuando escucha música triste, ni se sigue que de escuchar música triste uno se entristezca. Al parecer, la música triste, más que tristes, nos pone nostálgicos. Más precisamente, el rico espectro de refinadas emociones provocadas por la música que evoca la tristeza incluye, aparte de tristeza, nostalgia, tranquilidad, ternura, preciosidad, fascinación y hasta trascendencia y sublimidad; ya se ve que muchas de estas emociones son positivas y experiencias gratificantes).

El neurocientífico y músico Daniel J. Levitin, profesor de la Universidad McGill de Canadá, tiene publicado un libro, titulado El cerebro musical. Seis canciones que explican la evolución humana (Barcelona: RBA Libros, 2014), en cuyo capítulo 4 («Consuelo o “Antes del Prozac, estabas tú”», 132-158, pp. 155-156) abunda sobre esta cuestión. En palabras de Levitin:

Cuando estamos tristes, muchos de nosotros recurrimos a la música triste. ¿Por qué? En apariencia, lo lógico sería que las personas tristes se sintieran animadas por la música alegre. Pero las investigaciones demuestran otra cosa.

Al parecer, las razones por las que escuchamos música triste cuando estamos tristes son de orden neurofisiológico (la música triste contribuye a la liberación de prolactina, una hormona tranquilizante) y psicológico (la música triste proporciona una conexión «con verdades más elevadas y nos hace sentir parte de una comunidad; en definitiva, hace que no nos sintamos solos»). Sentirse acompañado y comprendido, siquiera sea por mediación de la música triste, ofrece consuelo y ayuda en el proceso de recuperación.

Pretendo convertir este post en un comentado catálogo personal de músicas que subjetivamente me evocan nostálgica tristeza. Si a alguien más le resulta estéticamente atractivo o de utilidad…

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