TEORÍA DE LA MENTE (febrero de 2014)

A mi círculo de relaciones (se os quiere) y a todos aquellas personas interesadas tanto en comprenderse a sí mismas como a los demás

 

Primera parte: Teoría de la mente

 

Concepto de ‘teoría de la mente’

Comencemos poniendo en claro de qué estamos hablando. La Wikipedia define la teoría de la mente como «la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas (y a veces entidades)». De este modo —se prosigue explicando— «[…] cuando un sujeto inteligente está dotado de teoría de la mente se entiende que tiene la capacidad de comprender y reflexionar respecto al estado mental de sí mismo y del  prójimo que puede tener un sujeto […]». (Menuda redacción… pero bueno, para introducir la materia, vale).

 

¿Qué es la mente?

La mente es la colección (más bien, la suma mereológica) de las biofunciones cerebrales emergentes. En otras palabras: cuando el cerebro funciona, emerge la mente, y si el cerebro deja de funcionar (por ejemplo, cuando una persona muere), la mente se extingue. Ejemplos análogos:

Órgano

Función

Estómago, intestinos…

Digestión

Pulmones

Respiración

Órganos sexuales

Descúbrela

Cerebro

Mente

Decimos que la mente es una colección de funciones cerebrales. Cada función específica tiene un nombre: sensación («siento frío, siento dolor»), percepción («percibo x como : «percibo este objeto de escritura como un bolígrafo; percibo este otro objeto de escritura como un rotulador; percibo este otro objeto de escritura como un lápiz; percibo este objeto volador como un pájaro; percibo este otro objeto volador como un avión; percibo este otro objeto volador como Supermán»), cognición («sé que 2 y 2 son 4», «sé que mi tatarabuelo se llamaba Juan Serra y Bufí»), lenguaje («Juan come patatas», sujeto-verbo-objeto, SVO), memoria («Memory»), aprendizajecontigo aprendí que existen nuevas y mejores emociones»),
volición («hoc volo, sic iubeo, sit pro ratione voluntas»), emoción (alegría, tristeza, ira, asco…), &cétera. La suma mereológica o colección de todos esos procesos o funciones cerebrales constituye la mente.

 

¿Qué es la teoría de la mente?

‘Teoría de la mente’ es un constructo de alto nivel, cuya dilucidación exige insertarlo en un marco teórico y relacionarlo con conceptos tales como ‘cognición social’, ‘inteligencia emocional’, ‘empatía’, ‘mentación’ y otros. En el artículo «¿Qué es la teoría de la mente?» de J. Tirapu-Ustárroz y otros autores (Revista de Neurología [2007], 44 [8]: 479-489, p. 479) se determina que con la expresión teoría de la mente nos referimos «a la habilidad para comprender y predecir la conducta de otras personas, sus conocimientos, sus intenciones, sus emociones y sus creencias». Otra definición es la siguiente: «Teoría de la mente es una descripción abreviada de la capacidad humana para atribuir deseos, sentimientos y creencias a otras personas a fin de explicar su conducta» (Sarah-Jayne Blakemore y Uta Frith: Cómo aprende el cerebro. Las claves para la educación. Barcelona: Ariel, 2012, p. 150).

Dicho llanamente, la ‘teoría de la mente’ es la capacidad de conocer y comprender en sentido amplio lo que se cuece en los hornos cerebrales del prójimo. En sentido amplio porque la mente es una colección de biofunciones cerebrales: así, no solo se trata de aprehender (= «llegar a entender») lo que la persona que tenemos delante piensa, sino también, lo que siente, percibe, desea, espera, cree, teme, los motores de sus acciones, las metas a las que aspira, los valores o antivalores que le orientan (o desorientan), las motivaciones que le movilizan, los factores que le afectan y demás. Ahí es nada. Sumariamente, tener una teoría de la mente de Juan equivale a saber «quién es» y conocer «cómo funciona» mentalmente Juan.

 

Estados y procesos mentales de las otras personas

El caso es que,  cuando nos relacionamos con otras personas, ante nuestros sentidos y nuestra inteligencia solo se nos presenta lo que aquellas dicen y hacen; no lo que piensan y, vagamente, lo que sienten.

En cuanto a la faceta cognitiva, yo puedo pensar, tener conciencia de que estoy pensando, saber qué estoy pensando y reflexionar tanto sobre mis propios procesos de pensamiento (metacognición) como sobre los resultados de dichos procesos (análisis lógico).

Saber o conocer con seguridad lo que verdaderamente está pensando el otro… eso es otro cantar. Por el momento, mi competencia telepática es ciertamente muy limitada, y sospecho que va a seguir siendo así hasta el final de mis días. Conforme a lo dicho, cuando afirmamos «sé lo que estás pensando», con propiedad mejor deberíamos preguntar «¿adivino lo que estás pensando?», «¿conjeturo lo que estás pensando?». A veces acertamos y a veces no, bien que ir conociendo progresivamente a la persona y sus hábitos de pensamiento produce un aumento considerable del número de aciertos. Por ejemplo: tras treinta años de relación, soy perfectamente capaz de inventar mentalmente un hipotético diálogo con mi inefable amiga Beatriz, y estoy en condiciones de afirmar con suficiente seguridad que las frases que pondría en su boca se corresponden con las que efectivamente ella manifestaría (incluyendo interjecciones, locuciones interjectivas o cuando te pega la bronca). Dicho de otro modo: he internalizado à la Vygotskiy sus operaciones mentales, reconstruyéndolas en mi cerebro y haciéndolas mías. Así, he transformado un proceso interpersonal en otro de carácter intrapersonal. Más brevemente: Beatriz está firmemente incrustada en mi cabeza.

En lo concerniente a los sentimientos del prójimo, sostengo que los podemos conocer vagamente porque, si bien en líneas generales las emociones de los individuos tienen una traducción corporal (risa, llanto, arcadas, tensión postural, erección del vello —cuando se te ponen los pelos de punta—, miradas y expresiones del rostro, tono e intensidad de la voz…), los sujetos pueden:

1) Estar más o menos zumbados y padecer enfermedades o trastornos como el maníaco-depresivo, moria o euforia insípida, la inversión de afectos u otras paratimias que despistan mucho (omito los problemas del espectro autista);

2) ser buenos  actores y fingir, incluso de forma razonablemente creíble, emociones que no sienten realmente (trabajo a diario con profesionales de las artes escénicas y de la música; justamente, ser un buen profesional de las artes escénicas consiste en parte en eso, método Stanislavski aparte) o

3) reprimir la expresión de sus emociones. A su vez, esto último puede llevarse a cabo:

  • consciente y voluntariamente (como cuando uno, habiéndole tocado en una mano cuatro ases, pone cara de póquer; o como cuando uno, no llevando nada y jugando de farol, también pone cara de póquer) o
  • de forma más o menos inconsciente y natural, por temperamento —como sucede en las personas introvertidas—.

A todo ello se añade que, respecto a las emociones y sentimientos, hay personas que sienten más (más sensibles o sentimentales) y personas que sienten menos (más frías o impasibles). En suma, y por lo que toca a las emociones, podemos elaborar grosso modo la siguiente matriz tentativa:

Individuos que sienten más (+) y

que expresan más (+)

cálidos extravertidos, animados, tiernos, entusiastas (pero también furibundos)

Individuos que sienten más (+) y

que expresan menos (-)

sensibles introvertidos («la procesión va por dentro»), reservados, circunspectos. Posibles aprosódicos o alexitímicos

Individuos que sienten menos (-) y

que fingen emociones no sentidas verdaderamente (+)

 actores, políticos, hipócritas, psicopatines

Individuos que sienten menos (-) y

que expresan menos (-)

fríos, inexpresivos, impasibles

Al tratarse de una cuestión de grado, superados ciertos límites aparece una versión aumentada de la tabla anterior (nada exhaustiva ni rigurosa; a ojo de buen cubero y solo para hacerse una idea aproximada):

Individuos que sienten tal vez mucho o demasiado (++/+++) y

que expresan mucho o demasiado (++/+++)

histriones, histéricos, dramáticos, exaltados, incontinentes afectivos, coléricos

Individuos que sienten tal vez mucho o demasiado (++/+++) y

que expresan poco o nada (–/—)

reprimidos, inhibidos

Individuos que sienten poco o nada (–/—) y

que fingen la mayor parte o casi todas sus emociones (++/+++)

psicópatas

Individuos que sienten poco o nada (–/—) y

que expresan poco o nada (–/—)

→ Acédicos, indiferentes o embotados afectivos, apáticos, esquizoides, ausentes, desvinculados

(Nota bene: para hacer la tabla bien tendría que diferenciar lo que se siente de lo que se expresa [en el cuadro anterior lo he mezclado], multiplicando el número de factores. Pero ocurre que a) no me apetece ponerme ahora con eso y b) esto es un artículo en mi blog, no una tesis doctoral, así que no me queda sino apelar a la complicidad [y a la caridad] del lector).

Soy de la opinión de que, además de en los tratados científicos, también se aprende mucha psicología leyendo literatura, viendo películas, asistiendo a representaciones de ópera y ballet y escuchando canciones. En la película Calles de fuego (1984), McCoy le dice a Coddy: «Algunas personas nunca dicen lo que sienten porque es algo muy íntimo. Otras nunca lo dicen porque no sienten nada». Gran verdad: la primera frase se refiere a los introvertidos; la segunda, a los fríos. Adviértase que la frialdad del introvertido es externa (= en lo que exterioriza); la del frío, interna (= en lo que siente o, mejor dicho, no siente interiormente).

Analicemos el caso. Supongamos que alguien siente verdadero aprecio por uno. Pero es introvertido/a y se guarda sus sentimientos para sí. No nos los comunica. Supongamos que otro alguien no siente nada por uno, y por tanto, tampoco nos dice nada. En cuanto a la expresión de los sentimientos, estamos ante la misma situación. Pero en el primer supuesto alguien que nos quiere no nos lo dice por introversión (siente algo que no expresa por su temperamento, por considerarlo algo muy íntimo, por inhibición…) y en el segundo caso no nos lo dice porque no siente nada. Un mismo resultado, dos causas diferentes.

Examinemos el caso opuesto. Supongamos que alguien siente verdadero aprecio por uno, y es extravertido. Lo dice abiertamente. Ahora supongamos que alguien no siente aprecio por uno, pero tiene intereses espurios (dinero, popularidad o de otro tipo; el programa Sálvame nos informa a diario de estos hechos). Probablemente también nos diga abiertamente lo mucho que nos quiere y, si es buen actor o buena actriz y suficientemente psicópata, hasta será creíble, al menos durante un tiempo (usualmente, el tiempo necesario para la consecución de sus auténticos objetivos ocultos). Un mismo resultado, dos causas diferentes.

Lo que trato de mostrar es que, desde el punto de vista del observador, la teoría de la mente (recordemos: la capacidad de atribuir pensamientos, intenciones, emociones… a uno mismo y, especialmente, a los demás) es, lógicamente, un problema inverso (volveré sobre ello más adelante). Es decir: dado lo que las personas dicen y hacen, tratamos de adivinar —porque eso es lo que hacemos: no pasamos de conjeturar— los procesos y estados mentales del prójimo: nuestros familiares, amigos, colegas y conciudadanos en general. Y los problemas inversos tienen más de una solución (razón por la cual, las mismas manifestaciones de las personas pueden responder a causas diferentes).

Respecto a la dimensión emocional, el asunto podría resultar en principio más fácil. Los seres humanos normales estamos dotados de un supersistema límbico-hipotalámico y, gracias a los sistemas neuronales espejo, captamos por inferencia o intuición empática (= comprendemos y simpatizamos con, vibramos por simpatía con) las emociones y sentimientos adheridos a los actos ajenos (los «armónicos» emocionales de las acciones de los demás). Como explican Giacomo Rizzolatti y Corrado Sinigaglia (Las neuronas espejo. Los mecanismos de la empatía emocional. Barcelona: Paidós Ibérica, 2006, pp. 170-171):

En efecto, sabemos que, a los dos o tres días de nacer, los bebés parecen distinguir ya una cara contenta de otra triste y que, hacia el segundo o tercer mes, desarrollan una «consonancia afectiva» con la madre, hasta el punto de reproducir de manera más o menos sincronizada expresiones faciales o vocalizaciones que reflejan su estado emotivo. La articulación y diferenciación progresiva del despertar emotivo inducido por la percepción de las expresiones ajenas les permitiría tener en los meses siguientes algunos comportamientos sociales elementales, como, por ejemplo, ofrecer ayuda o consuelo a quien parece hallarse en dificultades. Se trata, por lo general, de formas de empatía rudimentarias, bastante menos sofisticadas que las que están en la base de nuestras conductas sociales maduras; pero tanto éstas como aquéllas presuponen la capacidad de reconocer las emociones ajenas y de leer en la cara, en los gestos o en la postura del cuerpo de los demás los signos de dolor, miedo, asco o alegría.

Por esta razón, siempre digo que, con moderación, hay que hacer caso de la intuición empática (= la comprensión inmediata, en primera persona, de las emociones de los demás). El conocimiento emocional intuitivo es algo que no debe desecharse a priori, antes al contrario. Lo malo es que podemos equivocarnos y, de hecho, nos equivocamos con nuestras intuiciones. Así, a veces alguien nos cae simpático desde el primer momento y eso constituye el principio de una ulterior amistad duradera. Otras veces, creemos en las buenas intenciones de partida de alguien para acabar profundamente decepcionados con el tiempo, cuando quedan desveladas dolorosas verdades relativas a agendas ocultas. ¿Cómo se distingue una intuición verdadera de una falsa? Declara Carlos Santiago Nino (Introducción al análisis del Derecho. Barcelona: Ariel, 1983, p. 361), «[…] sabremos que esa intuición fue acertada o no a través de observaciones empíricas posteriores […]». Ello nos conduce al empirismo.

 

Empirismo, racionalismo, intuicionismo

Una característica del conductismo inicial era ignorar deliberadamente lo que ocurría en la mente de las personas, limitándose a observar su conducta externa. La mente era considerada como una especie de ‘caja negra’, a la que no se podía acceder por medios científicos estrictamente positivos. De este modo se distanciaba de otras psicologías de orientación introspectiva. Con esto se pretendía hacer una psicología verdaderamente científica, pero no exenta de problemas, según se comprobó posteriormente: el conductismo radical era reduccionista (materialismo eliminativo) porque reducía el estudio del comportamiento humano a los aspectos estrictamente observables, despreciando sus dimensiones «mentales» (cognitivas, emocionales, intencionales o volitivas. A propósito: el muy económicamente neoclásico postulado de las preferencias reveladas presenta una dificultad semejante). A cambio, el conductismo se basaba en la experiencia y en observaciones empíricas, una de las tres fuentes clásicas del conocimiento (junto con la razón y la intuición).

Tenemos a nuestra disposición los instrumentos de la razón: de este modo, el análisis lógico-racional nos permite detectar incoherencias, contradicciones, falacias formales e informales… e ir eliminando falsedades.

También está la intuición; hablando en general, una forma de conocimiento inmediata y pre-analítica, que opera sin apenas reflexión. Mario Bunge la considera «[…] solo una fase de la cognición», para concluir que «[…] en todos los casos la intuición debe verificarse contra el razonamiento o la experimentación» (Mario Bunge: Buscar la Filosofía en las Ciencias Sociales. México D. F. y Madrid: Siglo Veintiuno, 1999, p. 424). En conclusión: podemos tomar la intuición como un punto de partida pero, en modo alguno, como un punto de llegada al conocimiento seguro y fiable.

Sintetizando, a la hora de atribuir estados y procesos mentales a otras personas (pensamientos, emociones, intenciones, comprender sus acciones…) habría que echar mano de diversas formas de conocimiento y comprensión: intuición sensible, examen lógico y observaciones y pruebas empíricas, operando solidariamente y, plausiblemente, en ese orden. Eso contribuiría a desarrollar una teoría de la mente, a mi juicio, deseable. Una teoría de la mente que no rechazara de plano las intuiciones iniciales, pero que sometiera los presentimientos, las corazonadas, el «olfato», el «instinto», las sensaciones, los vaticinios… de aquélla a análisis lógico y contraste empírico (pruebas). Una teoría de la mente que, además de psicologizar, tuviera en cuenta el contexto y las circunstancias sociales, económicas… que rodean a los individuos y condicionan sus decisiones, intenciones, &cétera. Al fin y al cabo, las personas son ellas y sus circunstancias, Ortega y Gasset dixit.

 

Intuicionistas

Pero eso no es lo que observo a diario. Lo expreso como una opinión y, por ende, como algo perfectamente discutible, con lo que se puede estar de acuerdo o no.

A mi modo de ver, en nuestra época hay sobreabundancia de «intuicionistas» (especialmente, en su versión individualista) y faltan «intuicionistas-racional-empiristas» (que, además, tengan en consideración la repercusión de los factores contextuales). Por lo que se refiere a la racionalidad (semántica, lógica, valorativa, práctica…), me parece que una parte importante del personal tiene la racionalidad sujeta a su cerebro con un clip (quizá con la excepción de la racionalidad económica, o sea, el egoísmo a la búsqueda del propio interés). En cuanto se descuidan, el ocho ora significa siete, ora significa nueve, vulnerando la racionalidad semántica. Incurren en falacias lógicas y distorsiones cognitivas a trochemoche (contradicciones, condicionales contrafácticos, wishful thinking, reduccionismo, pensamiento dicotómico, sobregeneralización, «razonamiento» emocional, conclusiones precipitadas, sesgos diversos…). Los castillos en el aire van que vuelan, nunca mejor dicho, y las relaciones medios-fines (una exigencia de la racionalidad práctica) adoptan con frecuencia las siguientes formas absurdas: o bien se plantean fines para los que no se disponen los medios o bien los medios que se establecen conducen a fines distintos de los presuntamente deseados (eso suponiendo que los fines sean viables… o que no se persigan diversos fines mutuamente incompatibles entre sí).

Por supuesto, eso de que el hombre es un ser racional por naturaleza, no constituye más que un mero ideal. El hombre puede ser racional (un juicio problemático); cosa bien distinta es que lo sea (un juicio asertórico). La racionalidad no es más que una mera posibilidad del ser humano. Ahora mismo estoy fumando: he aquí una prueba fehaciente de mi irracionalidad. Una entre muchas. La irracionalidad, siempre omnipresente.

Por lo que toca a las pruebas empíricas (racionalidad epistemológica), mejor vamos a dejarlo. Por cada uno que trata de justificar extrasubjetivamente sus afirmaciones o aporta alguna clase de prueba empírica o documental en apoyo de las mismas, hay mil que «se construyen su propia realidad» (= se montan su película), casi siempre de acuerdo con sus fantasías, temores, deseos o intereses prácticos, políticos, económicos o de otra índole. No hace mucho, el abogado Miquel Roca Junyent afirmaba que la Infanta Cristina había  declarado ante el juez del caso Nóos «su propia verdad». ¿Eing? Por la boca muere el pez: es difícil ser más pragmático gnoseológico de baja estofa. Con respecto a algunos abogados, acaso convendría recordar las palabras de Shakespeare en Enrique VI, parte II, acto 4, segunda escena («the first thing we do […]). La «florida ideación delirante de tipo megalomaníaco» del Pequeño  Francisco Nicolás, el joven presuntamente estafador que se codeaba con la elite política y económica, es otro ejemplo de construcción de la propia realidad al margen toda racionalidad lógica y epistemológica (pero extraordinariamente pragmática, eso sí).

En fin: en los tiempos que corren, me da la sensación de que el compromiso de las personas con el conocimiento verdadero, seguro y fiable no está muy extendido que digamos, al menos por lo que constato en los ámbitos en los que yo me muevo y por lo que veo en la televisión. Aunque esto no debe de ser nuevo, porque tenemos en nuestra literatura refranes alusivos a esta cuestión: «Yo pensaba y yo creía, son hijos de doña ignorancia y de don tiempo perdido». «Don Creíque y Don Penséque son amigos de Don Tonteque». Y hasta versos: «Dijeron que antiguamente / se fue la verdad al cielo; tal la pusieron los hombres / que desde entonces no ha vuelto» (Lope de Vega, La Dorotea, 1632).

No me considero el campeón mundial del racional-empirismo pero, por lo menos, me planteo estos problemas y trato de caminar en esa dirección (cuestión distinta es que lo consiga o no). Ya lo hacía siendo profesor y lo hago aún más desde que ostento la fe pública administrativa documental y fáctica por razón de cargo. Afortunadamente, mi presunción de veracidad es iuris tantum. Pero no quiero ni pensar en cuál sería el contenido de resoluciones y certificados no orientados por el racional-empirismo, sino basados en el constructivismo radical, el pragmatismo gnoseológico de baja estofa, etcétera. Sospecho que de ese tipo de escritos debe de haber unos cuantos circulando por nuestro decadente país.

Para concluir este apartado, no debería hacer falta recordar que, como dijo Marie-Jean-Antoine-Nicolas Caritat, marqués de Condorcet en 1792, «la première condition de toute instruction étant de n’enseigner que des vérités […]» («la primera condición de toda enseñanza es no enseñar más que verdades», el principal valor cognitivo). Lo cual conlleva por parte de todo enseñante digno de este nombre: 1) cierta reflexión y estudio acerca del valor o propiedad relacional de la verdad, de los métodos para alcanzar el conocimiento verdadero o de calidad, de las diferencias entre la δόξα (mera opinión) y la ἐπιστήμη (conocimiento científico) y 2) cierto compromiso personal con la búsqueda libre y la transmisión de verdades en clase, al margen de ficciones, fantasías, ideologías u opiniones políticas, creencias fideístas y demás vías doxásticas. Algo que no estoy seguro de que esté sucediendo en muchas aulas en nuestros días, empezando con las modas constructivistas radicales y siguiendo con los relativismos exacerbados («todas las opiniones son respetables») y despropósitos similares. Respecto al subjetivismo-relativismo: quien dice semejantes paridas 1) no ha caído en la cuenta de que el relativismo es autocontradictorio; 2) confunde la subjetiva expresión psicológica individual con el conocimiento objetivo e imparcial (o, al menos, orientado hacia la objetividad y la imparcialidad); 3) atribuye el mismo valor de verdad a las proposiciones ‘2 + 2 = 4’ y ‘2 + 2 = 5’ (como «todo es subjetivo-relativo» y «todas las opiniones son respetables»…) y 4) su compromiso con el conocimiento verdadero es = 0, ∅, {}.

 

Teoría de la mente, problema inverso e intuicionismo. Consecuencias

Como he mencionado anteriormente, en lo que atañe al prójimo, elaborar una teoría de la mente de otra persona es abordar un problema inverso, con varias soluciones. Dicho de otra manera: conjeturar o adivinar los pensamientos, intenciones, voliciones, emociones y sentimientos, «leer» los actos… de otras personas desde lo que dicen y hacen constituye un problema inverso, porque se va de lo visible a lo invisible —de lo público a lo privado—, de los efectos a las causas (eficientes o finales). En síntesis, se trata de elaborar una interpretación psicológica amplia (cognitiva, afectiva, intencional-volitiva…), psicosocial y social del prójimo, atribuyéndole estados mentales; estados mentales individuales moldeados hasta cierto punto por su contexto interpersonal y social. A propósito: construir «teorías de la mente» es algo que compartimos con los simios.

Deseo indagar sobre un par de casos. En ciertas ocasiones, mi amigo A. —sensible e inteligente— se ha quejado de que la gente no le coge las coñas y cree que las barbaridades que suelta cuando guasea las dice en serio. Su humor, agudo y crítico, tiene una expresión grave y circunspecta, parecida a la del fallecido humorista Eugenio. Lo cierto es que, cuando quiere, pone la misma cara y mirada y utiliza el mismo tono de voz y gestualidad corporal tanto si se pone a largar burradas como si debate cuestiones enjundiosas.

A. es demasiado buen actor. Precisamente, ahí está la gracia. Porque, si algunos disparates que dice (orientado por el animus iocandi) se ponen en relación con el modo que tiene de razonar cuando analiza con rigor o con la solvencia de sus actos, salta a la vista la incoherencia: está dando a entender lo contrario de lo que está expresando o, en otras palabras, está ironizando.

Pero para comprenderlo, hay que suspender momentáneamente el juicio (más bien, el prejuicio) y llevar a cabo ciertas operaciones racionales y observaciones empíricas. Recuerdo que nuestro primer encuentro no estuvo exento de conflicto dialéctico (a decir verdad, una lúdica dialéctica erística se convirtió en nuestra forma de relación durante años). A ambos nos consta que no era alguien que cayera bien de entrada a la generalidad de las personas (aunque esto ha mejorado en alto grado con el tiempo: ahora es mucho más cálido y afectuoso). No obstante, los indicadores («por sus frutos los conoceréis» [Mt, 7:16]) apuntaban a que se trataba de un individuo con muy buenas cualidades con el que, sencillamente, se tarda en «entrar en calor» (debido a su natural introversión). Como para fiarse de la primera impresión, superficial y grosera (afortunadamente, mi intuición postanalítica y mi radar empático me advirtieron de que había que seguir investigando…).

En el otro extremo, está mi amigo P. Cuando le conocí, llevaba dos pendientes en una oreja (ahora ha sustituido los pendientes por varios tatuajes, cual venido en un barco de nombre extranjero). Fogoso, discutidor, expansivo, sin pelos en la lengua y muy provocador. Alguien no demasiado fácil en un entorno social comprometido, digámoslo así;  alguien como para plantearse «éste de qué va»: un temperamento lleno de aristas. Mi «sentido arácnido» (mi intuición cognitiva y empática) me advirtió prima facie de lo listo y afectivo que era (y es): junto con Sergio y, singularmente M., diría que es uno de los individuos más sentimentales que conozco (pero, en absoluto, blandengue; todo lo contrario, es pujantemente brioso, y nada singermornings). Al poco tiempo y, sobre todo,  tras ciertas comprobaciones empíricas y evaluaciones con feliz resultado, simpatizamos. Desde mi óptica, es imposible que pueda caer mal: se le tiene que querer. Con todo, recuerdo que azoraba a otros. Mi hipótesis es que no comprendieron nunca sus mecanismos mentales.

Volvamos a ese pozo de ciencia y sabiduría (plagado de errores) que es la Wikipedia. En el artículo «Teoría de la mente» se dice:

Después de la infancia, el sujeto hace uso constantemente de «su» teoría de la mente (muchas veces cargada de prejuicios impuestos por el entorno), tal uso constante de la teoría de la mente es casi siempre efectuado sin tener plena consciencia de la misma, esto es: «intuitivamente».

Pues estamos aviados. No, si ya lo notaba yo.

Estamos aviados porque, si el contenido de la cita aplica a la generalidad de los individuos —como creo que debemos aceptar—, eso implica que a la hora de elaborar teorías de la mente (de la mente propia y de la mente de otros):

1) La mayoría de la gente es individualista metodológica más o menos radical («el sujeto hace uso constantemente de “suteoría de la mente»). ¿Y qué pasa cuando mi teoría de la mente de Fulano (= mis conjeturas no necesariamente verdaderas sobre Fulano) entra en contradicción con la teoría de la mente de Fulano elaborada por un colega? Porque el funcionamiento del cerebro de Fulano es el que es, y lo que falla es una de las dos teorías. Bueno, pues tanto peor para Fulano; da igual cómo Fulano sea de verdad o cómo funcione realmente desde el punto de vista mental, porque a mí desde luego no me importa Fulano, sino que amo mis propias conjeturas y siento total adoración por mis invenciones… egocéntrico psicológico que es uno: «es mi opinión», «es mi propia verdad». Un gran compromiso con el conocimiento verdadero y la comprensión empática del prójimo. Sí, mucho. Prosigamos.

2) La mayoría de la gente psicologiza a la remanguillé. O sea: se dedica a la psicología de salón, como se observa en las tertulias de cualquier programa del corazón («tal uso constante de la teoría de la mente es casi siempre efectuado sin tener plena consciencia de la misma, esto es: “intuitivamente”»). No, si ya me daba a mí en la nariz que abundaban los intuicionistas (ser intuicionista preanalítico → elaborar teorías groseras, superficiales y en muchos casos, falsas). Eso por no hablar de que, al psicologizar y nada más que psicologizar, las acciones individuales se acaban interpretando, de una forma estomagantemente reduccionista, «exclusivamente en términos de intereses, preferencias, intenciones y decisiones individuales», utilizando la formulación de Mario Bunge (Emergencia y convergencia. Novedad cualitativa y unidad del conocimiento. Barcelona: Gedisa, 2003, p. 252).  Por consiguiente, cuando Mar decide que Zutano imparta tal o cual asignatura o asuma esta o la otra carga docente, no es porque haya (que los hay) un par de hermosos reales decretos que así lo establecen (lo que se correspondería con una interpretación jurídicamente constreñida de su acción individual), sino porque es malvada y tiene muchas ganas de fastidiar. Desde el psicologismo radical individualista, es su decisión, no una decisión político-jurídica del Gobierno que ella solamente aplica porque le corresponde en consonancia con el cargo que desempeña.

Conforme a esta perspectiva, no es que vivamos (o al menos, eso se supone) en un Estado de Derecho que asegura el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular. No, de ningún modo. Yo tengo una libertad omnímoda y puedo hacer lo que me dé la gana, cuando me dé la gana y como me dé la gana, para bien o para mal: mis acciones no están socialmente insertas, ni sujetas, ni tienen repercusiones sociales. Yo, yo y nada más que yo. Con eso queda todo explicado.

Sigamos psicologizando un poco más. Cuando P. decide dedicarle el tiempo sobrante de que dispone a su familia y amigos en vez de buscar un ascenso en el trabajo, es única y exclusivamente por una preferencia y decisión individual. No es que anteponga su círculo familiar y su red social a su trabajo, no. No es que su acción individual esté constreñida, inserta y tenga repercusiones en dichos sistemas sociales. No, no es eso.  Es puro egocentrismo psicológico y egoísmo moral (estoy ironizando. Concretamente, P. lee artículos y libros de microeconomía neoclásica, punto de vista desde el cual de vez en cuando me cuenta chifladas teorías parciales de su mente que me encargo de pulverizar, porque no son sino una sarta de despropósitos. Le pasa lo mismo que a Sergio: son mejores personas de lo que ellos mismos a veces creen. A las pruebas me remito. Pero entre la basura intelectual que leen, la viveza de sus «intuiciones», su gusto por la teorización barata y otros factores, me dan trabajo por un tubo hasta que consigo dejarles sus mentes —vale decir, su metacognición personal y social— como los chorros del oro. Afortunadamente, además de listos, a todos les va lo duro, por lo menos a ratos. Sobre todo cuando se relacionan conmigo [vid. el siguiente apartado]).

3) La teoría de la mente que elaboran las personas está muchas veces cargada de prejuicios. Si una definición de juicio es «[…] operación de nuestro espíritu en la que se contiene una proposición que es o no conforme a la verdad y según la cual se dice que el juicio es o no correcto» (José Ferrater Mora: Diccionario de Filosofía abreviado. Barcelona: Edhasa, 2008, p. 211) —nótese que la palabra juicio designa una categoría lógica—, una definición de diccionario de prejuicio es «opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal» (Diccionario de la Real Academia de la Lengua). Destacaré que el prejuicio es una categoría psicológica, no lógica.

La Wikipedia aclara que el prejuicio

[…] se refiere principalmente a la etiquetación que hacemos de manera negativa, en base a una forma de pensar que adoptamos desde pequeños. Esta forma de pensar surge como resultado de la necesidad que tiene el ser humano de tomar decisiones firmes y concretas de manera rápida, tomando información generalizada de la que se tiene hasta el momento para emitir juicios, y sin verificar su veracidad.

Por consecuencia, el prejuicio es infantil, psicológico (no lógico), no empírico (no se verifica su veracidad), de baja calidad gnoseológica o cognitiva («[…] acerca de algo que se conoce mal») y conlleva etiquetado o labeling. 

Recapitulando, un indeterminado —amplio— número de sujetos elabora sus teorías de la mente desde el individualismo metodológico (egocéntrico) más o menos radical —calculándoselo por él, piensa el ladrón que todos son de su condición—, psicologizando ciascuno a suo modo, elaborando teorías groseras, superficiales y falsas —cuando no infantiles— que conllevan etiquetado o labeling, desde sus intuiciones preanalíticas, vulnerando la racionalidad lógica y empírica, sobre individuos y procesos que conocen mal y creyéndose el resultado de su propia diarrea mental («su propia verdad». A la verdad objetiva, que le vayan dando). No le veo más que ventajas. Sobre todo por la cantidad de amigos que, no albergo duda, me estoy haciendo con este post en mi blog. Eppur si muove…

 

Segunda parte: Mentalidad dura y mentalidad blanda. Arte y educación

En conexión con mi estudio de la teoría de la mente, voy a analizar dos tipos de mentalidad: las denominadas mentalidad dura (o pensamiento duro) y mentalidad blanda (o pensamiento blando). Asimismo, pondré ambos tipos de mentalidad en relación con el problema del arte y su educación.

«La historia de la filosofía es en gran medida la de un cierto choque de temperamentos humanos», decía Williams James en Pragmatismo (1907)». (Cita extraída de «Mentalidad blanda y dura», en Ted Honderich [editor]: Enciclopedia Oxford de Filosofía. Madrid: Tecnos, 2001, p. 706).

Diversos autores han desarrollado el concepto de ‘mentalidad dura’ y ‘mentalidad blanda’ (en inglés, ‘tough-minded’ y ‘tender-minded’). Puedo citar a Erich R. Jaensch, William James, Hans Eysenck o Mario Bunge (no sé si hay más). Las características que cada uno de esos autores atribuye a una u otra mentalidad no son iguales. Por diversas razones, entre las que apuntaré las duras críticas a las que han sido sometidos los modelos teóricos de los tres primeros autores, me limitaré a reseñar la concepción bungiana. Seleccionaré algunas frases de su artículo «Duros y Blandos» (La Nación, martes 2 de marzo de 1999).

De acuerdo con Mario Bunge, los pensadores duros «[…] son rigurosos, coherentes e intransigentes. Los blandos son borrosos, eclécticos y pusilánimes».

Me gustan mucho estas frases: «El infierno del duro es la arbitrariedad; el del blando, la demostración. Los clasicistas, modernistas y cientificistas son duros. Los románticos, intuicionistas y posmodernistas son blandos (o débiles, como los llama Gianni Vattimo, uno de ellos)».

Tras estas aseveraciones iniciales, a mitad del artículo desarrolla la siguiente idea (‘rigor, no rigidez’):

La dureza conceptual no equivale a la rigidez, y la blandura no equivale a la plasticidad. El duro consecuente cambia de opinión si le muestran que está equivocado. En cambio, el blando consecuente no cambia de opinión porque no respeta las reglas del juego lógico ni le importa la relación entre discurso y realidad. […] La dicotomía duro/blando no tiene nada que ver con la tolerancia. Hay duros tolerantes con todo menos el macaneo [= decir tonterías, embustes o desatinos], y blandos tolerantes con todo menos con el rigor. […]

En cambio, la dicotomía duro/blando tiene que ver con la distinción entre razón y emoción. Hay discursos racionales, como los científicos, y discursos emocionales, como los artísticos. Los unos no son traducibles a los otros. Por ejemplo, las ecuaciones no se pueden interpretar en el piano, ni las sonatas se pueden traducir a ecuaciones.

Lo racional y lo emocional son mutuamente irreductibles, pero no se excluyen. A veces se combinan, como en las fugas de Bach, los cuadros de Cézanne y los poemas de Valéry y de Borges.

[…] Lejos de ser desapasionado, el buen razonador es un apasionado de la razón.

Finalizando su artículo: «En resumen, cuando la tarea es dura se impone el pensamiento duro».

 

Comentario

Trabajando como trabajo en un centro superior de enseñanzas artísticas, conocer la distinción ‘pensamiento duro’/’pensamiento blando’ resulta pertinente, habida cuenta de que explica mucho de lo que ocurre en este ámbito educativo.

Comenzaré mi comentario recalcando que el rigor, término que Bunge utiliza en el sentido de «guiarse conforme a reglas» es lo opuesto al lema posmoderno «todo vale». La coherencia interna (= evitar la contradicción) es un factor del rigor lógico. La coherencia externa (= compatibilidad con el grueso del conocimiento probado precedente) contribuye a la coherencia espistemológica. Puesto que la posmodernidad propugna el anarquismo gnoseológico, estético-artístico…, el «todo vale», la ausencia de reglas, no promueve ni la coherencia interna ni la coherencia externa, &cétera, el autor opone el pensamiento duro al pensamiento blando, débil o posmoderno.

A mi juicio, en un conservatorio coexisten estudios duros y blandos. Pensemos en las clases de armonía tonal o funcional, con sus incontables reglas relativas a la conducción de las voces; o en las de contrapunto riguroso o estricto (el nombre ya lo dice todo). Consideremos las materias Anatomía, Biomecánica, Fisiología o Patología de la Danza: su carácter científico anuncia que estamos ante conocimiento duro.

Resulta irrisorio observar cómo algunos aprendices se acercan al conocimiento duro con una mentalidad blanda, llegando a discutir con la profesora sobre dónde ellos «se sienten» la inserción del fémur, confundiendo sus subjetivísimas (por no decir desencaminadas) qualia con los hechos probados con el esqueleto delante. Pues si mi extremadamente subjetiva y fantasiosa construcción cognitiva no se corresponde con la realidad, tanto peor para la realidad. Yo me siento la inserción del fémur a la altura del ombligo, y nadie me apeará del burro, dado que mi compromiso con el conocimiento objetivo verdadero es ninguno, y el apego a mí mismo y la devoción que experimento por lo que yo me he montado en mi cabeza es total. Con todo, convendría darse cuenta de que no se asiste a una sesión de «libre, incuestionada e incuestionable expresión psicológica», sino a a una clase de Anatomía Humana.

Por lo que se refiere al desarrollo de la creatividad, de nuevo encontramos un enfoque blando y un enfoque duro: «Maslow distingue la creatividad primaria, espontánea, emergente, de carácter lúdico y la creatividad secundaria, controlada, disciplinada, no lúdica» (Víctor García Hoz: Educación personalizada. Madrid: Rialp, 1988, p. 30). La creatividad primaria es blanda. La creatividad secundaria, más dura. Hacer un comentario jocoso, idear sobre la marcha un ingenioso chascarrillo, es creativo. Ser Bach y componer la Gran Fantasía y Fuga en sol menor BWV 542 es creativo. No estamos hablando de la misma creatividad, pese a que los posmodernos se empeñen en equipararlas. El compositor «duro» de música culta tiene en cuenta la tradición musical previa, sea para seguirla, sea para romper con ella. El compositor «blando» de música ligera redescubre una y otra vez el Mediterráneo o la pólvora con la progresión armónica I-V-VI-IV.

Dice Bunge: «El ideal del duro es la matemática; el del blando, la poesía». ¿Cuál sería el ideal del músico y del pedagogo musical? Me parece que una mixtura de mentalidad dura (cuando corresponde) y mentalidad blanda (cuando toca). Mentalidad dura para forma, estructura, armonía, conducción de voces… y mentalidad blanda para la expresión sentimental. Mentalidad dura para no divagar en las explicaciones teóricas y mentalidad blanda para dar cabida a la subjetividad del artista, intérprete, director o compositor. En suma: distinguir cuando se está haciendo ciencia descriptivo-explicativa de la música y los músicos, y cuando se está profesando el arte musical. Algo que ya defendí en otra entrada de mi blog.

También he criticado en otros posts versiones radicales de constructivismo, pragmatismo gnoseológico, textualismo… Al blando «no le importa la relación entre discurso y realidad». En el ámbito educacional-artístico, he leído textos llenos de afirmaciones que, supuestamente, se refieren a la realidad —pero rayanos con el autismo delirante o motivados por torticeros intereses prácticos o políticos— en el que el autor o la autora «se construye su propia realidad» desde el emotivismo más salvaje e incurriendo en todas las falacias formales y sofismas informales que uno pueda imaginar. Por supuesto, aparte de la flagrante vulneración de las reglas de la lógica, usualmente no se aporta ni una sola prueba documental o empírica en apoyo de las afirmaciones sostenidas. Según parece, basta con que uno exprese con suficiente convencimiento o vehemencia sus fantasías mentales o plasme por escrito sus ofuscaciones para que, mágicamente, emerja el valor de la verdad en todo su esplendor. Mentalidad blanda a más no poder.

Digresión: Textualismo posmoderno

«Vaya por delante que esta instructora no acierta a entender cómo un joven de 20 años, con su mera palabrería, aparentemente con su propia identidad, pueda acceder a las conferencias, lugares y actos a los que accedió sin alertar desde el inicio de su conducta a nadie, por muy de las juventudes del PP que manifeste [sic] haber sido». («La juez ‘no entiende’ cómo el presunto estafador Nicolás hizo lo que hizo con su ‘mera palabrería’». Diario El Mundo, 17 de octubre de 2014).

Pues yo sí lo entiendo y, con todo respeto y la venia de Su Señoría, se lo voy a explicar. Hubo un tiempo, anterior a las posmoderneces actuales, que se estilaba pensar con racionalidad lógica y las personas — al menos, las personas de cierto nivel cultural— se preocupaban por el apoyo empírico respecto a sus afirmaciones, descripciones de la realidad… Esta actitud gnoseológica-intelectual ilustrada era conocida con la denominación de racional-empirismo (postura racioempirista) o, desde Jean Piaget, constructivista moderada. Eran tiempos en los que no pocos individuos tenían cierto grado de compromiso con la verdad: los padres conminaban a sus hijos a decir la verdad, el cura te recordaba el octavo mandamiento de la Ley de Dios («no dirás falso testimonio ni mentirás»), la gente te decía que «mentir está feo» y cosas así. Brevemente, la Verdad se concebía más o menos como la correspondencia entre la realidad y la descripción-explicación de los hechos reales, como correlatos entre las oraciones o proposiciones y el mundo.

Peeeeeero… empezaron a surgir una serie de autores, movimientos, corrientes… que pusieron a la Verdad a caer de un burro. En el Romanticismo, comenzó a exaltarse el sentimiento sobre la razón, el anti-intelectualismo, el irracionalismo, la anti-ciencia, &cétera, y se empezó a confundir la ficción con la realidad. Un señor llamado Friedrich Wilhelm Nietzsche se dedicó a hablar de cosas raras, como que él no era un hombre, sino que era dinamita. Otro que se apellidaba Heidegger escribía cosas tan oscuras y crípticas que, en el mejor de los casos —y lo pongo en duda—, solo las entendía él…

Eso sucedía en Europa; en Estados Unidos, los pragmáticos como William James consideraban lo verdadero o lo bueno como aquello que resultaba eficiente o reportaba alguna ventaja o utilidad. Es decir: si lo que me monto en mi cabeza, si lo que digo o lo que me digo a mí mismo me funciona, me reporta alguna ventaja o utilidad, es verdad (y bueno), aunque sea falso o mentira desde la perspectiva racional-empirista. (Hay que recordar que James defendió el libre ejercicio de los healers [curanderos, sanadores] y la investigación paranormal). Señoría: ¿en qué cree que están basados los libros de autoayuda-pensamiento positivo-coaching de esos que proponen repetirse mensajes positivos como mantras para autosugestionarse, tanto si el mensaje es verdad como si es mentira? Aunque el asunto es un poco embrollado, la idea es que un pragmático gnoseológico consecuente puede llegar a creer que es «verdad» (porque a él «le funciona», al menos durante un tiempo) lo que un racional-empirista diría que es una sarta de falsedades, mentiras y/o fantasías. Naturalmente, el compromiso de un pragmático de baja estofa con la búsqueda libre de la Verdad es, desde luego, escaso; y su compromiso con sus intereses prácticos, políticos, económicos o de índole semejante, bastante considerable.

Y entraron en escena los anarquistas gnoseológicos y los posmodernos. Paul Feyerabend sostenía afirmaciones tales como que tanto vale la curandería como la medicina, la astrología que la prospectiva estadística… y que no existía una realidad objetiva independiente del sujeto cognoscente. Los constructivistas radicales o posmodernos se subieron al carro del anarquismo gnoseológico, defiendiendo eso mismo, lo que les impide distinguir realidad de ficción, alucinación, sueño, relato… También afirman que «la mente crea la realidad» (ojo: no la percepción o el conocimiento de la realidad, sino la realidad misma) y barbaridades semejantes (de este modo, el cometa Halley, el tsunami de Japón o el terremoto de Lorca no son más que una creación mental; esos hechos no sucedieron en una realidad «externa» a mí, por así decir). Más gente se apuntó al bombardeo: subjetivistas emotivistas bajo el estandarte de «porque yo lo siento así», relativistas con el lema de «mi verdad, tu verdad, su verdad, nuestra verdad, vuestra verdad, su verdad»… La Verdad va quedando progresivamente más devaluada, y las ganas de lanzarse a su libre búsqueda, cada vez más desactivadas. (Mientras tanto, el pensamiento mágico campa por sus respetos, como ponen de manifiesto  el aumento de tiendas de santería, el número de canales de tarotistas, videntes y brujos de todas clases que hay en televisión, el auge de las terapias de sanación  reiki y semejantes, &cétera. James estaría contento).

Así llegamos al textualismo posmoderno. Los textualistas —que son los más pirados del grupo— declaran que el mundo, la realidad… es un texto o «como un texto», y que las palabras crean la realidad, como cuando el mago dice: «¡Abracadabra!», y sale un conejo de la chistera (cuánto daño ha hecho Harry Potter). Aquí tiene un artículo universitario titulado «La construcción de la realidad a través del lenguaje». Del título de dicho artículo se desprende que el lenguaje es el medio, herramienta o instrumento para construir la realidad, y no existe una realidad independiente de las palabras. Para mi gusto, las palabras crean realidades lingüísticas o literarias, no diamantes, champiñones, amebas, ornitorrincos o planetas; pero es que yo distingo entre las palabras y los objetos, entre el nombre de la cosa y la cosa misma (ejemplos: la sarta de letras r-o-s-a no tiene fragancia ni un tallo con espinas; la palabra río no es hídrica y el término rana no croa). Cuando tenga tiempo le comentaré algo de Lacan.

Como la educación es una institución social y forma parte del sistema social, es reflejo de las ideas que están de moda en nuestra decadente sociedad. Y en nuestra decadente sociedad, lo que está de moda es todo eso que le acabo de relatar, Señoría: el subjetivismo emotivista, el relativismo exacerbado, el constructivismo radical, el textualismo posmoderno… Y todo eso está en la base de ciertos modelos pedagógicos que se desarrollan en centros escolares en nuestros días (hay más de un psicopedabobo que es constructivista radical, que no cree que exista una realidad que merezca la pena ser enseñada y conocida, y que les dice a los alumnos que no lean libros para que no se contaminen y de este modo puedan inventarse «su propia realidad» de una manera más espontánea y «pura», por ejemplo. Eso por no hablar de la antropología pedagógica del señor Rudolf Steiner, fundador de las escuelas Waldorf, con sus «cuatro miembros constitutivos de la naturaleza humana: el cuerpo físico, el cuerpo etéreo o biofórico, el cuerpo astral o sensible y el sustrato del Yo» [Rudolf Steiner: La educación del niño desde el punto de vista de la antroposofía. Metodología de la enseñanza y las condiciones vitales de la educación. Madrid: Rudolf Steiner, 2013, p. 22]. En mi próxima visita al médico, le voy a decir que me haga un análisis de sangre biofórica y que tengo una molestia en el cuerpo astral, a ver qué me receta).

Con independencia de lo trastornado que esté, y haciendo un poco de teoría de su mente, sospecho que, en parte, el Pequeño Francisco Nicolás es un producto de este estado de cosas. Porque, desde los dos años, los pequeños tienen dificultades para distinguir entre ficción y realidad, y es perfectamente normal que tengan un amigo invisible y miedo de los monstruos de debajo de la cama. Mas, poco a poco, y con una buena educación, los niños se van volviendo realistas (si no han sido estragados por sus padres/maestros/…, los niños de ocho años son realistas ingenuos. Ingenuos, pero realistas, racional-empiristas). Si el niño empieza a inventar, se le dice que no invente y que cuente las cosas como son. Si el niño empieza a mentir, se le mira fijamente a los ojos y se le advierte: «Realmente, no puedo creerte, porque…», como nos explicó Piaget. Si el niño de cinco o seis años tiene miedo de los monstruos de debajo de la cama, se le puede pedir que señale con el dedito dónde están los monstruos que dice, y se le hace notar que no existen tales monstruos más que en su imaginación (y más cosas, como medio sugerirle/enseñarle a programar sueños agradables sin monstruos: sueños lúcidos y demás). Pero para hacer todo eso, hay que ser racional-empirista.

Si me permite, Señoría, le contaré que conocí personalmente unos padres cuyas cabezas podían considerarse sendas ollas de grillos (por supuesto, eran practicantes de diversas formas de «magia»: tarot, echaban las cartas cobrando, elaboraban cartas astrales cobrando, mucho incienso y lo que no es incienso, &cétera), que estaban orgullosísimos de las «videncias» del menor de sus hijos, las cuales reforzaban sin parar. El hijo plasmaba sus «videncias» (= las imágenes mentales de su imaginación) en dibujos, que los padres celebraban como «prueba» de un poder sobrehumano o sobrenatural: la naturaleza del niño le permitía ver «más allá del poder cognoscitivo humano» y acceder a una «realidad oculta, supramental» en plan místico-antroposófico-brujesco. Todo el discurso era floridamente delirante. Al final, el niño —principalmente para no defraudar a sus padres— veía lo que había que ver y se creía lo que había que creerse. Ponía los pelos de punta la convicción con la que los tres se creían sus propias patrañas.

Así pues, Señoría, a mí no me sorprende tanto lo del Pequeño Francisco Nicolás. Como digo, aparte de lo trastornado que esté o deje de estar (cuestión que deben dictaminar los especialistas. Opino que la categoría gnoseológico-psiquiátrica ‘psicópata integrado‘ le encaja perfectamente), es un ejemplo más de textualismo posmoderno (= delirante creación de una [supuesta] realidad social desde las puras palabras que no apuntan a otro referente real que los productos de la imaginación sin control del chico). Pragmatismo de baja estofa… seguro que también hubo (aparte de al interesado, a alguien más le debió de resultar útil continuar y promover la patraña: es el mundo de la política). Y considerable ausencia de racionalidad epistemológica… pues también se dio (escasa o nula preocupación por las pruebas empíricas en apoyo de lo que el muchacho afirmaba. Aparte de que, según se ha dicho en la prensa, él mismo, vía Photoshop, se dedicaba a retocar fotografías, falsificar pruebas, &cétera. La racionalidad práctica [adoptar los medios tendentes a producir los resultados esperados] no parece que la tuviera tan afectada). Como en la película de Steven Spielberg Atrápame si puedes, vaya.

A ver si esta explicación le aporta alguna luz para comprender mejor el caso, Señoría.

 

¿Cuál es el mecanismo que favorece la mentalidad blanda en un número indeterminado de artistas y estudiantes de arte contemporáneos? Plausiblemente, el emotivismo mal entendido y la influencia de la posmodernidad. En el Renacimiento predominaba la teoría musical fundamentada racionalmente (pensemos, por ejemplo, en Zarlino). Algo semejante aconteció en el siglo XVIII. Así decía Rameau: «La Musique est une science qui doit avoir des regles certaines; ces regles doivent étre tirées d’un principe évident, & ce principe ne peut gueres nous étre connu sans le secours des Mathematiques» («La Música es una ciencia que debe tener unas reglas establecidas; estas reglas deben derivarse de un principio evidente, & este principio no puede revelarse sin la ayuda de las Matemáticas». Traité de l’harmonie reduite à son príncipe naturel, 1722). La razón y la ciencia también impregnaban el arte musical.

Pero en el Romanticismo se produce la exaltación del sentimiento sobre la razón. «El nombre, procedente del vocablo francés antiguo romance, poema, narración, designa […] en la Ilustración especialmente la oposición a lo racional: lo expresivo, sentimental, el mundo de los sueños» (Ulrich Michels: Atlas de Música, II. Parte histórica: del Barroco hasta hoy. Madrid: Alianza, 1992, p. 435). «Los románticos concibieron de modo general el arte, esencialmente como expresión de las emociones personales del artista», sostiene Monroe C. Beardsley (Monroe C. Beardsley y John Hospers: Estética. Historia y Fundamentos. Madrid: Cátedra, 1990, p. 65). Unas cuantas frases extraídas de la Introducción a la Filosofía de la Música. Antecedentes históricos y problemas estéticos de Lewis Rowell (Barcelona: Gedisa, 1996, pp. 117 y ss.) nos servirán para ahondar en este punto: «[…] Crane Brinton ve al Romanticismo como “un rechazo del racionalismo y una exaltación de la intuición, el espíritu, la sensibilidad, la fe, lo inconmensurable, lo infinito, lo inexpresable… un escape de las… obras desagradables que la ciencia, la tecnología y la industria estaban realizando”. Este conjunto de actitudes es la antítesis directa del temperamento clásico racionalista».

Ya se ve que el pensamiento romántico, con su acentuado emotivismo, su intuicionismo, su reacción irracionalista y anti-ilustrada, su anti-cientificismo y demás está más próximo a una mentalidad blanda que a una mentalidad dura.

Este rechazo de lo moderno, que trae origen del Romanticismo, tuvo su continuación en las corrientes artísticas irracionalistas de principios del siglo XX (por ejemplo, el Dadaísmo) y prosigue en nuestros días con el pensamiento blando, débil o posmoderno.

El pensamiento blando, débil o posmoderno es psicológico, no lógico. No es lógico ni puede serlo, porque la lógica es racional (= racionalidad lógica) y la Posmodernidad no lo es.

Para empeorar las cosas, en nuestro contexto capitalista más o menos salvaje, se han aliado la Psicología y la Economía. Así lo explica Alfonso de Vicente (El arte en la postmodernidad. Todo vale. Barcelona: Ediciones del Drac, 1989, pp. 10-11):

«Todo vale» es un lema, puesto en circulación en España por Borja Cassani, que parece resumir la estética (y también la ética) de los años ochenta. En principio parece estar muy bien: una «actitud de no enjuiciamiento» frente al dogmatismo de las vanguardias. Por ello, la llegada de la postmodernidad es recibida con esperanza. Pero inmediatamente surge el escepticismo: también vale lo no valioso, lo intrascendente y el camelo. ¿Qué es entonces lo que da valor a las cosas? El mercado. Desde los años cincuenta han sido los críticos quienes han creado estilos y tendencias, quienes han consagrado a unos artistas y defenestrado a otros; […]; es decir, son ellos quienes pueden hacer de alguien artista o pueden negarle el derecho a serlo.
No obstante, el dominio del mercado no tiene por qué ir hermanado ni reñido con los valores estéticos de las obras.

Como acertadamente señala el autor, el pensamiento posmoderno vulnera el muy racional principio axiológico de polaridad de los valores: distinguimos lo que vale más por contraste con lo que vale menos y, conforme a ello, resulta preferible estar sano que enfermo, experimentar cariño que rechazo, un político transparente que uno corrupto, saber leer que ser analfabeto, firmar la paz que declarar la guerra, tocar limpio que dar muchas notas falsas, tener ingreso dinerario que no disponer de recursos económicos, un profesional responsable que un cantamañanas y así sucesivamente. El lema ‘todo vale’ es irracional y por ende, absurdo. Eso lo descalifica para su enseñanza en clase, salvo que el fin sea (de-) formar personas acríticas, que acepten gato por liebre sin dificultad. Y como estoy seguro de que el pensamiento crítico es una capacidad que hay que desarrollar a través de los procesos educativos (se explicita en la LOE y en la Lomce), este tipo de pensamiento posmoderno o mentalidad blanda radical no puede tener cabida en una educación digna de este nombre.

Con relación al dogmatismo, ya hemos visto en el texto de Mario Bunge que un pensamiento riguroso nada tiene que ver con el dogmatismo, porque respeta las reglas del juego lógico y las pruebas empíricas. El que no cambia de opinión es, en todo caso, el blando consecuente. No cambia de opinión porque no está en condiciones de justificar nada extrasubjetivamente. Así pues, su subjetividad (lo que el blando se ha montado en su cabeza, lo que el blando siente —«yo lo siento así»—…) constituye el alfa y la omega de la fundamentación de sus opiniones. No le quedan otras alternativas que: 1) tolerar cualquier opinión de otros blandos que hacen lo mismo que él (por consiguiente, deviene tolerantista y se empieza a deslizar por la pendiente del «todo vale»: «Yo opino que 2 + 2 = 4. ¡Vale!». «Tú opinas que 2 + 2 = 5. ¡Vale!». «Él opina que 2 + 2 = 6. ¡Vale!») o 2) volverse dogmático y tratar de imponer su opinión por mecanismos no-racionales y no-empíricos que van desde la sutil manipulación psicológica hasta la burda imposición autoritaria, si dispone de poder para ello: «Esto es así porque lo digo yo/porque yo lo siento así y punto».

Y llegamos al mercado. La Economía no para mientes en los valores intelectuales, estéticos o morales. Para empezar porque no forman parte de su campo disciplinar y para continuar, porque la economía práctica se guía por otros valores tales como la mera utilidad y los beneficios (económicos). Como dice de Vicente, los valores económicos no tienen por qué ir ni hermanados ni reñidos con los valores estéticos de las obras. Surgen así cuatro posibilidades, que expondremos en una matriz:

Valor estético (+) Valor estético (-)
Valor económico (+) Mucho valor estético (+) y mucho valor económico (+) Poco valor estético (-) y mucho valor económico (+)
Valor económico (-) Mucho valor estético (+) y poco valor económico (-) Poco valor estético (-) y poco valor económico (-)

Pondremos algunos  ejemplos que facilitarán la comprensión del cuadro. El Bolero de Ravel es una obra que, además de constituir un tratado práctico de orquestación, ha generado unos derechos de autor de 1,5 millones de euros anuales en los últimos tiempos, y alrededor de cincuenta millones de euros desde 1970. Daddy Yankee y su reguetón es económicamente valioso (el reguetón fue la fuerza motriz del aumento del 14 % de ventas de música latina en el 2005 en Estados Unidos) pero el perreo-reguetón puede considerarse basura estético-cultural. Hay compositores e interpretes de música de arte o alta cultura que son unos perfectos desconocidos y apenas logran vender unos pocos discos (si es que alcanzan a grabarlo). La última combinación se explica sola.

Unamos una psicología subjetivista de mentalidad blanda (lo único que importa es «lo que me gusta a mí porque yo lo siento así»), irracional-emotivista («no tengo por qué justificar racionalmente ni probar empíricamente nada, yo lo siento así y punto») con la mercadotecnia. No hará falta recordar que «por publicidad comercial se entiende el conjunto de prácticas utilizadas […] para sugestionar al público a fin de que la demanda se haga más intensa» (Sergio Ricossa: «Publicidad comercial». En Diccionario de Economía. México: Siglo Veintiuno Editores, 2007, p. 512). Dicho con otras palabras: lo que persiguen las técnicas de marketing es promocionar las ventas de la empresa comercial sugestionando o «engatusando» al consumidor para aumentar los beneficios económicos de aquella, utilizando diversos métodos de manipulación psicológica.

Según el economista Don Thomson, «en el mundo del arte contemporáneo, la marca [y la publicidad] puede sustituir al juicio crítico» (El tiburón de 12 millones de dólares. La curiosa economía del arte contemporánea y las casas de subastas. Barcelona: Ariel, 2009, pp. 7-8). De acuerdo con su investigación, «comprar obras de arte al precio más caro es, con frecuencia, un juego que practican los multimillonarios para obtener como recompensa publicidad y distinción cultural» (ib., p. 14). Solo en un contexto posmoderno psicologista-economicista de mentalidad blanda se puede explicar que el tiburón en formaldehído de Damien Hirst fuera vendido por 12 millones de dólares. Porque un pensamiento/juicio crítico duro pondría de manifiesto el camelo que hay detrás, y la ausencia de valores formales, expresivos, representativos… de la «obra de arte», así como el amparo y la promoción de estos «artistas» que están ejerciendo galeristas conchabados con críticos, todos ellos orientados por valores económicos, no intelectuales, estéticos o morales.

Un sistema sociocultural que presenta como obra de arte lo que se muestra se ha convertido en una sociedad muy posmoderna de mentalidad blandísima (exposición contemporánea, Museo de Arte Moderno, Centro Pompidou, París)

El filósofo y sociólogo Javier Barraycoa nos ofrece una nueva definición de ‘arte’ que no debe desdeñarse: «Es arte aquello que se cotiza como arte. Mientras existan compradores habrá ‘arte’» (Javier Barraycoa: Los mitos actuales al descubierto. Sexo, consumo, arte, política, solidaridad y ecología. Madrid: LibrosLibres, 2008, p. 108). Esto supone que la oferta y la demanda conceptúa lo que el arte es. Estamos ante una (onto-) epistemología ya no psico-constructivista o socio-constructivista, sino económico-constructivista  Mentalidad más blanda, imposible.

 

Recapitulando…

¿Qué es lo que hemos visto hasta el momento? Desde mi punto de vista:

  1. En el contexto social general, la teoría de la mente de un número indeterminado de personas… tela. Estos individuos se dedican a elaborar conjeturas sobre el funcionamiento mental de otros y explicaciones de hechos sociales a) dando por buenas sus intuiciones preanalíticas (= «interpretaciones» del comportamiento del prójimo habitualmente cargadas de prejuicios), valorando que sus construcciones son (casi necesariamente) verdaderas y adoptando puntos de vista cognitivamente egocéntricos; b) sin considerar ni explorar hipótesis alternativas (un problema inverso admite diversas soluciones); c) cometiendo multitud de errores de razonamiento (falacias lógicas formales e informales, distorsiones cognitivas, emotivismo radical… a la racionalidad lógica que le vayan dando); d) no contrastando empíricamente lo que se afirma (a la racionalidad empírica que le vayan dando); e) psicologizando a la remanguillé non-stop; f) desvinculando las actuaciones de los individuos de los contextos sociales en los que se producen y sin tener en cuenta las influencias y constricciones de dichos contextos sociales; g) con escaso o nulo compromiso con la verdad y mucho compromiso con los propios intereses prácticos (económicos, laborales, políticos…) y h) con una mentalidad blandísima, propia de los tiempos posmodernos en los que vivimos.
  2. Esta situación se agudiza todavía más entre un número indeterminado de «artistas» contemporáneos los cuales, orientados por intereses prácticos socioeconómicos (dinero, popularidad, influencia…), han abandonado la dimensión racional del arte y desarrollan su actividad entre la práctica de la irracionalidad sin freno, el emotivismo exacerbado y reductivo, y el timo, el puro camelo y la tomadura de pelo.
  3. Que al sostenimiento de todo este montaje contribuyen presupuestos ideológicos, mantras variados, &cétera tales como a) la alianza entre la psicología y la economía, mezclado con el pragmatismo de baja estofa y mucho interés económico oculto; b) «es mi opinión, todas las opiniones tienen el mismo valor» (pues no: aun concediendo que hay situaciones grises o verdaderamente opinables debido al estado de nuestro conocimiento, quien «opine» que 2 + 2 = 5, no tiene ni idea de Matemáticas; quien «opine» que el Everest está en Europa, no tiene ni idea de Geografía; quien «opine» que la telequinesia es posible, no tiene ni idea de Física; quien «opine» que algo puede ser y no ser a la vez y al mismo respecto, no tiene ni idea de Lógica; quien «opine» que con la clave armada con cuatro bemoles estamos en do sostenido mayor, no tiene ni idea de Música; y así sucesivamente); c) una educación lamentable que no solo no enseña a desarrollar el pensamiento crítico en serio, sino que —en el extremo— transmite en clase creencias falsas como verdaderas (ejemplo: el auge del creacionismo en las escuelas… ya pronto daremos clase de brujería); d) la creencia en libertad omnímoda y el individualismo radical, &cétera.

 

Crítica

Siguiendo a Mario Bunge (Buscar la Filosofía en las Ciencias Sociales. Méjico D. F. y Madrid: Siglo Veintiuno, 1999, p. 149) estableceremos tres tipos de crítica: la crítica destructiva irracional, la crítica destructiva racional y la crítica constructiva.

La crítica destructiva irracional (emotiva expresión de franco rechazo sin aportar razones o pruebas empíricas, que llega a la pura difamación) no merece ni tan siquiera consideración: su propia irracionalidad la descalifica para cualquier pretensión epistémica racioempírica. Por supuesto, es la más frecuente.

La crítica destructiva racional (en parte, la que he venido haciendo hasta ahora) muestra los problemas, las incoherencias o incongruencias con argumentos racionales y pruebas empíricas; pero no aporta soluciones o alternativas.

La crítica constructiva es más creativa, porque propone alternativas, soluciones o «maneras de reparar o reemplazar un elementos que se ha encontrado defectuoso» (ibídem). Aquí aporto mi ensayo de crítica constructiva:

En primer lugar, creo que hay que superar la posmodernidad y sus debilidades mentales (pensamiento débil), blandenguerías (ausencia de rigor), irracionalidad y emotivismo exacerbado. No propongo recuperar la agenda moderna de la Ilustración (lo que, en cierto modo, constituiría un enfoque regresivo) sino más bien volverse ultramoderno, al modo defendido por José Antonio Marina, por ejemplo (a este respecto véase el capítulo «Defensa de la Ultramodernidad» del libro de J. A. Marina Crónicas de la Ultramodernidad. Barcelona: Editorial Anagrama, 2004, pp. 23 y ss).

Personalmente, no me considero posmoderno; sí ultramoderno. Como hemos visto, la posmodernidad enraíza en ciertas concepciones románticas y prosigue por el Dadaísmo y otros -ismos. Aparte de aburrir hasta a las ovejas clónicas, ya huele. Quizá las chorradas dadaístas tales como pintar un bigote a la Mona Lisa, poner el urinario del revés y similares fueran muy epatantes a principios del siglo XX, pero en 2014 estamos curados de espantos.

Marcel Ducham: Bicycle Wheel (1951). Rueda metálica montada en un taburete de madera pintado. Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA)

El ejemplo que me parece más obvio para ilustrar en qué situación de blandenguería mental estamos son los readymades del dadaísta Marcel Duchamp. La Rueda de bicicleta de Marcel Duchamp (1913) es precursora de sus readymades, aunque cuando el autor realizó esta obra de no-arte, aún no había acuñado el vocablo readymade. Hay que destacar que: 1) según las palabras del propio Duchamp, «no las consideró esculturas, sino objetos que “manifestaban” una idea, sin ningún tipo de proyección estética» (Fernando Carroggio (dir.): Historia del Arte. La escultura. Tomo II. Barcelona: Carroggio, 1987, p. 297). 2) Que hasta el nombre del movimiento Dadá es caprichoso: recibió aquel «[…] mediante el expeditivo procedimiento de escoger al azar una palabra del diccionario, en “ceremonia” llevada a cabo por los componentes del grupo de Zúrich en febrero de 1916» (ibíd: El Arte. Los estilos artísticos. Tomo I, p. 249). Pura arbitrariedad, es decir: el paraíso del blando (y el infierno del duro). No en vano, la abolición de la lógica es prescrita en el Manifiesto Dadá de 1918. Para los dadaístas, sí = no («oui = non»). Con eso queda todo dicho. 3) Que el movimiento dadaísta no creaba obras de arte, sino que elaboraba no-arte.

En síntesis, las manifestaciones dadaístas se despojan de todo valor estético, pues tal y como declaró Duchamp: «Ahora bien, hay un punto que me interesa sobremanera dejar bien claro y es el hecho de que la selección de esos readymade jamás me ha sido dictada por una delectación estética» (ibíd.: Historia del Arte. La escultura. Tomo II, p. 300). De lo que se sigue que, bien que no imposible —abstrayendo el objeto o la manifestación de las intenciones de su autor—, no tiene demasiado sentido tratar de captar valores estéticos en un producto cuya realización no ha estado orientada por dicho tipo de valores. Tampoco tiene sentido tratar de verle la racionalidad lógica a un artículo para cuya concepción-creación se ha vulnerado ex profeso dicha racionalidad, estipulando la igualdad entre la afirmación y la negación.

Es muy fácil de entender: desde Aristóteles (Metafísica. Libro IV) sabemos que una cosa no puede ser y no ser al mismo respecto simultáneamente. La museística presenta como arte lo que es no-arte, a semejanza de aquellos sofistas que, como describía Aristóteles, «[…] pretenden que una misma cosa puede ser y no ser, y que se pueden concebir simultáneamente los contrarios» (Metafísica. Ética. Madrid: Edimat Libros, 2001. Met. IV, 4, p. 87). Si hubiera alguna intención de verdad, los museos que contienen ese tipo de manifestaciones se titularían Museo de Arte y No-Arte; habría salas de arte (Giotto, Rembrandt, Tiziano, Goya…) y salas de no-arte (Rueda de bicicleta, Fuente [= urinario vuelto del revés…]), y no se predicaría valor estético de algo concebido al margen de toda intencionalidad estética (como se hizo en su día con la Fuente-urinario de Duchamp, hecho que conllevó el enojo del autor [vide Donald Kuspit: El fin del Arte. Madrid: Akal, 2006, p. 27]).

Haciendo un poco de teoría de la mente, se comprendería qué postura adopta el artista: es un pensador blando, un anarquista gnoseológico, estético-artístico… para quien «todo vale» excepto un valor, «sagrado» para él: el valor de su libertad omnímoda, el valor de hacer lo que le dé la gana de manera irrestricta. Y, como es bien conocido, del abandono de la lógica y de la racionalidad se sigue n’importe quoi: el arte es arte (A = A), la nada es arte (= una galería vacía, Ø = A ), el no-arte es arte (¬A = A), el arte y el no-arte son arte (o así se exhiben en los museos: [A ∧ ¬A] = A), «aunque no-arte, es fundamentalmente arte», y demás fértiles creatividades absurdas. El súmmum de la inconsecuencia, por no decir del hormigón armado facial, se produce cuando, desde el expresado statu quo, se pretende que la Academia expida un título oficial de «artista» por, sencillamente, hacer lo que al estudiante se le ponga en el magín o en el ñu de forma completamente descontrolada e indisciplinada. Bregar con tanta irracionalidad me resulta cansado e irritante, paso.

En segundo lugar, son muchos los pedagogos que aluden a la importancia de formar mentes disciplinadas (el término disciplinado está vinculado a la idea de rigor; en modo alguno al «todo vale»). Así expresaba este pensamiento el epistemólogo genético (constructivista moderado) Jean Piaget («Educación e instrucción a partir de 1935», en Psicología y Pedagogía. Barcelona: Crítica, 2001, p. 81):

Igualmente, al fin se ha comprendido, al menos en un plano teórico, [ja, qué risa… pobre Piaget, si se levantara de su tumba, le daba un síncope… hago teoría de su mente], que el interés no excluye para nada el esfuerzo y que, por el contrario, una educación que tienda a preparar para la vida no consiste en reemplazar los esfuerzos espontáneos por las tareas obligatorias, ya que si la vida implica una parte no despreciable de trabajos impuestos al lado de iniciativas más libres, las disciplinas necesarias siguen siendo más eficaces cuando son libremente aceptadas que sin este acuerdo interior. Por tanto, los métodos activos no conducen en absoluto a un individualismo anárquico, sino a una educación de la autodisciplina y el esfuerzo voluntario, especialmente si se combinan el trabajo individual y el trabajo por equipos.

Y así manifiesta una idea análoga el premiado con el Príncipe de Asturias y profesor de la Universidad de Harvard Howard Gardner (Las cinco mentes del futuro: un ensayo educativo. Barcelona: Paidós, 2005, p. 19):

La mente disciplinada. La mente del futuro debe ser disciplinada en dos sentidos. En primer lugar, debe dominar las principales formas distintivas de pensar que ha creado el ser humano: la ciencia, las matemáticas y la tecnología, como se ha dicho antes, pero también el pensamiento histórico, artístico y filosófico. En segundo lugar, debe dominar diversas maneras de ampliar la propia formación durante toda la vida, de una forma regular y sistemática.

O el filósofo de la Educación Gregorio Luri (Mejor educados. Barcelona: Ariel, 2014, p. 25):

Ser disciplinado es más importante que ser inteligente.— La importancia de la disciplina no se mide por el valor de las cosas que nos prohíbe hacer, sino por el valor de todo lo que nos permite conseguir. Por ello es completamente prescindible para aquellos que no aspiran a nada… Aunque, bien pensado, para alcanzar un estado de imperturbabilidad espiritual que nos permita renunciar a toda aspiración, se necesitan enormes dosis de autodisciplina.

 

(Voy haciendo a ratos) […/…]

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2 comentarios

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  1. Un placer volver a leerte ha sido como tomar una clase contigo. Desde una mente que busca ser 50% blanda y al 50% dura según el momento dancístico en el q me encuentre. Ricardo se te echa de menos y mucho.

  2. ¡Hola, Alicia, cariño! ¡Me alegra recibir señales de vida de ti! No me extraña que el articulillo (tengo que acabarlo un día de estos, no está rematado) te diga algo… tratándose de alguien esencialmente científica (eres de ciencias) y, a la vez, esencialmente artística (eres bailarina hasta el tuétano). Disfruté cognitivamente mucho leyendo tus trabajos académicos, agudos y llenos de sensatez y cordura; y, paralelamente, me proporcionaste incontables experiencias estéticas viéndote ensayar y bailar nuestra amada Danza Española. Esas clases con Arancha… ¿Y te acuerdas del día del vestido rojo? Si la memoria no me falla, fue uno de tus últimos exámenes de Estilizada… Impactado me quedé… Menudo dúo hacíais las dos (ya sabes a quién me refiero). Sentido y sensibilidad, como en la película.
    Claro: con lo del 50 % del pensamiento duro y 50 % del pensamiento blando yo hago (o, más bien, intento hacer) lo mismo que tú. Somos racionales y emocionales. Si puedes tener lo mejor de las dos mitades, ¿por qué habríamos de privarnos de ello? Alternativa o, preferiblemente, de modo simultáneo (esta última combinación es altamente creativa). Pero la cosa va como puede, ya sabes…
    Para mí (¡me voy a permitir la subjetividad!) es un enorme placer la visita a mi sitio web y el comentario de una Pedagoga de la Danza con todas las de la ley, vocacional y con madera. Bailando tan bonito y con tan buena cabeza. Y conmueve (ay, que me ablando —de eso va el artículo—) que, al cabo de algunos años, viendo las cosas retrospectivamente y desde la serenidad que da el paso del tiempo, el resultado de haberme «padecido» ¡cuatro cursos! en clase sea que podamos estar dedicándonos unas líneas.
    No necesito que me digas que tus propios alumnos adoran la Danza Española gracias a la acción educativa de su Maestra, porque lo sé (¡lo intuyo, no necesito pruebas documentales o empíricas!).
    Abrazo fortísimo, Ricardo.

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